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La Oreja de Van Gogh. Roquetas de Mar. 5 de febrero

Vale lo escrito hace un par de días con la crítica remember de El Dorado de Revólver para resumir también las sensaciones de ver anoche en directo a La Oreja de Van Gogh. Es otro nombre que, por derecho propio, nos evoca algo tan en desuso en tantos aspectos como, sencillamente, la normalidad, por aquello de que las tendencias hayan hecho que la música con buen gusto dejara de ser superventas a cambio de otros productos más procesados. Por eso a Carlos Goñi, a otros muchos de aquella generación y, en ese círculo de pop rock orgánico, también a La Oreja de Van Gogh hay que estarles siempre agradecidos, como decía el tito Rosen. Anoche, como acompañante delegado de un regalo de Reyes Magos, volvía a reencontrarme con la banda donostiarra 18 años después de verla en directo con la gira de Lo Que Te Conté Mientras Te Hacías La Dormida. Ha llovido mucho desde entonces, incluso reconozco haber desconectado bastante de sus siguientes trabajos discográficos pero el respeto y la consideración hacia ellos siempre lo he mantenido intacto. Incluso me parecía muy meritorio y solvente el difícil papel que tuvo que asumir Leire Martínez al situarse al frente tras la salida de Amaia y lo bien que ha defendido las canciones antiguas como las que la banda ha firmado con ella en la formación. Y lo cierto es que, comprobado anoche, el repertorio no acusa en la dinámica si unas canciones son de una época u otra porque la homogeneidad viene de la mano de un quinteto que toca sin pretensiones y sin esa necesidad que ha impuesto el ‘moderneo indie’ de estar constantemente sobreexcitado en la sucesión de canciones y en la necesidad del efectismo. Normalidad, belleza en las canciones, prestancia y elegancia en los movimientos. Tan sencillo como ya infrecuente.

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El Sueño De Morfeo – El Sueño De Morfeo (2005)

Existen algunos mantras que se repiten con asiduidad por oleadas, en función o no de los giros que hagan algunas figuras del momento. Uno de ellos, muy vigente entre los escarceos de Rosalía, el del último disco de estudio de Vetusta Morla o de Rozalén, el advenimiento moderno de Rodrigo Cuevas, Califato ¾ o Tanxugueiras… que es el supuesto regreso o  puesta de moda del folclore y la música de raíz. La pregunta que habría que hacerse más bien sería, ¿es que alguna vez ha dejado de estarlo? Creo que lo que ocurre es que es noticioso que algunas figuras tomen prestado de ahí en sus largas carreras en el caso de madrileños y manchega o que se renueven los códigos acorde a los lenguajes de los nuevos tiempos en el caso de asturiano, andaluces y gallegas. Pero el folclore ha estado siempre ahí. También en el mundo del rock y del pop. Tenemos fantásticos ejemplos con el rock andaluz, con la música festera valenciana, hasta con el rock castúo extremeño… Y, en el mundo celta, con nombres que van desde Ñu (españolizando las influencias de Jethro Tull), pasando por Celtas Cortos, Mägo de Oz… Hasta grupos más agresivos que se mueven en el punk y el metal como Konsumo Respeto o Desakato han tirado de ello… Por eso no es nada extraño que a mediados de la primera década del tercer milenio, pegase un pelotazo tremendo la banda que nos ocupa en la crítica remember de esta semana: El Sueño de Morfeo. Que a su vez conecta con otra idea que aquí hemos comentado varias veces… y es ese tiempo mágico en el que la música ‘comercial’ eran los Pereza, El Canto del Loco, La Oreja de Van Gogh y un largo etcétera. Bandas con su guitarra, su batería, su bajo, sus canciones con ánimo de ir más allá de un reel. Abrimos la puerta de la sección a El Sueño De Morfeo.

