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Nacho Vegas – Mundos Inmóviles Derrumbándose

Que Nacho Vegas es un tipo frágil y con una sensibilidad artística casi extrema es algo que viene demostrando en sus canciones desde que hace ya algo más de veinte años tomara un camino en solitario dejando atrás sus iniciáticos comienzos en Eliminator Jr y Manta Ray. Parece increíble que alguien tan tímido haya sido capaz de contar experiencias biográficas de todo tipo, como vino realizando de manera brutal en su primera década como solista, hasta que con el EP Cómo Hacer Crac sus textos viraron hacia un mundo exterior que analiza con una mirada crítica y activista. En esos márgenes llegarían todavía los álbumes Resituación y Violética o el EP Canciones Populistas. Lo turbio de sus canciones pasó de ser la historias de perdedores en constante transpiración por los excesos y delirios a cantar sobre los, también excesos, de los poderosos frente ‘a la calle’ como concepto amplio y, sobre todo, hastiado. En estas lides, de por medio con un romance fácilmente reprochable entre uno y otro bando (“siempre hay dos bandos”, ya lo cantaba el propio Vegas) el asturiano se vio afectado mentalmente por las idas y venidas de la pandemia casi un año después de su inicio y decidió solucionar ese bloqueo marchándose de Gijón a un pueblo costero del cantábrico con su mejor amigo. Es entonces cuando encontró la mejor de las maneras de las que un creador puede ver la luz, que es entonando la creatividad y cosechando y recolectando la gran mayoría de canciones que forman parte de esta nueva entrega, cuatro años después del anterior de inéditas, aunque ya el recopilatorio Oro, Salitre y Carbón. Diez Años De Marxophonismo incluía media docena.

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Nacho Vegas – El Manifiesto Desastre (2008)

Decía un viejo amigo (tan viejo amigo que, de tan antiguo, posiblemente ya ni lo sea) que era un amante de defender causas perdidas. No diría yo tanto o quizá el carácter me ha vuelto más condescendiente con algunas cosas, pero el caso es que algo de eso marca muchas semanas mi elección de las críticas remember de los viernes. Sin pensar demasiado (agenda apremia) traje a Triana en el inicio de la polémica de Eduardo Rodríguez Rodway con el grupo tributo (hace un año, aunque algunos medios especializados han parecido enterarse ahora), hablé del Minage de doña Mónica tras la vengativa crónica de El País, hablé de Ramoncín en pleno juicio, hice la remember de Albert Pla en plena cancelación masiva de conciertos… Vamos, que si hay un fuego igual voy con azufre en lugar de con manguera. De un tiempo a esta parte a Nacho Vegas se le está repartiendo por los titulares que distintos medios van salpicando por ahí. Que si la derrota de clase obrera enciende a la izquierda premium, que si declararse antimadridista porque de niño recordaba la testiculina patriota de Juanito… El caso es que lo que más me enerva es ver comentarios a su música cuando, en la inmensa mayoría de los casos, ni siquiera han escuchado un disco suyo. España, país de tertulia de bar, hoguera de Twitter y de opinólogos que no son capaces de leer un párrafo, como para leer entre líneas. Hoy hablo de El Manifiesto Desastre, porque es un terrible y absoluto discazo. Tanto, que me inspiró una novela que ya casi doy por imposible.

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Los Estanques y Anni B Sweet – Burbuja Cómoda y Elefante Inesperado

Siempre me ha alegrado y reconfortado, más allá de si el resultado final después es mayor o menor trascendente, eso de que solistas o bandas decidan apostar por lanzar un proyecto conjunto un poco ‘sin venir a qué’. Con las giras estamos más acostumbrados. Dos nombres propios con mucho en común que deciden cruzar repertorios, compartir temas, en fin… Todo eso que hemos visto hacer a grupos o artistas que con una dilatada trayectoria buscan sumar algún estímulo en lo personal y en el bancario. Es bastante menos frecuente en lo que a trabajos de estudio se refiere, aunque, piedra a piedra y gota a gota, la balsa se va construyendo y llenando. Tenemos todos los registros de colores posibles y con resultados de lo más variopinto. Como caso extremo (del malo) a Lou Reed con Metallica (aunque no creo que fuese para tanto) o los muy positivos de Arizona Baby con Los Coronas, por citar uno de muchos, como bien podría ser el de Enrique Bunbury con Nacho Vegas, el de Albert Pla con Pascal Comelade, en fin… Un largo etcétera. En ese ámbito, lo que iba a ser primero un single puntual, venido a más a epé, se ha consolidado con un larga duración de pleno derecho y el primer disco conjunto de Los Estanques con Anni B Sweet. Dos nombres propios con el suficiente empaque propio como para no tener que inventar otro término y como para que de primeras no nos chirríe su unión, pues ambos han hecho gala siempre de una completa libertad para evolucionar en sus propias carreras como para encontrar nexos de unión y compartir esta Burbuja Cómoda y Elefante Inesperado.

