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La Cinta Del Canci (1999)

Como sabéis los más asiduos y longevos por estos lares, la crítica remember de los viernes tiene en sus centenarios una cita obligada con aquellos míticos recopilatorios que a tantos nos sirvió para descubrir y conocer nuevas bandas sobre las que indagar y, también, tender compilados a los mejores grupos del género como caja que tener a mano a la hora de pinchar música con los colegas. Me estoy refiriendo, claro está, a los míticos Los 100 de Tipo, de los que salieron tres volúmenes de cinco discos cada uno de ellos. Cuando la crítica de los viernes llegó a su primer centenario traje aquí el volumen uno y cuando llegamos al segundo centenario fue el turno del volumen dos. Está claro que el volumen tres llegará cuando lleguemos a las trescientas críticas recordatorias. ¿Y por qué esta introducción hoy? Claro está que no hemos llegado todavía a esa marca pero, hoy, con esta nueva entrada, llegamos al ecuador de ese camino. Esta es la crítica remember número 250 y ¿por qué no celebrarlo con un ‘hermano menor’ como este mítico recopilatorio con el título de otra sala igual de simbólica para la escena del rock más independiente y combativo? Podemos entrar en disquisiciones sobre ausencias, pero no sobre presencias: La Cinta Del Canci (demonios, si es una sala, ¿no debería haberse llamado La Cinta De La Canci?) reunía en un cedé a, posiblemente, las 16 bandas más populares del rock de trinchera, visto con los ojos de aquel entonces. Al loro: Reincidentes, Extremoduro, Ska-P, Platero y Tú, Soziedad Alkohólika, Rosendo, Tahúres Zurdos, Mamá Ladilla, Porretas, Boikot, Los Enemigos, Leño, Los Suaves, Mägo de Oz, Barricada y Siniestro Total. 1999. Están todos los que eran en ese momento.

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Rompan Todo… y mil grupos más

Poco antes de las fechas navideñas y durante ellas redes sociales y webs se llenaban de comentarios y artículos sobre Rompan Todo, la serie documental de seis capítulos de Netflix que, aquí el problema, se subtitula ‘La Historia del Rock en América Latina’. Claro, los títulos categóricos dan pie a que te lluevan palos por todas partes. Quizá, en términos lingüísticos, con un simple cambio de “la” por “una” hubiese bastado para curarse en salud ante la avalancha de críticas negativas que tildaban la serie de tendenciosa, muy parcial y un largo etcétera, demonizando casi a Gustavo Santaolalla y resto de productores. Partamos de una premisa clara: ningún documental es ajeno a la mirada reducida. Ninguno. Desde el montaje, como la duración de los testimonios, la variedad de opiniones que se quieran incluir… y un largo etcétera. Después, tengamos claro que es materialmente imposible contar 60 años de rock (aunque solo hablemos del ortodoxo, el de autor, el melódico, algo de blues…, pero poco de heavy, punk o metal) de una veintena de países y en tan solo cinco horas. ¿Os imagináis un documental sobre rock en España en solo cinco horas? ¿Cuántos grupos nos faltarían? A poco que nombremos cien grupos, solo podríamos dedicarle tres minutos a cada uno de ellos. Si asumimos esto, el valor documental de ‘lo que hay’ en Rompan Todo es innegable. Es un dibujo impresionista, sí, y muy focalizado en dos países, Argentina y México, con Chile como actor secundario y Colombia y Uruguay como actores de reparto. Lo de Perú es casi solo un cameo. Así las cosas, es evidente que ‘lo que no hay’ siempre va a ser más. A fuerza de leer artículos y opiniones (Mondosonoro, El País, Juan Puchades, Diego Manrique…) pensé, ¿por qué no completar la playlist oficial de la serie (reducida a 100 canciones de unos 80 grupos)? Y aquí entró mi batalla campal con la búsqueda, a la que tuve que dar fin porque era un laberinto imposible. Es decir, vengo con más de 1.200 grupos. Y sigo siendo consciente de que faltarán el doble. Pero… lo que hay bien está. Y siempre me podéis ayudar a hacerla más grande. Rompan todo… y mil grupos más: una playlist de elchayi y RockSesión. ¡Defiendan, difundan y disfruten!

