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Javier Krahe – Valle de Lágrimas (1980)

 

La música tiene numerosos poderes de su lado. A todos los conocidos asociados a sentimientos, también está el reconstituyente. Cada cual tendrá sus grupos o artistas señalados para ello. Cuando las semanas o los días se ponen difíciles en el ánimo, suelo tirar de uno de los tocayos de los que me siento más orgulloso. Y con quien me lo pasaba ya en grande con apenas cinco o seis años. Al hilo del artículo confidente y repleto de admiración que publiqué con motivo de la muerte de Leonard Cohen, ya reconocía que ese gusto y afición me ha venido por la vía materna. También esta semana ha tenido ese componente para que la crítica remember elegida este viernes sea Krahe. Lo recordaba hace unos días al analizar el Tributo a Sabina, Ni Tan Joven, Ni Tan Viejo. Se le echa de menos en ese banquete en el cancionero de su colega. El caso es que desde aquella bisoñez, este burlón ha sido siempre un guía frente a la estupidez. Un remanso de calma con el que sonreír desde el intelecto, la rima y la métrica cuidada. Después, quiso la fortuna y la noche que compartiera varias noches de conversación tras tres conciertos en el más que recomendable Cervezas del Mundo (conocido también como El Zaguán –ZH2ON-). Sumarían entre las tres noches menos de tres horas, pero lo pasamos tan bien que lo recuerdo como si fuese un familiar. “Tienes la cámara rota, me ha sacado demasiado viejo”, me dijo. Tocayo, no eras viejo, ya eras eterno.

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Juan Antonio Canta – Las Increíbles Aventuras de Juan Antonio Canta (1996)

Ayer os traje la crítica del libro ‘Héroes Malditos’, de Eduardo Izquierdo. Un volumen que viene a repasar la trayectoria profesional y biografía de 33 artistas tocados por varita mágica de la desgracia. Fracasados en su empeño de hacerse querer a través de sus canciones, lograr el reconocimiento que con mucho menos calidad otros conseguían sin el menor esfuerzo… o incluso aprovechándose del suyo. Perdedores de la música como los hay en la vida. Cadáveres que pueblan el mundo sin la necesidad siquiera de que hayan fallecido. La típica estampa de el viandante al que acompaña un nube negra con rayito de tormenta mientras a su alrededor lucen destellantes y dentelladas de sol. En esa historia negra de la música, nuestro país también tiene una importante serie de nombres que se encuadrarían en una hipotética edición doméstica que su autor entrevé prometer. Hace unas cuantas semanas (el Viernes Santo, no hace tanto, y me parece un mundo) escribía de Silvio Rodríguez Melgarejo (citado como opción plausible en el propio libro), eso le impedía protagonizar de nuevo la sección, así que, como segunda posibilidad (demonios, ni para eso, Juan Antonio) llevo días recordando a Juan Antonio Canta, nombre popular para las listas negras de Juan Antonio Castillo Madico. Un cordobés que después de ‘triunfar’ en el rock más gamberro, canalla y vigoréxico como Pabellón Psiquiátrico (les debo una remember, recuerdo lo del “le metí una mano, le metí una pierna” como uno de los recuerdos musicales más impactantes gracias a una cinta de cromo azul y negra de mi hermano, diez años mayor) se embarcó en solitario, manteniendo la guasa, pero reforzando su porte póetico, irónico, de sabio gestor de las palabras (característica, por cierto, denominador común de otros tantos autores humorísticos, como Krahe, Juan Abarca o Antílopez). El caso es que el bueno de Juan se suicidó a los 30 años (fijaos, ni se le puede meter en el club de los 27 ni en la muerte de Jesucristo, se quedo a mitad de camino) por el escarnio popular de los 40 limones. Perra vida.