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Leone – Canciones de Amor y Odio vol. 2

Con un nombre de banda en clara referencia al director de cine que elevó a mito a Almería como plató natural, con mucho de tino y algo de guasa, Leone se autodefine como una banda de rock, con influencias del bolero, la copla, el surf, el western, la canción mediterránea y, en general, la música en español, como también ‘reivindican’ “el bar español y el plato redondo”. Leído esto, uno se puede esperar una suerte de Gabinete Caligari versión lejano oeste folclórico, pero nada de eso. En un mundo musical donde las fronteras se rompen de manera constante, es complicado definir esa sensación en la que algo que se escucha tenga la capacidad de recordar a media docena de géneros y referencias y, a su vez, que sea imposible de circunscribir cada una de las canciones a un nombre propio o etiqueta única. Es el caso de Leone, banda madrileño-almeriense que, poco más de año después, viene con la segunda parte de su Canciones de Amor y Odio, de mano de nuevo del más que recomendable sello discográfico Clifford Records. Como apunté entonces, en el primer volumen, de donde también extraigo esta introducción ambivalente, Leone borda la emoción entre la pena, el dolor, el desengaño, la falta de superación y las ganas de volver (o recaer) al amor, y el recuerdo a los amigos perdidos en el camino con ese tono grave y solemne, que le sienta como espuela a la bota a su propuesta artística, melodías y desarrollos que parecen curtidos por el desamor, el clavel en la solapa, la copa de brandy, el sol en la piel y las madrugadas interminables. Once temas nuevos que disparan haciendo nuevas muescas en la memoria.

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Rosalía – Motomami

Prometo que después de ‘desahogarme’ en su día con la crítica kilométrica de El Mal Querer en noviembre de 2018 e, incluso, con la de C Tangana de marzo de 2021, no tenía pensado volver a salirme tanto de guion en la línea, ya de por sí amplísima, de RockSesión. Al final, tras consultarlo con una encuesta no vinculante en Twitter este pasado fin de semana (en la que las dos opciones del ‘sí’ ganaron a las dos opciones del no por un 56,5 % – 43,5%) me lanzo a escribir unas líneas sobre el tercer larga duración de Rosalía tras el citado El Mal Querer y Los Ángeles, de 2017. Convertidas las redes sociales en una amplia barra de bar en la que todo el mundo suelta su granito de arena sobre cualquier tema sin preguntarse antes si va a aportar algo constructivo al asunto –no hablo ya siquiera de respeto, educación o conocimiento en la materia-, como bien sabréis y habréis podido leer cada vez que se ha compartido alguna novedad, un fragmento o un nuevo tema del disco, hasta su lanzamiento definitivo el pasado viernes, todo lo que hace Rosalía (convertida, objetivamente, en una estrella internacional admirada en todo el mundo con tan solo 28 años) parece venir aparejado a una especie de manteo público donde parece que quien hace la gracia más ofensiva es el que gana. Llamadme defensor de causas perdidas (algún amigo ya me lo decía desde hace muchos años) pero a mí esas cosas me siguen enervando porque es sano, lógico y respetable que no todo tenga que gustarte a algo por imposición promocional o por seguir la corriente del agua, pero de ahí a las faltas de respeto y a echar por tierra el trabajo de casi tres años de una artista que dice pasar 14 horas en el estudio hasta dejar cada arreglo como quiere y que cuando tiene que preparar una coreografía se pasa 4 o 5 horas bailando durante un mes y medio, pues qué quieren que les diga, prefiero a una persona que se esfuerza en ‘crear’ justo eso en ‘lo que cree’, que quien, con la excusa del no me gusta, ofende y ridiculiza.