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El Drogas. El Documental

Conscientes de que la situación no permitía mucho más recorrido en cines, hace unas semanas EiTB emitía El Drogas. El Documental, el estreno cinematrográfico de Natxo Leuza, centrado en la figura de uno de los símbolos del rock español como es Enrique, por más que su modestia real, no impostada, le impida reconocerlo. Viviendo lejos de ‘la zona Norte’, se me ofrecía al fin la posibilidad (ya está en otras plataformas, como Movistar) de ver una película que, en apenas 80 minutos, recorre la vida de El Drogas a una velocidad de vértigo. Esto es, claro, que se hace corta. Candidata a 8 premios Goya, nominado en los premios Forqué, habiendo participado en la Sección Zinemira del Festival Internacional de Cine de San Sebastián… Ante todo, más allá de esos méritos, me quedo con esa nueva semilla de calidad para que el Rock (con mayúscula) y sus protagonistas también sean objeto de propuestas narrativas sencillas pero bien trabajadas como es el caso. Es un ejercicio de puesta en valor que, personificado en este caso en el magnético Enrique, debe ir calando como algo habitual, más que infrecuente, que supere al típico montaje rápido que viene como extra en el DVD de cualquier directo. ¿Cuántos documentales ‘serios’ hay sobre nuestra escena? Es precisamente, una vez más, el Norte quien va avezado. Si repasamos, así a bote pronto, la cinta sobre Eskorbuto (Generación Anti Todo, que tengo pendiente), el 160 Metros sobre la escena a los dos lados de la ría bilbaína o, moviéndonos un poco, el Mi Vida Entre Las Hormigas del asturiano Jorge Martínez de Ilegales. Así las cosas, el visionado del documental ofrecerá muy pocas sorpresas para quien haya seguido a El Drogas a lo largo de su carrera. No hay trampa ni cartón. No hay personaje. Hay una persona con unos valores claros y una actitud encomiable ante la vida.

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Sin Mala Intención – Cuando Llueve Demasiado

Después de dedicar muchos años a la composición de canciones desde su habitación, desde los 16 años, y con el pudor de dar el primer paso, Gorka Lizaso Pérez empezó a mostrarlas poco a poco en bares y locales de su Guipúzcoa natal y alrededores y, rodadas y reunidas, debutó a finales de 2016 con Esas Cosas. Un disco que bebía de las fuentes clásicas del rocanrol fresco. Ese que, por momentos, se puede frotar con el pop y que, a día de hoy, es casi inexistente. Un sonido nítido, limpio, una manera de encarar las canciones y la música de manera sencilla, sin grandilocuencias ni a la hora de escribir, ni a la hora de tocar, ni de cantar o de, incluso, promocionar. Rock en castellano donde hay claras muestras de la influencia del Sabina de finales de los ochenta y la década de los noventa (además de algún guiño en los versos hay hasta una versión de ‘A La Orilla De La Chimenea’ en este álbum), pero no la única. También el Calamaro de esos años, Fito, Quique González, o su vecino Mikel Erentxun…, pero con un buen manejo de los clásicos americanos, de Dylan (a quien cita, junto a Oscar Wilde, con la canción ‘A Hard Rain’s A Gonna Fall’) a los Stones, del blues al country. Además de todo eso, una fina capa de melancolía gris que cala los huesos, propio de la zona. Para, con todo ello, dar como resultado otra nueva colección de canciones muy personales, con un límpido resultado final que casi nos recuerda a otras épocas. Un álbum grato que confirma la autenticidad de quien no tiene más pretensión que hacer canciones y tener la suerte de grabarlas y cantárselas a los demás.