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Mamá Ladilla – Exhuma y Sigue

Cuando un cómico o monologuista nos cae en gracia (nunca mejor dicho) caemos en el error de empezar a verle tantas veces que, al final, el cartón piedra se hace patente y nos puede acabar resultando predecible y previsible y no hay nada que haga menos gracia que sabernos el final antes de escuchar el principio. Es una jodienda, si lo piensan, pero es algún pero tenía que tener estar tocado con la divina barita de la capacidad para hacer reír. A no ser que seas como Chiquito y el final no sirva para nada y lo importante sea el trayecto. El caso es que en el caso de los grupos que hacen del humor un arte… ¿se les exige más que a uno ‘convencional’? A fin de cuentas, todos conocemos a autores, bandas, escritores e, incluso, algún crítico musical (ejem) que parece llevar escribiendo la misma canción, el mismo disco, la misma novela o ensayo, o la misma crítica con pequeñas variaciones y no pasa nada. Sin embargo, a los del saco divertido, le pedimos constantemente chistes y ocurrencias máximas que nos evadan del este vil y cruel mundo por unos minutejos, cuanto menos, igualando su máxima cota y malla conocida. Como es lógico, esto jamás puede ser así porque ni siquiera el oyente es el mismo hoy, que ayer, menos todavía que hace años. Evolucionar adquiere otra dimensión y cada nuevo artefacto sonoro de este marco conceptual debe ser tomado con una cierta perspectiva, como el icono amarillo ese de una ceja levantada y la mano en la barbilla (o parte inferior del círculo, mejor dicho). El caso es que Mamá Ladilla, con Juan Abarca al frente, ajeno o no a todo este cacao, se ha marcado otro disco de estudio, titulado Exhuma y Sigue con que el nutre de doce nuevas coplas su henchido repertorio que ya supera el centenar de temas. No es poco.

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Travis Birds. Secret Show Cooltural Go! 10 de abril

Igual que me gusta ‘mover el árbol’ en redes sociales de manera sutil cuando se va a hacer pública una noticia en pocos días, algo de ese espíritu tenía el que haya sido esta semana que hoy muere cuando haya traído a la web la crítica de La Costa de los Mosquitos, el segundo disco de Travis Birds. Y es que, como parte del engranaje de Cooltural Fest, sabía que la cantautora madrileña iba a ser la encargada de alzar el telón de una nueva edición del ciclo de conciertos Cooltural Go!, que celebrará más de 50 fechas en Almería desde este mes de abril hasta el próximo mes de septiembre. Y tiene su aquel, porque lo hacía en el formato de ‘Secret Show’. Esto es: una original propuesta que hace que los asistentes no conozcan hasta apenas 24 horas antes dónde se va a celebrar el concierto en la ciudad y en el que hasta que el artista no aparece en escena, no sabe de quién va a ser la actuación. Una manera romántica de celebrar el ritual de la música en directo, dejándose sorprender y descubrir. Y Travis salió vencedora. Dejo a partir de este momento la crítica realizada como jefe de prensa del festival. Salud. (FOTOS: RockSesión)

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Luter – Héroe Humano

No es una fórmula nueva y, de hecho, se ha usado de manera habitual en el mundo de la música en general y en el rock en particular. Sin ir más lejos, ayer informaba en Rock Estatal del grupo toledano Oplutón, que había lanzado tres singles, grabados en tres estudios distintos y con tres productores diferentes. Si nos remontamos a algo más que singles, tenemos a los siempre añorados (ya los echábamos de menos incluso antes que se fuera, como a los grandes amores antes de la despedida) Berri Txarrak, que se marcó tres discos completos con la misma intencionalidad en Denbora Da Poligrafo Bakarra. El autor rockero Luter (don Eduardo) presenta esa fórmula en este dual Héroe Humano (de ahí la inquietante portada, que tan bien ilustra), quizá nacido de la adaptación a las circunstancias de un 2020 tan… especial. Podría interpretarse como un doble EP, que se unen de manera aleatoria en una misma publicación. Pero el caso es que los poetas saben darle un hilo conductor a los imprevisibilidad y al final el conjunto, cinco más cinco temas, acaba teniendo una coherencia que bien le valió una de las medallas de bronce de Los Discos del Año que cada cinco de enero repartimos en esta casa, en la que lo amargo siempre ha tenido un lugar privilegiado en los paladares, como si fuese un mal necesario, indispensable, para frenar el icor de las úlceras que intentan carcomer el corazón que padece numerosos males, demasiado tiempo, demasiados golpes. Luter siempre ha sido un bastón para él, como anhelaba Bunbury. Que no falte. Y se lo reconocemos.

