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Cuatro Gatos – Esférica (2005)

En una semana de ‘clásicos’, rematada con querencia de heavy, folk y rock progresivo del directo de Ñu, ayer, recordé gracias a la presencia en dicho concierto de Juan Miguel Rodríguez de la banda Cuatro Gatos. El mundo de la música, como cualquier otro, depende mucho de la suerte, del buen tino en la elección de compañeros de aventura y de las relaciones interpersonales. En el caso de Cuatro Gatos, el grupo que nos ocupa la cita semana con las críticas remember, la balanza siempre se ha vencido del lado de la bandeja más negativa. Mucho talento y enormes canciones que se han visto lastradas, a lo largo de toda su trayectoria, por constantes cambios de alineación, especialmente palpables en el vocalista. Porque para cualquier grupo su cantante representa un papel fundamental, puesto que interpreta lo que, con suerte –de nuevo- memorizarán sus seguidores y vitorearán en cada concierto. Hasta cinco vocalistas tuvo el grupo en un espacio de 6 años. Algo que da poca estabilidad y resta unas cuantas de ganas a esto de querer seguir creyendo en un proyecto. Nos acordamos de Esférica.

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El Canto del Loco – El Canto del Loco (2000)

Bueno, si no me quitaron el carné de rockero de pro por hacer una crítica remember del Más de Alejandro Sanz, hoy vengo a arriesgar la apuesta con una banda que despertaba (y despierta) tantas pasiones como odios. El Canto del Loco. Sí señor. Dicen que cualquier tiempo pasado fue mejor, pero ya en aquellos años muchos de mis amigos más cercanos ‘les daban cera’. Les profeticé, compadres, ojalá todo lo que suene una y mil veces en las radios y en los locales de moda sea esto. Power pop o pop rock o como quieran llamarlo, pero con instrumentos de verdad. Con su batería, su bajo, sus guitarras y su actitud. Antes de que el electrolatino y demás devorara todo… Parece casi mentira. Y la realidad es que a mí me gustaban en su momento. No todo lo que hacían pero sí el innegable sonido de guitarras, las comprobables devociones e influencias al sonido de Radio Futura, Hombres G, Los Ronaldos… Incluso a Loquillo, Platero y Tú (hacían un guiño al Hay Poco Rocanrol en directo) o Porretas, por momentos. De hecho, Dani Martín es seguidor de los de Hortaleza y, tal y como me contó en un backstage un componente de Boikot, estuvo visitando a Pajarillo en el hospital casi todos los días mientras pasaba un trance de salud complicado. En definitiva, que una cosa es la imagen pública y otra lo que se es. Y el propio Dani lo viene demostrando en sus alusiones tuiteras con frecuencia, la última al hilo de decir que le gustaba el nuevo tema de La Polla Records. (También dijo que le gustaría cantar con Robe). Y es que la música es para sentir que somos libres. Ya se encargan otras muchas cosas de ponernos los límites.

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Manolo Tena – Sangre Española (1992)

Reconozco que no era la crítica remember prevista para este viernes, ya que mi intención inicial era haber escrito ayer la crítica del nuevo álbum de Leiva y, siguiendo con la (relativa) coherencia del mes de marzo, rematar una semana de rock accesible (Nadye, NoProcede) (como las anteriores fueron de heavy metal –Avalanch, Sherpa, Leo, Mägo de Oz, Armando Rock- o rock clásico y estiloso –King Sapo, Los Zigarros, Santero y Los Muchachos, Derby Motoreta’s y Antonio Flores- o de punk –Kaótiko, Evaristo, Malos Vicios, Polanski y El Ardor…-) con un disco de un grupo que iba a generar algo de controversia, pero estoy dispuesto a asumir el riesgo de cara a la próxima semana. El caso es que hoy me quedé huérfano de ideas, hasta que un buen amigo de profesión, en una rueda de prensa, me recordaba que se habían cumplido tres años de la muerte de Manolo Tena. Escribí la crítica de su resurrección musical antes del fatal desenlace y, desde entonces, siempre me rondó la idea de traer un día el Sangre Española, el álbum que le dio el mayor éxito comercial de su carrera, no en vano despachó medio millón de copias vendidas en su momento, más otras 300.000 con el paso de los años. Ayer fue el día del aniversario de su deceso, así que, dada la coincidencia, era la mejor alternativa para abrir abril. Son, una vez más, Casualidades.