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Lo Más Leído de 2022 en RockSesión

Un clásico del tránsito en el cambio de año vuelve esta vez en enero a las redes sociales y la web de RockSesión. Este año, del 7 al 15 de enero desvelaremos, con cinco entradas al día, los 45 artículos más leídos del año finalizado. Son tantas las nuevas incorporaciones a esta casa y son tantas muchas veces las preguntas en redes por contenidos ya publicados o que piden las tuitcríticas de discos que la tienen completa en la web que siempre tengo la sensación de que ‘no está de más’ este recordatorio. Además de anunciarlo píldora a píldora en twitter y facebook, el ranking se irá actualizando en esta entrada cada día. Disfruten, redescubran con otra perspectiva. Vamos a por un intenso 2023. Y, mientras tanto, podéis seguir apuntando las playlists con lo mejor de 2022 de aquí y de fuera tras el periodo de vuestras votaciones, o dejarse impregnar por los oros, platas y bronces de nuestros discos del año, lista editorial.

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Despistaos – Ilusionismo

Después de escribir ayer de un álbum, en principio, tan fuera de la línea editorial como el Motomami de Rosalía, ¿cómo podría darle continuidad a la salida de tiesto o a la puesta de los nervios de los más puristas? ¿Qué tal trayendo a una de las bandas más acusadas de haberse ‘vendido’ dentro de nuestro rock? Un término que, por otra parte, siempre me recuerda a aquel tema homónimo de Evaristo que decía: “Nunca serás un vendido, tú nunca te venderás. Es porque a ti, ‘so cretino’, nadie te quiere comprar”. Pues sí, Despistaos ‘cometió’ la terrible falta de salirse de ‘lo establecido’ y hacer que su rocanrol inicial, entre lo poético, lo etílico y lo urbano, se abrazara primero a baladas melódicas, después a algunos matices country y, finalmente, melodías y arreglos más pop y edulcorados que sirvieron para hacerles ganar popularidad (y, con ello, bastante más dinero) pero perder puntos en la autenticidad que reglan los cánones de la integridad. Visto con perspectiva, el cambio fue gradual y coherente (¿acaso hay algo más coherente y honesto que acabar cantando aquello con lo que una banda se sienta más cómoda?) y tras un parón de seis años tras Las Cosas En Su Sitio y su regreso en 2019 con Estamos Enteros, han ‘sobrevivido’ a la pandemia, con más tiempo para escribir y dar forma a esta décima entrega, titulada Ilusionismo, donde quizá naturalizan más todas sus influencias y empacan más las formas al haberse grabado con toda la banda tocando a la vez y no por fases, para dar un resultado no tan crudo como el del debut, pero bastante disfrutable para los oídos más abiertos a terrenos más suaves.

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El Lunático – Se Diga Como Se Diga (2008)

Cada provincia, cada ciudad, tiene en su historia más reciente una serie de grupos, bandas y artistas de esas que igual no salieron mucho de sus terrenos pero que, de alguna manera, marcaron una era dentro del circuito más localista. En una semana que he decidido dedicar a nombres propios de mi tierra (con Juan Trece, Antonio Álvarez, JJ Fuentes y Los Ruina –es muy probable que el lunes tengamos un bonus track-) quería cerrarla, en la sección de las críticas remember de los viernes, con otro grupo de la zona. Y, aunque lo tenía claro, tras la de ayer tenía claro que los protagonistas iba a ser ese combo llamado El Lunático. Tras una maqueta prometedora, uno de los productores de moda del principios de milenio, Alejo Stivel (que había dado el pelotazo llevando a Sabina a sus terrenos naturales, además de producir otros pelotazos como los debuts de La Oreja de Van Gogh y El Canto del Loco, Usar y Tirar y Sin Enchufe de M Clan) se fija en ellos, aumentando su alcance. Llegarían a formar parte de la banda sonora de El Loco de la Colina, programa de Jesús Quintero, realizarían el himno de la UD Almería… Tras el disco homónimo de 2006, llegaría este Se Diga Como Se Diga que estuvo producido por José Luis Salmerón, que había trabajado con gente como Lagartija Nick o el mismísimo Enrique Morente. Un álbum en el que contarían con la colaboración del fallecido Kike San Francisco o de Gini Téllez, vocalista de Hojarasca. Sus conciertos tenían los suficientes ingredientes para convertirse en una auténtica fiesta haciendo que nombrarlos en la ciudad todavía despierte sonrisas de aprobación y algo de nostalgia.

