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La Guardia – Vámonos (1988)

No salimos de Granada durante unos días. Si ayer le echamos un tiento al nuevo libro publicado desde editorial Efe Eme, Conversaciones con José Ignacio Lapido (músico granadino con cuarenta años en la escena, imprescindible tanto con 091 como con sus ocho discos en solitario), este viernes la crítica remember se queda con La Guardia, otro de los nombres propios históricos de la ciudad nazarí. El grupo de Manuel España (voz y guitarra) y Joaquín Almendros (guitarra) forma parte de una época dorada en la que, como dice el propio Lapido, tener uno o dos singles de éxito te garantizaba trascender a tu público, hincharte a vender discos (porque entonces se vendían como churros) y, por tanto, formar parte de las kilométricas giras de fiestas y festejos (muchas de ellas de caché completo cuantioso y entrada gratuita). Que grupos ‘normales’, de guitarras, bajo y batería, de canciones frescas, extendieran cientos de miles de copias de sus discos, como le pasó a La Guardia con este Vámonos y con el posterior Cuando Brille El Sol (1990) suena en nuestros días casi irreal. Como que La Frontera llenase pabellones con miles de personas, por ejemplo, que ‘la moda’ fuera precisamente esto. Ay, el buen gusto, dónde iría a parar. Entre todos lo mataron y él solo se murió. El caso que es que las menciones que se hace de la banda en dicho libro me encendieron la llama para traerlos (al fin) por aquí. Y si digo que no salimos de Granada en unos cuantos días es porque el lunes tenemos cita con los amigos de Hora Zulu y su álbum publicado hoy (Limpiar, Fijar y Dar Esplendor). No parece mal plan cuando hay tantas cartas el cajón y ninguna es de amor, cuando el camión nos atrapa entre la espada y la pared como si fuésemos un fantasma. Cuando no hay más tardes en las que esconderse, porque en la búsqueda de un corazón todas las calles llevan hacia ti. Vámonos, chica hacia el mar.

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Ranking de presencias en Viña Rock y playlist 25º aniversario

27 de abril de 1996: Extremoduro, Los Enemigos, Los Porretas, Australian Blonde, Platero y Tú, Lagartija Nick, Manolo Kabezabolo, Los Planetas, Mercromina, Pelotazo, Próxima Apertura, Cara B y Dogmáticos. Estas son las bandas que formaron el cartel del ‘Primer festival nacional de música apocalíptica Viña Rock’, celebrado en el campo de fútbol de Villarrobledo, en Albacete. El inicio de una saga que cumple este año su vigesimoquinto aniversario después de los obligatorios barbechos de 2020 y 2021, pandemia mediante. ¿En cuántas ocasiones te has preguntado el número de veces que ha habrá estado determinada banda en el festival? ¿Quieres hablar con conocimiento de causa y con los datos en mano? Como después de 11 años consecutivos estando al pie del cañón este año no cubriré el festival, se me ocurrió computar numéricamente esos datos y, ya puestos, hacer una playlist conmemorativa por sus Bodas de Plata, situando a los grupos por orden de presencia en el festival. Los datos son más que curiosos porque, personalmente, me sorprende la incuestionable variedad que presenta la lista (hasta 892 nombres, incluyendo también los escenarios de rap, reggae, etcétera). Tenéis aquí la lista completa, abrumadora y muy significativa. Al menos me lo parece. Como curiosidad, también merece tomar consciencia que artistas como Estopa, Pereza o Bunbury han pasado por Villarrobledo. No os hago más spoilers. Os invito a leer la lista de nombres y cifras con calma y dejaros sorprender por lo mucho o poco de cada cual. Os dejo con el Ranking de presencias en Viña Rock y playlist 25º aniversario. Salud.

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La Frontera – La Rosa De Los Vientos (1989)

Aunque hay gente que se empeña en demonizar nuestra música ‘comercial’ de los años 80, no me cansaré de reconocer y aplaudir el legado y labor de un buen número de bandas más que respetables para acercar un rock más comercial o accesible (o como demonios se le quiera llamar) al gran público. En ese gran cajón del podio entra gente tan dispar, pero con ese denominador común, como Seguridad Social, Los Rebeldes, Danza Invisible, Radio Futura, La Unión, Nacha Pop, Duncan Dhu, Los Secretos, Gabinete Caligari, Hombres G, La Guardia, Tahúres Zurdos, Pistones, 091, … y un larguísimo etcétera donde se encuentra, cómo no, La Frontera, la banda que han liderado desde el primer día el incombustible Javier Andreu y Tony Marmota. Un sello inconfundible a aires polvorientos, sureños, de western, bourbon, botas de punta, corbata de cordón, calavera de búfalo y todos los tópicos genuinos del género que, en nuestro país, nadie ha sustentado tantos años, más de treinta, como ellos. Pero La Frontera asumió todo ese imaginario después de demostrar que todo ello no impedía que en sus discos también hubiera espacio para otros matices y un lado más aperturista hacia a alguna concesión melódica, canciones de tempo elegante más allá del acelerón marchoso de bombo y caja, e incluso algunos arreglos souleros de metales. Todo ese ‘aperturismo’ y ese ejercicio que aumentó su registro sonoro y, con ello, el número de seguidores que compraba sus discos e iba a sus conciertos, se inicio con su cuarto trabajo, este La Rosa De Los Vientos.