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Los Zigarros – ¿Qué Demonios Hago Yo Aquí?

Hablar en términos de pureza conlleva pisar ciertas líneas conceptuales que los interesados en la confrontación pueden utilizar con (extrema) facilidad para señalar con el dedo a quienes no son como ellos. La mezcolanza, la integración, la evolución… es necesaria en todo arte y disciplina. En la vida. En la música también, por supuesto. Aunque también hay que dejar claro que no todo vale, que es necesario hacerlo con conocimiento, con trabajo, con seso, en definitiva. Y es que, como en la cocina, mezclar ingredientes puede resultar un auténtico desastre o dar pie a descubrir nuevos sabores en combinación. Antes de entrar en terrenos pantanosos conviene tener las cosas claras: para ello, el arquetipo es necesario. También que se mantenga en el tiempo, que no se limite solo a grabaciones, fotos o libros. Que la llama siga encendida, de manera vívida y coetánea los patrones clásicos de un género. Si hubiese un vacío musical de medio siglo y alguien preguntara cómo se hace en castellano el rock and roll de vieja escuela, de maneras firmes, cánones claros, de manera fiel y fidedigna a los parámetros que iniciaron los viejos maestros, la respuesta sería clara: Los Zigarros. Un grupo cuyo desarrollo casi ha ido a la par que esta casa. Por eso, les tengo especial cariño. He escrito de sus tres discos de estudio, los he visto en festivales en formato ‘mala hora’ y en formato ‘prime time’ (BB El Cabo, Viña Rock) o teloneando a Leiva, los he entrevistado y hasta les he dedicado un #Mis10de… No iba a ser menos con la publicación de su primer doble disco y deuvedé en directo en el que, además, estuvieron acompañados por una lujosa corte de invitados: Carlos Tarque, Carlos Raya, Fito Cabrales, Leiva, Aurora García, Ariel Rot y Ángel Wolf. La ceremonia del puto rocanrol. Que siga vivo.

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Pedro Andreu – En Mi Refugio Interior

“Vivencias, recuerdos, aventuras y desventuras de un Héroe del Silencio”. Con este subtítulo se completa la portada del libro editado por Efe Eme, dentro de su colección Biblioteca, en el que el baterista de la formación aragonesa compila una serie de textos escritos durante la fase más dura del confinamiento de la primavera de 2020. De hecho, la introducción está datada en el viernes, 13 de marzo, y su último capítulo, el quincuagésimo segundo, el 26 de abril. Y es normal. Todavía lo vemos cercano, quizá con la ausencia de perspectiva que da el temor a que vuelva a suceder algo similar en esta incipiente y temida tercera ola (de ahí que nosotros nos aferremos al título del último disco de La Maravillosa Orquesta del Alcohol, Ninguna Ola) pero ese ‘apagón’ de la vorágine diaria fue un golpe brusco que cada uno somatizó a su manera. Y sí, empleo de manera consciente el verbo. Los más extrovertidos y ‘tecnoadictos’ se lanzaron a la sucesión de streamings, los que son capaces de sacar cuatro estrofas de cualquier hecho se marcaron canciones de ánimo (con mayor –Robe, Fito, Coque Malla, El Kanka, Vanesa Martín, Funambulista, Rozalén, Vetusta Morla– o menor acierto –guardo silencio decoroso, no hay necesidad-), otros les dio por iniciar, culminar o perfeccionar trabajos que poco a poco van viendo la luz con algo más de enjundia (La MODA, de nuevo), a otros nos dio por hacer una base de datos y ordenar miles de discos y cientos de libros que aparecían detrás de cualquier lugar, estante, cajón, armario o bolsa (por cierto, tarea inconclusa), y otros, como Óscar Sancho, de quien escribía hace unas semanas, o Pedro Andreu, que nos ocupa, optaron por desfogar emociones internas a través de las palabras en forma de diario desordenado. Esto es, En Mi Refugio Interior. El respiro liberador y una colección de hechos esbozados que han ido regando y llenando los días del baterista de un grupo que qué les voy a decir que no sepan. ¿El resultado merece la pena? Vamos a dar nuestra versión y algunas hipótesis.