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Ella Baila Sola – Ella Baila Sola (1996)

Llevaban tiempo en el bombo y les ha tocado al fin. La culpa la tiene NoProcede, que en su concierto desde la sala Moby Dick Club retransmitido en streaming improvisaron una versión de ‘Amores De Barra’ y, por ello, dieron el espaldarazo definitivo (siempre quise colocar esta expresión en una remember) para que aparezca rutilante en este viernes, coincidiendo además con el día del padre. ¿Por qué no? Dos chicas. Claro que sí. Marta y Marilia. Marilia y Marta. Dos estudiantes de la misma promoción (ambas nacidas en 1974) que se conocen en COU (paso de buscar la equivalencia actual, mi sobrino todavía no ha llegado a ese curso, ya me enteraré entonces) y que pocos años después, después de actuar como coristas y tener su grupo iniciático (The Just) dan con el visionario adecuado en el momento adecuado (Gonzalo Benavides, de Hispavox, en un concierto del entonces muy mediático Javier Álvarez) y les produce uno de los debuts más exitoso de la historia de la música en España, tras David Bisbal y Estopa, con más de un millón de discos vendidos. ¿Demasiado para dos jóvenes artistas de 22 años? El caso es que reescuchando el disco con los oídos de hoy, tiene el destacado honor de haber envejecido bien, de tener un (por entonces) no impostado discurso feminista, y suena con una sinceridad y organicidad tal que no parece el típico producto de laboratorio que se hace para vender discos como churros. Sencillamente, antes un disco de guitarras acústicas, semieléctricas, batería, bajo y piano, podía vender un millón de discos, como quien tiene un millón de amigos. Pero quien empieza por la cima solo puede descender y, por ello o no, las cientos de miles de copias de los dos siguientes los años siguientes hicieron que llegara la disolución cinco años más tarde y que la relación se rompiera para siempre.

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Pereza – Animales (2005)

Si una banda nace del mero hedonismo de juntarse para tocar canciones de Leño, nada puede salir mal. Después de casi 1.500 entradas en la web, después de haber escrito de los discos en solitario de Rubén (también con Lichis), de Leiva, haciendo referencia a ellos al escribir de Buenas Noches Rose o de Sidecars… Iba siendo hora de que un disco de Pereza asomara el hocico por las críticas remembers de los viernes. Y si de morro hablamos, qué mejor que este Animales de dual portada, cambiante en las múltiples ediciones posteriores que ha tenido el disco. No es para menos. Aunque en términos globales (porque también depende del día y el estado de ánimo) considero que su mejor disco es Aproximaciones, fue con este álbum con el que el dúo se colocó en el centro del foco de (quizá) la última gran época dorada del guitarreo inundando las radiofórmulas, antes de que las programaciones latinas se comieran a la distorsión. Lo he escrito ya más de una vez. Benditos tiempos en los que ‘lo comercial’ era Pereza, El Canto del Loco o La Oreja de Van Gogh, como antes lo fueron Piratas, M-Clan o Los Rodríguez o, más atrás, La Frontera, Seguridad Social, Hombres G, La Guardia o Gabinete Caligari. Por no hablar de cuando Los 40 fijaron su atención en los Dover, Extremoduro, La Fuga con Rulo o Marea. (¿En qué maldito momento se jodió todo?). Animales simboliza también el equilibrio entre los dos discos iniciáticos, más ‘primitivos’ (con los que abrían para bandas más rudas como Enemigos, Siniestro Total o hasta Porretas) y la posterior vuelta de tuerca, donde al guitarreo marca de la casa añadieron una dualidad de complejidad compositiva, a la vez que sobriedad acústica o, del otro lado, la búsqueda de singles descarados destinados a ampliar cada vez más el círculo. El tiempo le ha dado más valor si cabe a lo firmado.

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Javier Álvarez – Tiempodespacio (2003)

 