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Los Discos del Año 2020 de RockSesión

Como siempre, ha de tomarse como una guía para acercarse a lo que no se conozca. O a darle otra oportunidad a un disco que no te llamó en la primera escucha. Es complicado emplearse a hacer listas así, porque siempre te queda la sensación de dejarte fuera gente que merece estar dentro. Tampoco ayuda el hecho de que por mis oídos pasen trabajos de cualquier género y que esta casa se vaya tomando más licencias controladas… ya que si escribiera de todo lo que escucho… se nos iría de las manos. Lo que sí os aseguro es que pocas web de listas pueden decir haber escuchado el 90% de los 170 discos que habéis votado, más otros tantos que ni aparecen votados. También excluyo como siempre EP’s (Mala Reputación, Código Vinagrio, Lendakaris…) y directos (Sôber, Leiva, La Polla Records, Whisky Caravan…). Entre las ausencias por diversos motivos, pero de los que recomiendo su escucha, os cito unos cuantos: las delicatesen de Sílvia Pérez Cruz y Juan Perro, los incontables proyectos colaborativos de Rocío Márquez, las delicias folk de Tanxugueiras o Balkan Paradise Orchestra, las sorpresas de Ginebras o El Meister, la constante media alta de Def Con Dos, Rozalén, Saurom, Triángulo de Amor Bizarro, el crecimiento de Sidecars, Aphonnic, Desvariados, Free City o las gratas confirmaciones de Versoix, Sin Mala Intención y Los Estanques o la canción heavy del año de Lords of Black. Mención de honor para ellos, vamos, por octavo año: estos son los ochos oros, platas y bronces de RockSesión. Disparen al pianista. (PD: intentaré que los discos que no tienen crítica completa en esta selección la tengan a lo largo del mes de enero).

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Lo Más Leído de 2020 en RockSesión

Otro clásico de los últimos días del año vuelve a las redes sociales y la web de RockSesión. Este año, del 21 al 30 de diciembre desvelaremos, con seis entradas al día, los 60 artículos más leídos del año. Son tantas las nuevas incorporaciones a esta casa y son tantos los que me preguntan por contenidos ya hechos que tengo la sensación de que ‘no está de más’. Además de en twitter y facebook, el ranking se irá actualizando en esta entrada cada día. Así repasamos el curso y también refrescamos la memoria a los indecisos que todavía no hayan votado en Los Discos del Año 2020. Recordad que podéis hacerlo hasta el 1 de enero, inclusive y que se sortea, nada menos, que un lote de 50 cedés. El 2 de enero estará la lista definitiva y la playlist. El 5 de enero daré yo mis tradicionales Oros, Platas y Bronces.

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El Pecado – El Pecado

No pierdas nunca tu capacidad de sorprenderte. Sirva esta frase tipo Mr. Wonderful o Paulo Coelho para presentar la idea principal de este disco de El Pecado, al que me acerqué sin grandes expectativas iniciales, pero que se me ha desvelado como uno de los álbumes de este 2020 para el rock y el metal. Resulta curioso que ayer escribía de las carencias de un debut lleno de buenas intenciones pero todavía verde en cuanto a la maduración de las formas (A Deshoras), para que hoy nos acerquemos a otro debut, que desprende calidad en todas sus caras. En textos, melodías y ejecución vocal, sintonía entre las guitarras solista y rítmica, programaciones y teclados y ritmos adictivos para un sonido espectacular con la firma de calidad garantizada de Alberto Seara y sus Estudios Cube, que también firma producción junto a Carlos Escobedo de Sôber, que también cantará en un par de temas, y la propia banda. ¿Y cómo es posible tanto para un debut? Pues porque el quinteto que da vida a El Pecado lleva veinte años curtiéndose en el mundo de la música bajo cabeceras de poco éxito popular, pero que parecen haber conseguido que todos los astros se alineen para hacer el disco rotundo con el que llevaban soñando durante todo este tiempo. Diez canciones de gran factura en las formas y en espíritu. Tan potentes y cañeras como accesibles en su melodía. Una querencia especial por las ritmas esdrújulas y buen gusto a la hora de utilizar las dinámicas de contundencia, desnudez, juego de segundas voces y texturas sonoras. Un álbum mayúsculo.

