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#Mis10de Leonard Cohen

 

¿Dónde está la salvación que el mortal busca?, cantaba Roberto Iniesta en una de las canciones viscerales de los primeros discos de Extremoduro (a quienes este fin de semana, entre otras cosas, debería haber visto por tercera y cuarta vez en esta aplazada gira de despedida). Quizá la única manera sea conseguir el tres en raya que supone la paz de corazón, cabeza y alma. No es poca cosa si por el viaje llevas acumuladas ‘muchas lanzas’, como canta el otro poeta Kutxi Romero con Marea, “y sus trozos fabricaron mi esperanza, tan sedienta porque al fondo de mi alma hay un pozo pero la soga no alcanza”. #Mis10de hoy vuelven a ser una necesidad. Quizá mi vida entera esté en esta web y en otras creaciones musicales a las que les doy acceso a muy pocos elegidos. Culmino la presentación con un fragmento del artículo que escribí por la muerte del canadiense, que también os comparto también aquí, al completo: Vivo con la obra de Leonard Cohen desde que tengo memoria musical. Me es grato ir encontrando a personas que, sin saber por qué, sintieron fascinación por él también desde niños. Entonces no se entienden los motivos, claro, pero da una sensación de comunidad reconfortante. Uno de los ilustres de esa lista es Igor Paskual, pero también muchos amigos tuiteros que durante años han confesado esa iniciación. Como en el caso del músico, fue mi madre la que lo escuchaba con frecuencia y, como mi tocayo Krahe, forma parte de mis recuerdos de las tardes de colegio mientras hacía los deberes (sin quejarme, sin quejarse). Ironía fina, tanto Krahe, como Cohen: voces cavernosas, cantantes tardíos, por casualidad hasta la H intercalada y, de postre, Javier casado con una canadiense. Recuerdo un casette, una cinta, ‘de las buenas’, de las negras, con sonidos que nunca le había escuchado a nadie. Llévenme al final.

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Leonard Cohen (1934-2016)

leonard-cohenLa crítica remember de este viernes no tiene disco. Podría coger cualquiera de sus catorce trabajos de estudio, sus directos, sus recopilatorios… Todo lo que grababa tenía un halo de magia que casi se hacía corpórea, se podía tocar mientras uno se dejaba acariciar con la voz grave, inconfundible, densa como la sangre del corazón. Pero no, es otra cosa. Durante todo el día habréis escuchado ya a decenas de personas mostrar su respeto hacia la figura de un artista único. Habréis ojeado numerosos artículos (unos más atinados que otros), sabréis de músicos o escritores o famosos, a secas, de reconocida devoción y otros que, por sorpresa, parecen citarlo hoy por primera vez… Lo de siempre. Al enterarme esta madrugada de la muerte del canadiense y tras superar el dolor inicial, decidí dedicarle estas palabras por una pura necesidad personal. Leonard Cohen ha hecho bella hasta su muerte. Con su carta a Marianne Ihlen, con un disco en el umbral… Con la sensación de haberse ido antes, pero querer hacer las cosas con la elegancia que siempre ha destilado. De fuertes convicciones creyentes y a la vez mujeriego y conquistador, su muerte es una de esas pérdidas que llevan consigo muchas emociones propias. Líneas que brotan, copa de vino, vinilo al fondo.

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León Benavente – Era

A León Benavente, como le ocurrió a Toundra y Carolina Durante, dos de las bandas de las que he escrito también esta semana, le pilló el estallido de la pandemia en pleno despliegue de gira de presentación de su disco Vamos A Volvernos Locos, publicado apenas seis meses antes de aquel famoso fin de semana de mitad de marzo. Le dio tiempo, al menos, de iniciar la gira de salas y teatros (por suerte pude verlos a tiempo en enero, después de las magníficas sensaciones de su directo festivalero de unos años antes) pero ‘se cargó’ toda la agenda de festivales que se los rifaban, como es normal. Quien los ha visto en directo lo sabe. Son puro fuego y gasolina en una catarsis de euforia, de ejecución enérgica, como un trueno de distorsión, técnica y modernismo. Con las progresivas olas han ido ofreciendo alguna que otra fecha en estos tiempos mientras que daban forma a las diez canciones que, al fin, salen en su cuarto larga duración, titulado Era. Lo que no vimos venir ni críticos ni seguidores era esta vuelta de tuerca a su concepción musical, dicen, por no aburrirse y seguir manteniendo nuevos estímulos. Y es que si uno esperaba la liberación de una furia contenida en forma de canciones vocalmente intensas y de contundencia rítmica y guitarrera, León Benavente presenta un álbum que descoloca en las primeras escuchas precisamente por la ausencia de guitarras al uso y de unas fórmulas rockeras más al uso. Está pero no es lo que prima. En un decidido cambio de roles entre el cuarto, Era representa un salto al vacío con mucho electrónica haciendo el rol de cuerdas de acero, una contención muy acusada en el trabajo vocal y una capacidad melódica y armónica cimentada en tempos algo más pausados. ¿Significa eso que León Benavente se han hecho puretas y sentado la cabeza? En absoluto, sencillamente, han ido un par de pasos por delante, como suelen hacer los más valientes o los más temerarios.