En una semana que viene marcada por críticas de discos de corte individual (véase: Depedro, Coque Malla, Loquillo) y teniendo decididos los dos estrenos de #Mis10de para este fin de semana (que serán Miguel Ríos y Tina Turner), la crítica remember del viernes tenía que ser también para un artista que hubiese hecho camino con su nombre personal. Hete aquí que el primero que me vino a la cabeza fue mi tocayo, Javier Álvarez. Sí, puede que esté más alejado del corte rock, pero ya sabéis que en esta casa nos pegamos licencias al gusto, siempre y cuando haya una base de calidad detrás… y este es el caso y a raudales. En cuanto a la elección del disco, había muchas opciones, claro está, y creo que casi cualquiera que conozca a Javier Álvarez hubiese optado por alguno de sus tres primeros álbumes. Especialmente el debut de 1995, donde se encontraban ‘La Edad del Porvenir’, ‘Un, Dos, Tres, Cuatro’ o ‘Piel de Pantera’, o incluso el segundo, con ‘Sunset Boulevard’ o ‘Ella Diciendo Sí’. Amando esos discos, reconozco que a mí me ponen mucho más ‘los raros’ que publicó después, con aquel Grandes Éxitos (de versiones) que hizo de punto de inflexión. Las canciones dejaron de ser ‘convencionales’ para un artista que no lo era. La radiofórmula lo dejó de considerar interesante, pero para los que lo seguimos nos hicimos de su clan con este Tiempodespacio y con el exceso de Plan Be (doble, de 25 temas, algunos al límite). Un grande, con todas las letras, este JÁ.

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#Mis10de Duncan Dhu

 

El trío formado por Mikel Erentxun, Diego Vasallo y Juan Ramón Viles es uno de los más indiscutibles legados y referentes que ha dado el pop-rock estiloso de nuestro país en los años ochenta y noventa. No hay debate posible. No se les puede discutir la grandeza de su pop rock intimista en los primeros años, su protagonismo percutivo con ligeros aires de rockabilly, su capacidad para crear melodías de guitarra y voces adictivas, sugerentes y cálidas. Me sorprendió esta semana, revisando remembers, que todavía no haya escrito de Canciones o de El Grito del Tiempo (todavía no tengo claro cuál elegiría de los dos, era vinilos que iban rondando entre mi hermana y mi hermano), pero sí que vi claro que siendo la crítica remember de ayer para Tahúres Zurdos y teniendo decidido también la edición internacional de #Mis10de iba a ser para Dropkick Murphys por la salida a la venta de las entradas para su única visita a España durante el próximo 2020, Duncan Dhu me ofrecía el equilibrio perfecto, el paso intermedio entre unos y otros. Porque su música (incluso el nombre de la banda), especialmente al principio, bebe de las influencias del folk británico, que ellos tamizaron por ese ‘Donostia Sound’ de arreglos delicados y armonías hermosas, como las que años más tarde recogerían en versión power-pop La Oreja de Van Gogh, grandes en toda la época Montero. Dicho todo esto, la revisión de este #Mis10de solo tiene una entrada y un cambio. Premio para el que lo detecte. Salud.

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Circodelia – Circodelia (2002)

 

Circodelia regresó a los escenarios el pasado fin de semana, el último de septiembre. Lo hizo en las fiestas del barrio El Tubo, de Zaragoza. Diez años habían pasado de su último concierto. En 2009, debido a la salida de su último batería, Javier Planelles, y que Víctor Pérez, su vocalista y letrista, la cosa no dio para más, quizá también auspiciado porque ‘los mass media’ habían dejado de prestarle atención, después de haber convertido en 2002 a ‘Las Chicas de las Canciones’ en la segunda canción más radiada del año. Fundados entre 1994 y 1995, Circodelia era entonces una banda madrileña que venía curtiéndose en pequeños escenarios y locales, haciendo versiones de The Clash, los Stones, Faces… Puro hedonismo y tocar entre colegas. Llegaron los primeros temas propios y las primeras victorias en concursos. El famoso Villa de Madrid les supuso el espaldarazo definitivo y todo comenzó a ir demasiado rápido. Pep Record’s (la casa discográfica con la que debutó Malú en 1998) vio claro el filón y contó con el productor ‘de oro’ del momento: Alejo Stivel. Venía de subir en una catapulta la carrera de Joaquín Sabina con 19 Días y 500 Noches, antes hizo lo propio con el debut de La Oreja de Van Gogh, venía de subir al carro de la accesibilidad a M-Clan con Usar y Tirar. Llegaría el debut de El Canto del Loco, el equilibrio entre la canalla y lo popular de La Cabra Mecánica en Vestidos de Domingo… Entre otros muchos éxitos artísticos y comerciales. Todo cuadraba. Circodelia nacían bendecidos y el glam rock hizo el resto.

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