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Balmoral. Loquillo, por un instante, la eternidad (Javier Escorzo)

Una de las mejores cosas que me ha permitido conseguir al contar con una web de firma como es RockSesión, que se encamina a lo tonto a por su noveno aniversario en poco más de mes y medio (la inauguración ‘oficial’ se realizó a comienzos de marzo de 2012), es conocer y compartir opiniones con colegas de profesión y compañeros de pasión en el mundo del rock en su más amplia expresión. Sin fronteras ni limitaciones. El valor de la música más allá de opiniones tendenciosas o inquinas pueriles. Dejarse descubrir y empapar por las intenciones creativas de uno u otro autor, de cualquier banda. Desde lo más conservador a los más arriesgado. De lo más íntimo a lo más popular. Del culto al oculto. Uno de ellos es mi tocayo Javier Escorzo que, a su vez, junto a una de las dos editoriales más recomendables para el mundo del rock español, Efe Eme (la otra es Desacorde Ediciones, ya saben) ha gestado dentro de la Colección Elepé este Balmoral. Loquillo, por un instante, la eternidad, un libro en torno al punto de inflexión que supuso en la carrera del Loco su ‘verdadero’ primera álbum en solitario. El primero sin el peso de Los Trogloditas. Con el que se jugaba el todo o nada después de “deambular por estudios con presupuestos ciertamente irritantes”. Una colección que poco a poco se torna imprescindible, gracias a que ya lo hicieron (entre otros, puesto que cito los que he leído) Juan Puchades con 19 Días y 500 Noches de Joaquín Sabina, Josemi Valle con Rock & Ríos de Miguel Ríos o Luis García Gil con Mediterráneo de Joan Manuel Serrat. (No negaré que en ocasiones me ensueño haciendo lo propio con alguno… Nunca se sabe). Eso sí, para enfrentarse a su lectura es necesario dejarse de inquinas, tener ganas de situarse en el punto vital y artístico del protagonista y leer sin prejuicios. Porque la vida es de los que arriesgan.

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Rulo –Tres Acordes y La Verdad (África Egido)

No ha querido el azar que me cruce todavía con Rulo por una cuestión de trayectorias divergentes. Sí que pude ver a La Fuga con la alineación ‘clásica’ (Diego, va por ti la metareferencia) en varias ocasiones pero cuando me metí mucho más de lleno en la profesión, Rulo ya había decidido salir la banda y, con La Contrabanda, pocos festivales del género hacía al principio, tampoco las giras del cántabro han pasado jamás por Almería… En definitiva, se dejó de dar la casuística que ha llevado que, de alguna manera, haya podido coincidir y conocer con todos aquellos que escuchaba en los viajes, en los años de estudio, en aquellos infinitos domingos que juraba cambiar de vida. Saben los más viejos del lugar que aquí solo tenemos un estigma (que termina por ‘netas’ y empieza por ‘pla’ y, lo reconozco, ya es casi más por alimentar a la bestia que inquina real, los años me están haciendo blando en mis cruces) por lo que siempre he huido de la calificación categórica y simplista que demoniza a unos por bajar el nivel o, al protagonista que nos ocupa, no seguir haciendo las mismas canciones quince años después. La crítica gratuita y sencilla. La ausencia de comprensión hacia las necesidades vitales y artísticas de un músico. Porque, que nadie se engañe, Rulo no salió de La Fuga ‘para hacer pasta’. Como tampoco lo hizo Coque, ni Iván, ni Bunbury, ni Mikel, ni Manu, ni Manolo, ni El Drogas… (sólo se me ocurre un caso conocido, Andrés, otro me pasa por la mente, pero como no estoy seguro del todo, lo dejaremos correr). Que luego a más de uno la jugada le saliera bien, es otro tema. Por eso y más, tenía ganas de entrar en Tres Acordes y La Verdad este libro de largas conversaciones entre mi compañera África Egido (con quien compartí años en la revista de Rock Estatal) y Rulo. Un viaje por el tiempo, desde los inicios hasta el presente.