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Mart – Tierra y Fe

“Que no tengo más aspiración que morir viviendo el rock and roll”. Así canta Manuel Ángel Mart en ‘Déjame’ una de las canciones del estratosférico Neurasia, para mí el mejor disco de sus Estirpe. Es habitual que cuando alguien fallece las buenas palabras se sucedan, en muchas ocasiones palabras vacías, rutinarias. Palabras inanes porque su destinatario ya no podrá escucharlas, ni leerlas. No hay nada peor que llegar tarde a las cosas, cuando de poco o nada valen. No es el caso. Mart, vocalista y compositor de Estirpe, productor y mucho más, recibió en vida todo aquello que él sabía transmitir en sus canciones, en su mirada, en su trato, en su conversación, en su día a día. Por eso el mundo del metal de nuestro país clamó en un dolor compartido por su pérdida. El 31 de octubre se daba a conocer su fallecimiento, siete años después de que por primera vez se le diagnosticara un cáncer que llegó a superar pero que, como las peores secuelas cinematográficas, volvió para robarnos a un talento al que siempre, siempre, hemos elogiado en esta casa, frente al injusto silencio al que promotores, festivales, algunos medios y el desganado público le ha otorgado en contraprestación a canciones excelentes, sublimadas en la reunión de todas sus propias influencias en ese citado Neurasia. Hijo de Manuel Martínez, cantante y líder de Medina Azahara, Mart se fue dejando su corazón y su alma produciendo un EP de una banda amiga que tiene que ver la luz en 2021 y, también, grabando su primer disco en solitario, Tierra y Fe. Un álbum que comenzó a promocionar su equipo antes de la resolución final. Se fue con un testamento musical lleno de paz, amor, entereza y valentía, como lo hicieron recientemente Chuck Berry, Leonard Cohen, David Bowie o Pau Donés. Pero es que, más allá de lo simbólico, el disco es excepcional.

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El Reno Renardo – El Mundo Se Va A La Mierda

La realidad y la estulticia que se reparte, contagia e inunda todas sus estancias es una fuente de inspiración inagotable para aquellos grupos que tiran de crónica irónica para sus canciones. Si a eso sumamos que también lo es el legado de los distintos géneros y subgéneros metaleros, parece claro que vamos a tener discos de El Reno Renardo hasta el fin de los tiempos. No va mal la media de producción, de hecho, si tenemos en cuenta que este El Mundo Se Va A La Mierda viene a ser su octavo disco de estudio, con otra quincena de cortes y bien de duración hasta la hora y cuarto. Y porque no habrán querido seguir. Las cosas que dan grima -desde los puretas a los opinólogos, desde los malotes de pastel a las frases de madre, desde la ultra derecha a la falta de criterio propio- se agolpan en los textos mientras que el armazón sonoro continúa ganando contundencia disco a disco, con un brío de guitarras de lo más agradecido, un empaque rítmico sólido y unas letras que nos suenan ya quizá previsibles en la voz de Jevo, pero que siguen haciendo sonreír en numerosos momentos. El Reno vuelve a descerrajar un trampantojo que se presenta con el revestimiento de parodia fútil del (heavy) metal  pero esconde un grupo que sabe armar canciones poderosas mientras las palabras afilan y alumbran, cual linterna haciendo de foco, lo más risible (gisible, que dirían en La Vida De Brian) de la sociedad. Por muchos más.