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Pablo Und Destruktion – Ultramonte

En ese inmenso universo de opciones que representa la música, con el asturiano Pablo Und Destruktion me encontré por primera vez en ese oasis en televisión que sigue representando el programa ‘Los Conciertos De Radio 3’, allá por abril de 2016. En aquel momento andaba presentando y girando con los temas de su último disco de estudio por entonces, Vigorexia Emocional. Desde ese día pasó a formar parte de mi compartimento mental (siempre porosos, eso sí) que podría llegar el nombre de ‘música maldita’ o ‘música de malditos’ o ‘música poético-intensa’, ‘poesía visceral – suicida’, la que prefieran. Es un cajón donde habitan nombres a los que le he tenido devoción y obsesión absoluta en momentos determinados de mi vida, y respeto para siempre como Nacho Vegas, Javier Corcobado y, más duros pero con emociones similares, 713avo Amor o Viaje a 800. Canciones como ‘Bares Vacíos’, ‘Busero Español’, ‘Los Días Nos Tragarán’, ‘A Veces La Vida Es Hermosa’, ‘Ganas de Arder’ o ‘Mis Animales’ se hicieron sitio con rapidez en mis particulares selecciones del género. Rock alternativo, con mucho folk, como una suerte de paranoia psicodélica y unas hechuras muy alejadas a lo que viene siendo ‘la convencionalidad’. Ese soberbio disco de 2015, del que no escribí en su momento porque lo descubrí más de un año después de su salida, tuvo continuidad dos años después en Predación, donde Pablo llegó a todavía más gente con fórmulas que coqueteaban con el rock más al uso y hasta con cierta sonoridad indie. Así, del desvío tomado replicaría en recato y parquedad en Futuros Valores, más sobrio, desnudo y adusto. Un ejercicio voluntario de apartarse de las expectativas, por más que ‘Gijón’ diera tantísimo que hablar. Ahora, tras casi dos años de pandemia, llega Ultramonte. Quizá su disco más rico musicalmente, más decidido y más equilibrado, si es que ese adjetivo todavía puede aplicarse a algo.

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Ángel Stanich – Polvo de Battiato

Esta vez no podía dejarlo pasar de nuevo. Por fin Ángel Stanich pisa esta casa y lo hace con la publicación de su tercer larga duración (ya sabéis que de Ep’s no suelo escribir demasiado), que viene a cerrar un 2021 en el que ya publicó un EP con anterioridad (Una Visión Global Bastante Aproximada). Verán, Camino Ácido llegó a mis oídos a través de una de las conocidas peticiones de tuitcríticas para los viernes (por cierto, resulta curioso que numerosos músicos –el último Toni Mejías en la entrevista que le hice en el Festival Literario Salitre de Valencia el pasado fin de semana- me hablen de esa sección en Twitter, porque me parece un silente aunque fantástico reconocimiento a esa tarea que acumula ya unos diez añitos). El disco me sobrepasó por su torrencial verbo, por sus influencias musicales, por la voz inconfundible, ‘Apadrinado’ por el cori-arizónico (la semana que viene voy con ellos) Javier Vielba, entre desidia lisérgica y teatral y tonalidad dylaniana… Como llegué tarde, se me escapó por entonces para dedicarle crítica completa. Como en 2017, con Antigua y Barbuda, su segunda entrega, que me cogería en una de esas rachas funestas de desborde laboral (no es que ahora haya bajado, es que ahora he aprendido a surfear). Pese a todo, también le dediqué palabras en twitter a raíz de otra petición: “Será por la barba, será por el aire Dylan, este cantau-rock de voz irritante y concepto musical amplísimo siempre me ha caído en gracia”. Canciones como ‘Camino Ácido’, ‘El Outsider’, ‘Mezcalito’, ‘Metralleta Joe’ o ‘Miss Trueno ‘89’ del debut o ‘Mátame Camión’, ‘Un Día Épico’, ‘Le Tour ‘95’ o ‘Escupe Fuego’ me han acompañado con frecuencia en estos años. Ahora se sumarán otras cuantas gracias a Polvo de Battiato. Otro excelente ejemplo sobre cómo quitar pretenciosidad a la creación no impide firmar canciones sobresalientes. Talento desbordante que nos comparte en sus juegos.

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Los Hermanos Cubero – Errantes Telúricos / Proyecto Toribio