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Bourbon Kings – XXX

En el fragor de la noche, a la luz de la luna es cuando los ‘moonrakers’ (contrabandistas) de los Apalaches producían y distribuían whisky clandestinamente durante la ley seca de hace aproximadamente unos 100 años. Whisky destilado, a menudo de 95º. Las ‘X’ indicaban cuántas veces había pasado el lote ilegal de alcohol por el alambique. Tres ‘X’ significaban que lo había hecho tres veces y que el brillo era puro. Tres. Llega el tercero”. Así presenta la propia banda navarra Bourbon Kings su tercer álbum discográfico de estudio desde el interior de portada, tras su estreno en 2015 con 40º y su continuación en 2017 con Performance. Pude verles con aquella gira en el marco de la fiesta de bienvenida de The Juergas Rock Festival de Adra y lo cierto es que cumplieron con solvencia porque desde entonces tenía claro que se merecían unas líneas para su siguiente lanzamiento. Para esta ocasión, el grupo ha contado con producción propia y de Iker Piedrafita de Dikers, que también se hizo cargo de las labores de las mezclas y la masterización. Con este ‘triple equis’ la formación presenta una evolución de todo lo apuntado en sus hermanos mayores, un sonido que se basa clara y ampliamente en los cánones básicos de rap metal de armazón nu metal propio de los años noventa pero aquí evolucionado con toques más contemporáneos, sobre todo en algunos coros y en arreglos menos anquilosados, lo que de alguna manera les ha ayudado a crear estribillos mucho más naturales, pegadizos y efectivos. La etiqueta negra de su cosecha, sin duda. El golpe en la mesa definitivo.

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Celtian – Sendas De Leyenda

A una velocidad vertiginosa, Celtian se ha convertido por derecho propio en una de las bandas llamadas a recoger el testigo de ese noble arte del heavy metal melódico de ascendencia celta. Un mundo que, ya saben, en España abrió la veda Ñu (a su adusta y sobria manera) y que terminaría explotando –y rentabilizando- Mägo de Oz, con otros escuderos de lujo como Saurom, Landevir, Ars Amandi, o, más recientes, Salduie, Lèpoka, Celtibeerian, Sylvania o Debler (aunque habrá que ver si las múltiples marchas del grupo sostienen el nombre al mismo nivel). El grupo nació de manera primeriza cuando Diego Palacio, flautista eventual de Mägo, decidió emprender un proyecto en solitario que debutaría de manera tímida y sin grandes pretensiones con un disco instrumental llamado The Druid’s Awaiting. Pasado el tiempo, fue en 2018 cuando la granadina Raquel Eugenio, que venía versionando a todos los grandes del rock y el heavy nacional en su canal de Youtube, editando incluso recopilatorios en formato digital. Palacio suma a la convertida en Xana Lavey como vocalista de Celtian y todo se acelera (y eso que ha habido un año de parón pandémico de por medio). En 2019 publicarán En Tierra De Hadas y el pasado mes de septiembre salía su tercer trabajo (segundo con voz) Sendas de Leyenda. En los últimos tiempos estoy recuperando algunas bandas de las que me gustaría haber escrito antes pero que, por distintos motivos, no pudo ser con los anteriores. Así que hoy toca el turno de dedicarle unas cuantas líneas al folk optimista y vitalista de Celtian.

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Entrevista a Kutxi Romero: “Rockeros en este país quedamos cuatro y por eso estamos en la obligación de cuidarnos”