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Miguel Ríos – Un Largo Tiempo

El próximo lunes, Miguel Ríos cumplirá 77 años (que celebrará con un concierto solidario en streaming, a beneficio de Mensajeros de la Paz y al fondo asistencial de la AIE (Sociedad de Artistas, Intérpretes o Ejecutantes)). Cuando por fin pude verle en directo por primera vez fue, nada menos, que con la gira del disco 60 mp3, con el que venía a celebrar sus seis primeras décadas de vida. El caso es que su intención era retirarse de los escenarios poco después, en 2010, con la gira ‘Bye Bye Ríos’, pero ya saben: “los viejos rockeros nunca mueren”. Primero fue una canción por allí, una colaboración por allá con motivo de actos solidarios, unos cuantos conciertos sinfónicos… Y, claro, te lías y te lías y acabas de nuevo publicando un nuevo disco y saliendo de gira, incluso con la que cae. Ya podría tomarle ejemplo el bueno de Rosendo Mercado, tan unido a la figura de Ríos con aquella gira histórica. Tiempo al tiempo. Vuelve Miguel Ríos y, además de agradecerle el hecho per se, hay que reconocer que lo ha hecho de la mejor manera posible. Con un disco que no busca el efectismo, sino que busca la serenidad, tesitura y textura que confiere tal señorial edad. Un disco eminentemente acústico, con un descomunal The Black Betty Trío, capitaneado por Jose Nortes y con Edu Ortega y Luis Prado como lugartenientes. Pero que el comentario tampoco lleve a engaño.

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Juan Antonio Canta – Las Increíbles Aventuras de Juan Antonio Canta (1996)

Ayer os traje la crítica del libro ‘Héroes Malditos’, de Eduardo Izquierdo. Un volumen que viene a repasar la trayectoria profesional y biografía de 33 artistas tocados por varita mágica de la desgracia. Fracasados en su empeño de hacerse querer a través de sus canciones, lograr el reconocimiento que con mucho menos calidad otros conseguían sin el menor esfuerzo… o incluso aprovechándose del suyo. Perdedores de la música como los hay en la vida. Cadáveres que pueblan el mundo sin la necesidad siquiera de que hayan fallecido. La típica estampa de el viandante al que acompaña un nube negra con rayito de tormenta mientras a su alrededor lucen destellantes y dentelladas de sol. En esa historia negra de la música, nuestro país también tiene una importante serie de nombres que se encuadrarían en una hipotética edición doméstica que su autor entrevé prometer. Hace unas cuantas semanas (el Viernes Santo, no hace tanto, y me parece un mundo) escribía de Silvio Rodríguez Melgarejo (citado como opción plausible en el propio libro), eso le impedía protagonizar de nuevo la sección, así que, como segunda posibilidad (demonios, ni para eso, Juan Antonio) llevo días recordando a Juan Antonio Canta, nombre popular para las listas negras de Juan Antonio Castillo Madico. Un cordobés que después de ‘triunfar’ en el rock más gamberro, canalla y vigoréxico como Pabellón Psiquiátrico (les debo una remember, recuerdo lo del “le metí una mano, le metí una pierna” como uno de los recuerdos musicales más impactantes gracias a una cinta de cromo azul y negra de mi hermano, diez años mayor) se embarcó en solitario, manteniendo la guasa, pero reforzando su porte póetico, irónico, de sabio gestor de las palabras (característica, por cierto, denominador común de otros tantos autores humorísticos, como Krahe, Juan Abarca o Antílopez). El caso es que el bueno de Juan se suicidó a los 30 años (fijaos, ni se le puede meter en el club de los 27 ni en la muerte de Jesucristo, se quedo a mitad de camino) por el escarnio popular de los 40 limones. Perra vida.

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Sabicas – Rock Encounter with Joe Beck (1966)

Creo que no me falla la memoria si aseguro que, tras la de El Dúo Dinámico y su primer single lanzado al mercado en 1959, esta es la crítica remember de viernes más antigua de las más de 250 que llevamos ya en el zurrón. (Consulto sobre la marcha y veo que escribí de un recopilatorio de Lone Star que abarcaba los años de 1964 a 1970). Es posible que os suene este disco o, al menos, alguno de los dos nombres ‘titulares’ pero creo que habrá más del lado contrario. Vamos, como suele ser habitual, con la intrahistoria de porqué la elección de este álbum para la propuesta semanal. Saliendo al mercado el viernes 26 y domingo 28 pasados, tenía claro que lunes y martes debían ser para sendos lanzamientos de Hora Zulú y Califato ¾. Dos bandas que llevan a sus terrenos (rap, poesía y metal los primeros, breakbeat, alucinaciones y atmósferas ambientales los segundos) la esencia de la música flamenca y arabesca. Ahí están esos riffs de Paco Luque y ese repaso a distintos palos de Curro Morales y los suyos. También, dado el perfil arriesgado de Califato y por necesidad personal, decidí que el jueves era un buen día para analizar la fusión tradición-modernidad de C Tangana en El Madrileño y, como nexo de mezcolanza, el miércoles recuperé el último disco de Acid Mess. Unos asturianos que hacen una suerte de rock progresivo y stoner, con tintes metálicos pero con, también, algún escarceo flamenco en tempo, compás y coros. En una semana en la que hemos pasado fronteras de un lado para otro, demostrando que lo mejor que nos ofrece la música es saber que no hay compartimentos limitantes, que todo lo que se hace con sentido y criterio merece su reconocimiento o, al menos, escucharse sin prejuicios, dejándose sorprender. Modernidad, tradición, novedad, barreras… Es ahí donde entra este disco, considerado como la primera fusión real del flamenco con el rock (Después del tema ‘Flamenco’ de Los Brincos (al caer) y después de que Lionel Hampton o Charles Mingus lo hicieran desde el jazz).