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Sherpa – Guerrero En El Desierto (2004)

Además de la acumulación de la lanzamientos de las primeras espadas del heavy metal del país (Mägo de Oz, Leo Jiménez, Avalanch (en breve), José Andrea, Legado de Una Tragedia IV…) este primer trimestre del año nos trajo como grandes ‘bombas’ informativas, parafraseando al ‘butanito’, la despedida de Barón Rojo para el año 2020 y la irrupción de Los Barones. Que Barón Rojo lo deje me parece una decisión de lo más inteligente, teniendo en cuenta que los últimos años el ‘mínimo común aceptable’ ha bajado considerablemente. Viendo los derroteros, es normal que Armando de Castro haya dotado de mayor entidad a su proyecto Armando Rock, del que hablamos a comienzos de semana. Curiosamente, Los Barones (esto es, la otra mitad de la mítica y legendaria alineación: Sherpa y Hermes Calabria) tomaron la determinación de volver con el legado del Barón (y con temas nuevos, todavía por descubrir) a los escenarios casi de manera coincidente. Además del inconfundible vocalista y bajista y el baterista carismático, el cuarteto se completará con el inquieto y siempre recomendable Marcelo Valdés y Sergio Rivas a las guitarras. Aprovechando la semana heavy que llevamos y la dosis de actualidad, me apetece recuperar este Guerrero En El Desierto, que fue el primer disco de Sherpa tras quince años alejados de la primera línea.

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Antonio Flores – Cosas Mías (1994)

Antes incluso de conocer la canción ‘Mártires del Rock’, siempre he tenido una especial inquina o rechazo a quienes convierten en moda y genios a los artistas al hilo de su muerte, más si cabe cuando hay detrás un suicidio. El ejemplo máximo es el de Nirvana, que no me hacía demasiada gracia en su momento (aunque les salvaba muchas cosas) pero se convirtió en rechazo tras el balazo de Kurt Cobain. En la lista hay muchos más. Quizá sea porque los accidentes mortales (Jesús de la Rosa) han robado tanto talento al arte que me parece ‘injusto’ que otros precipiten su final. Hablo desde el punto de vista artístico, que ya en las enfermedades personales que empujan a ello, habría que analizar caso a caso. El tema es que, no tanto por la muerte precipitada con barbitúricos y alcohol ingeridos con ese fin por el dolor de ausencia de la muerte de su madre, dos semanas antes, a Antonio Flores le cogí una de esas tirrias irracionales por el tema de ‘la moda’. Parece que tuvo que morirse para que le valoraran como merecía. Las cosas, en vida, por favor. El hijo mediano de Lola Flores y El Pescaílla encontró el éxito demasiado tarde, cuando su vida interior estaba rota y sentenciada. El caso es que con el paso de los años limpié mis oídos de prejuicios y, hoy, que se cumple justo un mes que perdí a mi padre, le entiendo más que nunca.

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Polanski y El Ardor – Chantaje Emocional (1983)

No me llevo demasiado bien con las verdades absolutas. Aplíquese a cualquier ámbito de la vida. En el musical, y a lo que este disco en particular respecta, una de las que me afano en contradecir es la que desprecia por sistema La Movida (tampoco es la primera vez que hago referencia a ello, ni a buen seguro será la última, porque me queda mucho de los escribir de aquella ‘hornada’). Claro que, del lado contrario, no significa esto que me lance a encumbrarla. Sencillamente, como en cualquier movimiento cultural o social, hay cosas livianas, otras aceptables, otras notables y otras que merecen ser recordadas y apreciadas. A cada cual lo que trascienda. Como pasa con el rock urbano, con el RRV, con el rock progresivo, el rock poeta o, incluso, el indie. No, no hay verdades absolutas a la hora de valorar un movimiento y las bandas que en él ‘se meten’. Porque también es cierto que hay veces que, por simplificar los esquemas mentales, todo va al saco, sin distinción, y eso tampoco. Que no es el caso que nos ocupa, porque Polanski y El Ardor (con i latina, que la y de la portada es casi como la doble SS de las Vulpes, un invento) sí son hijos de pleno derecho de La Movida. Y de algunas cosas más.