Por mucho que uno sepa de la persona que va a entrevistar o que haya crecido con ella, viendo sus evoluciones como personaje público, uno siempre tiene la duda de cómo se va a desarrollar la entrevista por primera vez. Realmente, incluso haya habido más de una. Es la eterna incertidumbre del periodista que aún conserva las mariposas en el estómago porque, imagino, no ha perdido la ilusión por su oficio todavía. El recuerdo de la primera entrevista con Kutxi fue especial por muchísimos motivos. Por ello, porque se cumplían seis meses sin mi padre y quería hablarle de ‘Pájaros Viejos’, que luego dedicó en el escenario aquella noche… Sobran motivos. Fue, eso sí, una entrevista muy guionizada. Sin embargo, cuando volví a coincidir y a entrevistar a Kutxi en el marco de Escenario Literario (compartió sesión con el bajista Rafa J. Vegas, de Rosendo), los momentos previos hablamos tanto sobre música, libros, actualidad con una naturalidad tan grande, que con motivo de su regreso a Almería en el marco de su gira acústica, le propuse a la familia del Dromedario el hacer un encuentro sin guión. Una conversación grabada, que se pudiera luego transcribir y dar testimonio. A lo que saliera. La respuesta de Kutxi no solo fue un “al Chayi, lo que quiera”, sino que me dieron su móvil para que pudiéramos concretar la hora por nuestra cuenta. Finalmente, entre sus conciertos de la semana y mi estrés en la oficina, quedamos tras la prueba de sonido el mismo día del concierto, que pude contemplar gustosamente. Al terminar, nos sentamos en la zona del backstage como dos anacrónicos en la terraza de un bar. Por el camino, su ‘familia nómada’ y también su hijo, entrando, saliendo, interviniendo, ayudando, bromeando, participando… Dos horas bastante especiales que dieron para más de esto, pero que en esto se queda. Salud. (FOTOS: Juan Jesús Sanchez Santos para RockSesión, realizadas durante el concierto que ofreció a continuación).

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Silvio y Sacramento – Fantasía Occidental (1988)

Es imposible resumir en unas cuantas líneas lo que era Silvio Fernández Melgarejo (1945-2001), como músico, artista, bohemio, culto (porque lo era), cantante, capillita, futbolero, alcohólico, desapegado a lo material, improvisador profesional, surrealista no militante y genio y figura, en suma, como muestran sus incontables anécdotas y su vida, tan intensa como partida en dos a partir de una falla que rompió el eje del espacio tiempo en su forma de morir diariamente. Porque si Evaristo cantaba aquello de “yo quiero morirme de lo que tengo”, Silvio murió, como se dijo en su entierro, “de sí mismo”. Su fama y divinización se circunscribe a la Andalucía Occidental en su inmensa mayoría, aunque su condición de ‘artista de artistas’ hace que sea considerado un referente de culto y en muy alta estima por nombres tan dispares como Miguel Ríos, Kutxi Romero (lo tiene pintado en la entrada de su Kutxitril), Luz Casal, Enrique Bunbury (que versionó uno de sus temas más populares en el proyecto de Los Chulis), Joaquín Sabina o Santiago Auserón, como inolvidables son sus entrevistas con Jesús Quintero. Hasta Califato ¾ lo lleva en la portada de su último álbum. Y, cómo no, toda la corte de ‘alumnos’ del humor nacido en los años 90 (la carrera musical de Silvio es más intensa de 1980 a 1993, cuando graba Al Este del Edén con Luzbel -1980-, Barra Libre con dicha banda -1984, y Fantasía Occidental y En Misa y Repicando, 1988 y 1990 con Sacramento –banda en la que estaban el recientemente fallecido Juanjo Pizarro y Andrés Herrera Pájaro, de quien ya he escrito varias veces), véase El Sevilla o Pepe Begines, quien llegó a escribirle varias canciones para intentar resucitarlo de su primera gran caída a principios de los 90. Disco que nunca llegó a grabar, puesto que estaba siempre tan borracho e hinchado que solo pudo grabar media canción en siete meses. De aquella salió tras más de dos semanas en el hospital. En 1999 grabaría, casi como terapia, un lúcido A Color (1999) con Los Diplomáticos, pero tanta actividad ‘formal’ acabaría minando sus fuerzas, hasta que entre el alcohol, el tabaco y comer poco o nada lo llevó a morir en octubre de 2001. “¿Le importaría a usted que yo me muera?”, decía siempre por sorpresa. Le llegó entonces el día, pero se convirtió en mito antes.

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Conversaciones con José Ignacio Lapido (Arancha Moreno)

