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Leone – Canciones de Amor y Odio vol. 2

Con un nombre de banda en clara referencia al director de cine que elevó a mito a Almería como plató natural, con mucho de tino y algo de guasa, Leone se autodefine como una banda de rock, con influencias del bolero, la copla, el surf, el western, la canción mediterránea y, en general, la música en español, como también ‘reivindican’ “el bar español y el plato redondo”. Leído esto, uno se puede esperar una suerte de Gabinete Caligari versión lejano oeste folclórico, pero nada de eso. En un mundo musical donde las fronteras se rompen de manera constante, es complicado definir esa sensación en la que algo que se escucha tenga la capacidad de recordar a media docena de géneros y referencias y, a su vez, que sea imposible de circunscribir cada una de las canciones a un nombre propio o etiqueta única. Es el caso de Leone, banda madrileño-almeriense que, poco más de año después, viene con la segunda parte de su Canciones de Amor y Odio, de mano de nuevo del más que recomendable sello discográfico Clifford Records. Como apunté entonces, en el primer volumen, de donde también extraigo esta introducción ambivalente, Leone borda la emoción entre la pena, el dolor, el desengaño, la falta de superación y las ganas de volver (o recaer) al amor, y el recuerdo a los amigos perdidos en el camino con ese tono grave y solemne, que le sienta como espuela a la bota a su propuesta artística, melodías y desarrollos que parecen curtidos por el desamor, el clavel en la solapa, la copa de brandy, el sol en la piel y las madrugadas interminables. Once temas nuevos que disparan haciendo nuevas muescas en la memoria.

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Manolo García – Desatinos Desplumados

Como decíamos ayer… Desatinos Desplumados es el segundo de los discos que Manolo García ha lanzado de manera simultánea e independiente, emulando así a los foráneos Guns N’ Roses o Bruce Springsteen, que hicieron lo propio en septiembre de 1991 y marzo de 1992, respectivamente. Ayer viajamos con el barcelonés al lado eléctrico desplegado en Mi Vida En Marte que, en términos generales, también fue compuesto con anterioridad a este hermano siamés, que ofrece una faceta mucho más orgánica, acústica y rumbera que, quizá por ello, le esté haciendo ser considerado superior en los foros de opinión. Es curioso que en la lista de ventas haya sido al contrario, Mi Vida En Marte ha entrado al número uno y Desatinos Desplumados al número dos, en cualquier caso superando así ambos a sus potentes compañeros coincidentes en la fecha de salida, Loquillo y su Diario De Una Tregua y Rammstein con Zeit, y a los tótems de la revisión modernista de lo castizo, Rosalía con Motomami y C Tangana con El Madrileño. Quizá el tiempo haga que se cambien las tornas. ¿El secreto de esta preferencia popularizada? Que si teníamos a un Manolo certero en el equilibrio de textos y arreglos eléctricos en el álbum comentado ayer, en el de hoy toda su capacidad para conmover llega de manera más directa y diáfana si cabe, sobre todo por la querencia aflamencada que tan bien le sienta, por un trabajo de coros y segundas voces delicioso y con otro compensado ejercicio de inmediatez de guitarra española con algún otro arreglo de piano más barroco. Trece canciones más para dar un total de 27 composiciones que confirman la trayectoria ascendente dibujada desde Todo Es Ahora.  