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Rozalén – El Árbol y El Bosque

Que no se le puede caer bien a todo el mundo se va a aprendiendo con el paso de los años. Por desgracia, en una sociedad acelerada en lo que todo va más rápido de lo que debería, hasta casi que en las guarderías se va teniendo noción de esas lecciones. Esto se acrecienta con el paso de los años. Pero si eres un personaje público, además, te exigen que vaya en tu ‘nómina’ el sacar buena cara y tomarse con educación y calma las consideraciones de trolls enajenados y polarizados. Y, claro, hay que ir haciendo callo con el asunto para que te afecte lo justo o, mejor todavía, nada. Para los casos de egolatría enfermiza (coloquen en sus mentes el ejemplo que tengan más a mano) la cosa es bien sencilla pero, oigan, para quienes viven en ese ensoñador romanticismo utópico de creer que en el fondo todo el mundo es bueno, pues la realidad le va dando cucharadas de sopas en servicio de dos en dos tazas. Así, Rozalén se ha ido forjando su camino recogiendo más amor que odio, pero también soportando el lado oscuro de la fama (y el compromiso social, este es el verdadero ‘problema’). Un trance que relató a la perfección con ‘honestidad brutal’ que diría aquel en su libro Cerrando Puntos Suspensivos, del que ya hablamos en su momento (os dejo lo mucho escrito sobre Rozalén más abajo, como siempre) y que ha ido supurando poco a poco. Si a ello sumamos que las canciones de este disco se han ido forjando y tomando su forma definitiva durante los meses de confinamiento más duros, nos encontramos con un álbum que, lejos de seguir la senda de mensajes esperanzadores de dentro a afuera, mira hacia dentro para sanar y explorar la interioridad. Un desarrollo lógico al haber pasado tanto tiempo con uno mismo meses atrás. Porque El Bosque está hecho de muchos individuales árboles.

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Los Rodríguez – En Las Ventas, 7 Septiembre 1993

Como casi todo en la vida, el mundo del rock tiene casuísticas de todo tipo que vienen a concluir que nunca hay reglas ni patrones fijos para determinar el éxito, vida y longevidad, continuidad, ascenso o caída de una banda. Tenemos grupos que no han roto su senda durante más de cuarenta años (Medina Azahara, Asfalto…), casi Obús, Barón (aunque sea con los Castro como continuidad), Ñu con Molina… Ejemplos de constancia que las han visto de todos los colores, crisis o menos crisis, años de bonanza, otros más crudos. Luego los hay que duran poco, desanimados porque la cosa ‘no tira’. Y los hay que firman una espectacular discografía en pocos años de trayectoria, con una influencia descomunal en su género. En ese grupo encontramos a Leño (sólo cinco años), Triana (sólo 8) o Los Rodríguez (sólo 6). Con solo tres discos de estudio (Buena Suerte 1991, Sin Documentos 1993 y Palabras Más, Palabras Menos 1995) y un directo con algún tema inédito (Disco Pirata 1992) su leyenda es gigantesca, como el dream team que los conformaba: Ariel Rot y Julián Infante se reunían de nuevo tras el furor de Tequila (también vida acelerada e intensa, con Alejo Stivel al frente), reclutando a un desconocido Andrés Calamaro desde Argentina y con Germán Vilella a la batería. En la coctelera, el descaro rocanrolero mantenido de la juventud pero con poso de madurez  y desencanto noctámbulo, desengaños y afrentas por tapices de crooner, de balada, de sones latinos o de rumba. Elegancia de teclas y riffs, una potente base rítmica y el alma en brindis constantes.

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