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#Mis10de Leonard Cohen

 

¿Dónde está la salvación que el mortal busca?, cantaba Roberto Iniesta en una de las canciones viscerales de los primeros discos de Extremoduro (a quienes este fin de semana, entre otras cosas, debería haber visto por tercera y cuarta vez en esta aplazada gira de despedida). Quizá la única manera sea conseguir el tres en raya que supone la paz de corazón, cabeza y alma. No es poca cosa si por el viaje llevas acumuladas ‘muchas lanzas’, como canta el otro poeta Kutxi Romero con Marea, “y sus trozos fabricaron mi esperanza, tan sedienta porque al fondo de mi alma hay un pozo pero la soga no alcanza”. #Mis10de hoy vuelven a ser una necesidad. Quizá mi vida entera esté en esta web y en otras creaciones musicales a las que les doy acceso a muy pocos elegidos. Culmino la presentación con un fragmento del artículo que escribí por la muerte del canadiense, que también os comparto también aquí, al completo: Vivo con la obra de Leonard Cohen desde que tengo memoria musical. Me es grato ir encontrando a personas que, sin saber por qué, sintieron fascinación por él también desde niños. Entonces no se entienden los motivos, claro, pero da una sensación de comunidad reconfortante. Uno de los ilustres de esa lista es Igor Paskual, pero también muchos amigos tuiteros que durante años han confesado esa iniciación. Como en el caso del músico, fue mi madre la que lo escuchaba con frecuencia y, como mi tocayo Krahe, forma parte de mis recuerdos de las tardes de colegio mientras hacía los deberes (sin quejarme, sin quejarse). Ironía fina, tanto Krahe, como Cohen: voces cavernosas, cantantes tardíos, por casualidad hasta la H intercalada y, de postre, Javier casado con una canadiense. Recuerdo un casette, una cinta, ‘de las buenas’, de las negras, con sonidos que nunca le había escuchado a nadie. Llévenme al final.

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Los Enemigos – Bestieza

 

Hay con Los Enemigos una sensación de eterno retorno. Viajar por sus discos es navegar entre bisagras que abren puertas que se interconectan entre sí y, de veras, poco importa que hayan estado varios años ‘de parón’, que volvieran de gira, que se marcaran un disco con todos sus ingredientes conocidos en la coctelera (lo que le restó algo de identidad) en La Vida Inteligente y que ahora, vengan desenfrenados, acelerados, más livianos y frescos. Todo es familiaridad con el cuarteto, si bien en esta ocasión viene remozado en una de sus guitarras y en la producción. Manuel Benítez decidió dedicarse exclusivamente a Porretas y su salida a las seis cuerdas ha dado paso a la entrada de David Krahe, guitarrista de Los Coronas, Corizonas y habitual en los últimos tiempos de Josele Santiago, como bien queda registrado en su último directo Conde Duque. Santiago vuelve a firmar guitarras, voz principal (menos uno) y los temas, compartiendo autoría en tres de ellos con el almeriense Fino Oyonarte, bajista. La batería corre a cargo de Chema Pérez. La producción en este caso viene refrescada por un productor emergente y viejo conocido de la banda, como es Carlos Hernández, antiguo técnico de sonido y actualmente responsable de la producción de bandas como nuestros aplaudidos Carolina Durante y Airbag y Triángulo de Amor Bizarro. Con estos mimbres y liberados de las inquietudes personales, Enemigos firma la continuación lógica de Nada, de hace nada menos que más de veinte años.

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