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Grima – A Ver Ahora

Calentada la semana con la potencia oscura de los malagueños Lunavieja, mi lista de escuchas pendientes me llevó por bandas más rockeras al uso, como Carta Blanca, Títeres, Mestral o Stone Nipples, pero también a territorios más pesados y metálicos con Cuneo, Pyramidal, Chivo o Black Stoned Beast (como veis y explico muchas veces, me es literalmente imposible escribir de todas las novedades que escucho a la semana)… En esa sección más dura, también este segundo álbum de los gallegos Grima, que regresan cuatro años después de su estreno en A Ver A Qué Sabe. Si a aquello de los tres integrantes clásicos de una banda (guitarra, bajo y batería) se le llama con el anglicismo ‘power trío’, creo que ese concepto de ‘poder’ se queda muy corto para algunos dúos que vienen pegando fortísimo como las también gallegas Bala, los madrileños Árida o los vascos Niña Coyote eta Chico Tornado. Aquí salen dos retoños menores en esta pareja compuesta por la bajista y cantante Laura García (también en bandas como la progresiva y técnica Moloch y en la punk californiana Faul) y el baterista Facundo Pardo que perfeccionan, y de qué manera, lo apuntado en su debut, con una importante descarga de actitud punk, aderezos progresivos, stoner y contundencia en este A Ver Ahora compuesto por ocho voraces canciones que trabajan con la misma naturalidad en castellano y en inglés. A la fiesta se suman dos colaboraciones, la de las citadas Bala y el rapero vigués Kaixo, que también ha demostrado ya con varias colaboraciones cierta querencia rockera y punk con su grupo Youcanthide (que forma junto a los músicos de Kings of the Beach). Un disco que se toma como un chupito, en poco más de veinticinco minutos sin concesiones. Otra pequeña gran joya descubierta.

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Lunavieja – Lunavieja

Llevaba un tiempo sin dar estopa de la buena y esta semana se me ha cruzado por la escucha de novedades pendientes el debut de esta banda malagueña, que no por ello de músicos noveles, llamada Lunavieja, que viene con una propuesta que no es que derroche originalidad en su concepto, pero sí que conquista con la precisión y accesibilidad de una ejecución tan sombría. Cogiendo como preceptos todos los arquetipos básicos de la brujería, los aquelarres, las tradiciones oscuras, la botánica, el folclore y las narraciones antiguas con recitados solemnes y algún que otro alarido y hoguera por el camino, Lunavieja presenta una suerte invocación – introducción inicial y siete cortes en los que la melodía de guitarra y la base rítmica te lleva con bastante seguridad por tramos que, partiendo del doom, se mueven entre la psicodelia, el stoner o, sencillamente, un metal denso y opresivo. Por si fuera poco, a su alineación de power trío (bajo, guitarra y batería) sumaron a un cuarto elemento que se sumó para aportar teatralidad en las voces y, además, también se encarga de sintes llenos de penumbra y más atmósfera. Cuelguen de sus altavoces un poco de estramonio y beleño, o tómenla en infusión, que se sabe cómo se entra en el bosque simbólico y bestiario de Lunavieja pero otra cosa es encontrar la salida entre tanta turbiedad, surrealismo y mística. El pasadizo ya está abierto. Play.

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Sexy Zebras – Calle Liberación

Cuando uno nace en el corazón del barrio de Hortaleza, donde nació Luis Aragonés, Porretas, Radio Enlace o la bodega Cobela, donde Robe iba a llevar su primera maqueta de Extremoduro hace más de treinta años, donde se podían recorrer otros bares como Cendejas, Templo Rock o el viejo Quinto Pino, donde estaban los locales de ensayo Papi por donde desfilaron, entre otros, Leño y Obús, y están los estudios Oasis, pues es normal que si te da por hacer un grupo la cosa salga bien de autenticidad y ganas de marcha y distorsión. Es lo que ocurrió hace 17 años con Sexy Zebras que, por más que intentarán rebozar su música de algunos clichés más modernos que les ha llevado a ser incluidos en festivales de corte ‘indie’, han llevado siempre dentro un poco de ese toque urbano más cazallero y visceral que también les ha hecho estar presentes otro par de años, por ejemplo, en Viña Rock. (Pocos grupos me vienen a la cabeza que en el mismo año hayan tocado las dos ‘vertientes’ carteleras, DMBK es quizá el ejemplo más cercano en el tiempo). El trío, que sigue contando con sus fundadores Gabriel Montes (bajo y voz) y José Javier Luna a la guitarra, y que incorporó al hermano del segundo, Jesús, tras la salida del baterista Samuel Torío, toma la calle del barrio para reencontrarse con muchos de sus elementos iniciales para sumar a su descaro una buena dosis de sinceridad y visceralidad más personal que impostada. La crudeza de títulos provocadores da paso a la apertura más sincera y nos ofrece un disco de rock, puro y crudo, con mucha distorsión, bases contundentes y una paleta de sonidos todavía más genuina que en la de álbumes anteriores. A morder.