Sea por la sequía derivada de las medidas que tienen que ver con la pandemia, que ha reducido el volumen de lanzamiento de disco antes la imposibilidad de ser presentado después en directo o sea por mera coincidencia, llevamos varios meses en esta casa hablando y escribiendo casi más de documentales (El Drogas, Pau Donés, Los Glosters, Ramoncín, Rompan Todo…) y de libros (a saber: Rulo y Tres Acordes y La Verdad, el de Óscar Sancho de Lujuria, sobre el Balmoral de Loquillo, el del baterista de Héroes del Silencio, Pedro Andreu, la novela de Albert Pla, ‘España En Guerra’,  el autobiográfico de Antonio Arco, el epistolar de Kutxi Romero y Kike Babas, el de poesía de Manolo García o el tabernario El Mentidero del Rock Español) que de novedades discográficas. Porque si a esa recopilación le añadimos las críticas remember de los viernes ya nos quedan muy pocos días. Lo de Conversaciones con José Ignacio Lapido, firmado por Arancha Moreno, que es quien ejerce de vehículo transmisor para que conozcamos más sobre la figura del músico, compositor, letrista, vocalista y (esto lo añado yo) emblema del rock español, ha sido como un fogonazo veloz que he tenido que ir dosificando para que el placer de la lectura sea mayor. La obra caía en mis manos la pasada semana, antes de que llegara a las librerías, y si no lo terminé en dos sentadas fue por premeditación y alevosía. No quería que acabara. ¿Puede haber mayor halago para un libro? Con 091 y con su carrera en solitario (aunque la historia se remonta más atrás) la editorial Efe Eme acierta en dar voz a un creador alejado de los grandes focos y atención mediática, pero que resulta fundamental para entender la sobriedad cabal de quien lleva 40 años aportando su trabajo para dignificar el rock en castellano.

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Pereza – Animales (2005)

Si una banda nace del mero hedonismo de juntarse para tocar canciones de Leño, nada puede salir mal. Después de casi 1.500 entradas en la web, después de haber escrito de los discos en solitario de Rubén (también con Lichis), de Leiva, haciendo referencia a ellos al escribir de Buenas Noches Rose o de Sidecars… Iba siendo hora de que un disco de Pereza asomara el hocico por las críticas remembers de los viernes. Y si de morro hablamos, qué mejor que este Animales de dual portada, cambiante en las múltiples ediciones posteriores que ha tenido el disco. No es para menos. Aunque en términos globales (porque también depende del día y el estado de ánimo) considero que su mejor disco es Aproximaciones, fue con este álbum con el que el dúo se colocó en el centro del foco de (quizá) la última gran época dorada del guitarreo inundando las radiofórmulas, antes de que las programaciones latinas se comieran a la distorsión. Lo he escrito ya más de una vez. Benditos tiempos en los que ‘lo comercial’ era Pereza, El Canto del Loco o La Oreja de Van Gogh, como antes lo fueron Piratas, M-Clan o Los Rodríguez o, más atrás, La Frontera, Seguridad Social, Hombres G, La Guardia o Gabinete Caligari. Por no hablar de cuando Los 40 fijaron su atención en los Dover, Extremoduro, La Fuga con Rulo o Marea. (¿En qué maldito momento se jodió todo?). Animales simboliza también el equilibrio entre los dos discos iniciáticos, más ‘primitivos’ (con los que abrían para bandas más rudas como Enemigos, Siniestro Total o hasta Porretas) y la posterior vuelta de tuerca, donde al guitarreo marca de la casa añadieron una dualidad de complejidad compositiva, a la vez que sobriedad acústica o, del otro lado, la búsqueda de singles descarados destinados a ampliar cada vez más el círculo. El tiempo le ha dado más valor si cabe a lo firmado.

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Javier Álvarez – Tiempodespacio (2003)

 

En una semana que viene marcada por críticas de discos de corte individual (véase: Depedro, Coque Malla, Loquillo) y teniendo decididos los dos estrenos de #Mis10de para este fin de semana (que serán Miguel Ríos y Tina Turner), la crítica remember del viernes tenía que ser también para un artista que hubiese hecho camino con su nombre personal. Hete aquí que el primero que me vino a la cabeza fue mi tocayo, Javier Álvarez. Sí, puede que esté más alejado del corte rock, pero ya sabéis que en esta casa nos pegamos licencias al gusto, siempre y cuando haya una base de calidad detrás… y este es el caso y a raudales. En cuanto a la elección del disco, había muchas opciones, claro está, y creo que casi cualquiera que conozca a Javier Álvarez hubiese optado por alguno de sus tres primeros álbumes. Especialmente el debut de 1995, donde se encontraban ‘La Edad del Porvenir’, ‘Un, Dos, Tres, Cuatro’ o ‘Piel de Pantera’, o incluso el segundo, con ‘Sunset Boulevard’ o ‘Ella Diciendo Sí’. Amando esos discos, reconozco que a mí me ponen mucho más ‘los raros’ que publicó después, con aquel Grandes Éxitos (de versiones) que hizo de punto de inflexión. Las canciones dejaron de ser ‘convencionales’ para un artista que no lo era. La radiofórmula lo dejó de considerar interesante, pero para los que lo seguimos nos hicimos de su clan con este Tiempodespacio y con el exceso de Plan Be (doble, de 25 temas, algunos al límite). Un grande, con todas las letras, este JÁ.

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