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La M.O.D.A. – Ninguna Ola

La Maravillosa Orquesta del Alcohol se despedía en 2019 con el reconocimiento unánime de público, crítica y colegas de profesión, además de una cifra de kilómetros y conciertos casi impensable hoy, para hacer de 2020 un año, como el buen tequila, reposado. La intención original era realizar tres o cuatro conciertos y a trabajar en disco nuevo. Pero, claro, las reglas del juego se cambiaron al compás de contagios y restricciones y los planes cambiaron levemente. Así que lo que era un año para desintoxicarse ha servido para crear un disco sorprendente, arriesgado, maduro (pese a lo manido del adjetivo en las críticas) y terapéutico desde una crudeza que a más de un oyente cogerá a contrapié. Porque poco queda de las canciones tabernarias y festivas del estreno y con el paso de los discos y la confianza en los textos y en la libertad creativa que otorga un público que ha sabido ir recibiendo los nuevos estímulos, la cosa se ha ido haciendo más densa y críptica. En esta entrega, que se hizo merecedora de medalla en Los Discos del Año de esta casa, a las letras afiladas de David Ruiz se le suma la producción de Raül Refree, del que hemos hablado mucho de sus virtudes y de su pulcritud y quirúrgica precisión a la hora de exprimir desde el minimalismo (Miedo de Albert Pla, Los Ángeles de Rosalía, Firmamento de Rocío Márquez, María Rodés, Sílvia Pérez Cruz, Josele Santiago…). Hace unos días lo decía de Bunbury, si Curso De Levitación Intensivo es un álbum hijo de este año pandémico, Ninguna Ola es su exorcismo final y la apertura de una libertad conceptual mucho más arriesgada. Deambula mucho más por el alambre, haciendo del funambulismo un arte, que lo ya apuntado el en sobresaliente Salvavida (De Las Balas Perdidas). La música como ejercicio valiente. Salvemos a los creadores, los de verdad, los que están en peligro de extinción.

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Bunbury – Posible

 

Costumbre para los seguidores, necesidad para el artista, lleva Enrique Bunbury reinventándose en cada uno de sus trabajos discográficos de estudio desde que decidiera poner fin al camino del exceso de Héroes. Sobran los motivos, que diría el autor de su última versión (Donde Habita El Olvido en el Tributo a Sabina), para reconocerle méritos pero, sin duda, el hacer que una legión de seguidores en todo el mundo siga con la atención de siempre cada uno de sus pasos pese a la amplia gama de registros alcanzados es un caso casi único en la escena musical. Por eso, también porque siempre se ha caracterizado por una visión adelantada a su tiempo, sumen su inquietud constante y, por último, porque de conformista ha tenido bien poco, su actitud encomiable le ha valido cierta unanimidad en el aplauso (que no es nada fácil en estos tiempos): te puede gustar más o menos su nueva propuesta, pero siempre se cimenta en la búsqueda, el conocimiento, la experimentación testada y mucho seso detrás. A ello, hay que añadir que a Enrique le ha sentado bien el cambio de decena. No le gusta que comparemos sus discos en términos de mejor o peor pero, considero que es algo objetivo, la curva vuelve a dibujar una trayectoria ascendente, superando incluso la emoción contenida de un Expectativas de por sí sobresaliente. Con Posible ‘se saca’ de alguna manera la espina de los sintetizadores y la electrónica, refuerza la mirada circunspecta de su predecesor y aumenta la oscuridad propia de quien ve la vida con cierto desencanto romántico que impone el paso de los años, pero siempre manteniendo el halo de luz que da la bondad.

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