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Quique González. Almería. 11 de marzo

Lo bueno de que un artista como Quique González tenga el metrónomo de publicar disco en una media de cada dos años, incluso a veces menos, si incluimos el directo de Radio Station y el maxi Clase Media (realmente, solo el espacio entre Daiquiri Blues y Delantera Mítica alargó en exceso la espera) es que se puede disfrutar de las distintas giras en un plazo relativamente corto. También tuvo algo de ‘suerte’ (si es que se puede usar este término para hablar de una pandemia) ya que los primeros confinamientos y el parón llegaron cuando había desplegado buena parte de la gira de Las Palabras Vividas. Con algún concierto ‘de nueva normalidad’, Quique se centró en escribir y dar forma a las canciones de su siguiente trabajo. Otra magnífica joya atemporal, como acostumbra, y consiguiendo que todo sea distinto pero acogedoramente familiar. Cerca de cumplir tres décadas en los escenarios y casi 25 años después de su debut con Personal, ha conseguido ser una de las voces más autorizadas del rock de autor de nuestro país. Sin alardes, sin salidas de guión, sin exabruptos, sin dar una voz más alta que otra. Ya hablan sus temas, que están repletos de esa cotidianidad dolorosa, porque la intensidad de las emociones que marcan duele para siempre. No se van. Como las grandes canciones que pueblan su discografía y su repertorio. Hay tanto material en sus álbumes que Quique puede hacer el concierto más complaciente o el más críptico y bizarro. Acostumbrados casi que a lo segundo, creo que el de anoche, el de esta gira, es uno de los set más equilibrados de los últimos tiempos. Un acto de celebración sustentado en un tercio por temas de Sur En El Valle, otro tanto por éxitos indiscutibles y otro tanto por gemas que van ganando quilates con el paso de los años. Os dejo a partir de este momento la crónica que he realizado para como redactor del Área de Cultura y Educación del Ayuntamiento de Almería y Contraportada / Pisadas En La Luna. Las fotos son de José Antonio Holgado. Salud.

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Bourbon Kings – XXX

En el fragor de la noche, a la luz de la luna es cuando los ‘moonrakers’ (contrabandistas) de los Apalaches producían y distribuían whisky clandestinamente durante la ley seca de hace aproximadamente unos 100 años. Whisky destilado, a menudo de 95º. Las ‘X’ indicaban cuántas veces había pasado el lote ilegal de alcohol por el alambique. Tres ‘X’ significaban que lo había hecho tres veces y que el brillo era puro. Tres. Llega el tercero”. Así presenta la propia banda navarra Bourbon Kings su tercer álbum discográfico de estudio desde el interior de portada, tras su estreno en 2015 con 40º y su continuación en 2017 con Performance. Pude verles con aquella gira en el marco de la fiesta de bienvenida de The Juergas Rock Festival de Adra y lo cierto es que cumplieron con solvencia porque desde entonces tenía claro que se merecían unas líneas para su siguiente lanzamiento. Para esta ocasión, el grupo ha contado con producción propia y de Iker Piedrafita de Dikers, que también se hizo cargo de las labores de las mezclas y la masterización. Con este ‘triple equis’ la formación presenta una evolución de todo lo apuntado en sus hermanos mayores, un sonido que se basa clara y ampliamente en los cánones básicos de rap metal de armazón nu metal propio de los años noventa pero aquí evolucionado con toques más contemporáneos, sobre todo en algunos coros y en arreglos menos anquilosados, lo que de alguna manera les ha ayudado a crear estribillos mucho más naturales, pegadizos y efectivos. La etiqueta negra de su cosecha, sin duda. El golpe en la mesa definitivo.