Una guitarra, una mandolina y dos cabezas llenas de cosas. Esa es la autodefinición que realizan los hermanos Roberto y Enrique Ruiz Cubero de su propuesta artística, reconocida bajo esa cabecera desde 2010. Si bien sus inicios musicales se remontan a 1998, cuando, junto a con su hermano Ernesto, dieron vida a un grupo de bluegrass llamada RC Brothers. Desde la Alcarria de Guadalajara para el mundo, su universo musical se mueve en esos terrenos de folk, tradición, desnudez y árida propuesta sonora para, sin cerrarse en un purismo estéril, abrirse a sonoridades de pop y esencia rock como han hecho en su última entrega. O, al menos, en uno de los dos capítulos de este disco doble, en el que se han rodeado, al más puro estilo C Tangana (es ironía) de una decena de colaboraciones que demuestran una riqueza musical y estilística inusual y, en su medida, valiente. Christina Rosenvinge, Grupo De Expertos Sol y Nieve, Amaia, Rodrigo Cuevas, Carmen París, Rocío Márquez, Hendrik Röver y Los Míticos Gt’s, Ara Malikian, Nacho Vegas y Josele Santiago es la selecta nómina invitada en Errantes Telúricos. Un disco que, de alguna manera, viene a terminar de sacudir ese corazón frágil y abierto que supuso Quique Dibuja La Tristeza. Un álbum el que Enrique cantaba a su mujer ausente, fallecida, a modo de desahogo de la aflicción y catarsis. Un disco terriblemente difícil que les hizo trascender los círculos de los amantes del ‘tradicionalismo’ (sin por ello variar su estilo) para conquistar a un público que cayó rendido ante tan brutal ejercicio de honestidad y humanidad. Por eso, después de aquello y a modo de fiesta colectiva, Errantes Telúricos se presenta como la vida plena. La luz tras el trance del duelo. Un disco esplendoroso donde los cameos han puesto todo de su parte para sumergirse y engrandecer el universo Cubero.

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León Benavente. Almería. 24 de enero

 

Me tenían ganados con un par de temas, pero desde que los vi en directo en 2017, están en mi podio de ser una de las mejores bandas que se pueden ver en directo. Anoche lo volvieron a hacer. Escribí ya con su tercer disco (medalla en mis discos del año) que no traicionan la autenticidad que les ha encumbrado, con un sonido que combina tantas cosas que es imposible encasillarlo por más que lo intenten. Y solo hay que poner una dosis mínima de atención a sus canciones (sin prejuicios) para darse cuenta de ello. Si a su imponente ejecución, con César Verdú a la batería y percusiones, Luis Rodríguez a la guitarra y Eduardo Baos al bajo y sintetizadores, se le suma la gran capacidad lírica de Abraham Boba (voz, órgano, percusión…), el resultado es el que es. Que es una de los grupos más recomendables de toda esa escena en el saco sin fondo que se ha dado por llamar indie. Es un fallo y falla de ese sistema porque son muchísimo más. Gente que está ahí como podría estar en cualquier otro sitio. Espíritus libres y creíbles. Os comparto, a partir de este momento, la crónica realizada como agencia del Área de Cultura: Treinta segundos. Ese es el tiempo exacto que tardó el público que abarrotó anoche el Auditorio Municipal Maestro Padilla en levantarse de sus asientos y ponerse a bailar con la energía musical de León Benavente. Un concierto que, enmarcado en la gira de presentación de su último trabajo discográfico de estudio, el tercero, ‘Vamos a Volvernos Locos’, también pertenecía a la programación del Invierno Cultural puesta en marcha por el Área de Cultura y Educación del Ayuntamiento de Almería y a las actividades que Cooltural Fest desarrolla a lo largo del año. (FOTOS: José Antonio Holgado).

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Carlos Ann, Bunbury… – Leopoldo María Panero (2004)

En una semana en la que he escrito del poderoso y encantador disco de Quique González a partir de textos creados ex profeso por el escritor y poeta granadino Luis García Montero; en la que he abordado el regreso de 091 después de 25 años sin nuevas canciones, con la pluma siempre voraz y certera de José Ignacio Lapido; y en la que nos zambullimos en el quíntuple disco de El Drogas, donde se inspira en uno de ellos en el escritor peruano Julio Ramón Ribeyro y donde hay referencias veladas a Eduardo Galeano, además del elevado tono propio, estaba claro que la crítica remember de este viernes tenía que tener un fuerte componente literario. Precisamente, al tomar consciencia de que el disco de Enrique Villarreal muta un verso de Leopoldo María Panero (Solo quiero musas en esta noche sin compañía) recordé que le tenía ganas a este proyecto liderado por Carlos Ann (artista candidato a aparecer por esta sección cualquier semana), al que se sumó sin pensarlo demasiado Enrique Bunbury (recordemos que eran 2 de los 4 de Bushido), y que contó con las cavernosas voces de del productor, director y guionista del porno José María y el escritor Bruno Galindo, que reforzó desde entonces su vinculación con el mundo de la música. Pusieron delirio electrónico a más de una treintena de poemas, casi los más peligrosos, tóxicos y enfermizos de Leopoldo, que ya de por sí merece también mención aparte.

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