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The River Band. Teatro Apolo. 11 de febrero

Con cientos y cientos de conciertos escudriñados como cronista y crítico, a uno le remueve y conmueve cuando, sin tener referencias ni expectativas creadas uno acaba saliendo de la actuación satisfecho y con una sacudida de la ilusión más primigenia de lo que es la música en directo. Anoche, como periodista del Área de Cultura del Ayuntamiento de Almería, me tocaba cubrir el concierto de la banda local The River Band. De ellos sabía que hacían versiones y que iban a tocar sus primeras 14 canciones propias de un disco que todavía no ha salido a la venta. Sabía que era una banda de músicos experimentados, pero no me podía imaginar la ilusión que podrían ser capaces de transmitir, con guitarra y bajo superclase de tiempos dorados, con un baterista de 67 años y un vocalista sin delirios de grandeza. Simple, puro y sano rock and roll. Sin más. Si es que no hace falta más. Os dejo a partir de aquí la crónica realizada para el Área de lo que pasó anoche en el Teatro Apolo. Salud. (FOTOS: José Antonio Holgado)

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Toundra – Hex

Si ya es difícil que te hagan caso haciendo rocanrol, imaginad si lo tuyo es post-rock, post-metal o post-hardcore instrumental. Siempre habrá quien tenga debilidad personal por algún otro nombre menos conocido o asociado a alguna vivencia o por alguna compresible otra razón, pero creo que es opinión generalizada que Toundra es la banda de rock instrumental más importante de nuestro país de manera casi indiscutible. Seguro que la más reconocida fuera de nuestras fronteras. En sus primeros quince años de vida, los madrileños se han marcado una serie de joyas que demuestran seso, técnica, capacidad emotiva y una facilidad para captar la atención que ya quisieran para sí más de un vende-historias con micro. IV (el último disco de los cuatro primeros, numerarios) fue el cénit esa senda, abriendo un camino más espectral o espacial. Después llegaría el voraz y árido Vortex, liberados en apariencia de la secuencia romana, para volver ahora a retomarla de manera simbólica con Hex. Por el medio, un disco como Exquirla junto a El Niño de Elche y aquella maravillosa locura que fue darle banda sonora a la película muda alemana ‘El Gabinete del Doctor Caligari’, de Robert Wiene. Un disco, el presente, dividido claramente en dos partes. Una primera conceptual bajo el título de ‘El Odio’, corte de 22 minutos dividido en tres partes y una segunda donde Toundra da una vuelta de tuerca a su propia forma de ser explorando por terrenos ignotos hasta la fecha como algo de loops de electrónica o saxo (violines o trompetas sí que habían empleado antes). El resultado es un disco furioso y pasional que, a partir de la oscuridad, intenta alcanzar luz al final de un camino lleno de ira, ruido, polución y, en definitiva, poco humanista. Posiblemente su techo viene marcado por su propio estilo, pero ellos no lo acusan a la hora de generar emociones. Un disco sobresaliente para un cuarteto con mucho que decir sin tener que usar la palabra.

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Bloque – Hombre, Tierra y Alma (1979)

Como si de una conexión neuronal se tratara, escribir ayer de Topo y recordar a Asfalto y aquel final de la década de los setenta me trajo a la mente que casi diez años después de que abriéramos la persiana, todavía no había traído a la crítica remember de los viernes a esta excelente formación cántabra. Lo que dice mucho y bien, aproximándonos  a las trescientas críticas en esta sección del inabarcable número de ‘meritorios’ que tiene nuestro rock y nuestra música. A Bloque se le ha encuadrado habitualmente en el mismo movimiento que dichas bandas y aunque es cierto que comparten muchos elementos en común, como el mensaje humanista y ecologista, lo cierto es que el paso del tiempo les ha conferido un punto de rock primigenio y callejero (sumándolo a Leño, Coz y compañía) que no termina de ser correcto. Los de Torrelavega vinieron a ser la respuesta santanderina a las influencias de nombres como The Allman Brothers Band y también Yes o King Crimson. Pero, claro, cuando ellos empezaron a publicar el disco el género ya había declinado en el mundo anglosajón y España no les acompañó en demasía porque, por ese retraso cultural de la dictadura, aquí a principios de los 80 la cosa se sectorizó entre movida y rock urbano o hard rock macarra. Jose Carlos Molina y Ñu sí supieron adoptar esa actitud a su propuesta más compleja, pero Bloque se quedó un tanto descabalgado y acabaría sucumbiendo en 1983, tras despachar cuatro discos. Este Hombre, Tierra y Alma fue su segunda entrega, apenas un año después de su debut epónimo. Y es que venían muy rodados puesto que ya tocaban para grandes auditorios desde 1975. Hoy nos acordamos de ellos.

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