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Labuela – Siempre El Mismo Cuento (2008)

Con una mezcla bastante heterodoxa de punk, rock y metal, Labuela era una banda riojana que tiene el honor, entre otras cosas, de ser una constante petición de una de las lectoras más fieles de esta web… desde Estados Unidos. Por fin se merecía cumplir la petición. Labuela es una banda de recorrido corto, empuje chisposo, potente, compacto, con un golpeo inmediato y revuelo considerable, pero que se apagó con la misma rapidez. Tras una prometedora maqueta, su debut en este Siempre El Mismo Cuento fue un trallazo en toda regla, más allá incluso de las colaboraciones de lujo que dejaron su sello en el álbum: Kutxi y Martín Romero, Mamen Rodrigo (Puro Chile, Vulpes), Enrique KB de Enblanco, Dan Diez de Red Wine (por cierto, otra banda que siempre está a las puertas de entrar en las críticas remember), producido por la banda y con un técnico de sonido como J. Al Andalus (Jesús Arispont, de Def Con Dos). Trece canciones tan divertidas como potentes, con bases que van de Mötorhead, a toques de rap, aires y choteo punk (como en la jota final) o con claras reminiscencias a Metallica. Un grupo silenciado, pero bastante recomendable y, por cierto, bien envejecido.

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Vulpes – Me Gusta Ser Una Zorra (1983)

Sin artículo y sin doble ss. Aquella grafía simulando la tipografía nazi fue una provocación más ideada por la discográfica Dos Rombos a la hora de editar el single, que buscaba aprovechar el tirón de la polémica por su aparición en televisión. La pasada semana hablaba en esta sección de críticas remember de los viernes de la Banda Sonora de La Bola de Cristal, el programa de televisión que marcó a una generación, con cierta dosis de irreverencia y modernidad, desde 1984 a 1987. El año anterior a su estreno, las matinales de sábado se ocupaban con Caja de Ritmos, dirigido por Carlos Tena. El 16 de abril del 83 se emitía la canción de marras. Una adaptación/traducción libre del ‘I Wanna Be Your Dog’ de The Stooges, la banda de ‘la iguana’ Iggy Pop que venía a feminizar la idea original, haciendo referencia a la libertad sexual, la masturbación y una fuerte dosis de ironía. En diez días, nadie pareció enterarse de que aquello salió por el único canal de televisión existente en España en aquellos años, pero diez días después el diario ABC arrancó una campaña de acoso y derribo, de delirio colectivo hacia un grupo de cuatro mujeres de 17 a 21 años por “ofender el pudor y las buenas costumbres”, tal y como rezaba (nunca mejor dicho) la denuncia presentada contra ellas.

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BSO La Bola de Cristal – ¿Qué Tiene Esta Bola? (2003)

No es la primera vez que ocurre, ni será la última. Las peticiones de las tuitcríticas que suelo pedir los jueves en Twitter suelen servir en ocasiones de fuente de inspiración a la hora de elegir la crítica remember completa que propongo, más amplia, en la web. Es el caso de esta semana, motivado por el reciente fallecimiento de Lolo Rico, su directora, está en el ambiente (si es que alguna vez se fue de entre los más acérrimos y/o nostálgicos) el recuerdo al programa infantil La Bola de Cristal, emitido desde 1984 a 1988. Aquel formato televisivo convertido en un símbolo de muchas cosas, posiblemente muchas de ellas excesivas para su pretensión inicial. Modernidad pseudo—electrónica y tecnológica y tintes de terror para divertir a la infancia de la época, con un toque irónico muy acusado y un libre pensamiento que no fue bien tolerado por todo el mundo. Especialmente, cuando Pilar Miró llegó al mando de RTVE en 1987 y decidió meter tijera. Aquello indignó a Rico, junto a la supresión de algunos gags, lo que llevó al fin de La Bola en 1988. Después llegaría el Cajón Desastre de Miriam Díaz Aroca y, a continuación, No Te Lo Pierdas, con Leticia Sabater. ¿Cualquier tiempo pasado fue mejor? En algunos casos, la respuesta es clara.

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Antonio Orozco – Semilla del Silencio (2001)

Avancé que en este 2019 las críticas remember de viernes iban a ser inesperadas y sorprendentes y, tras inaugurar el año de la sección la pasada semana con Anarko, en esta segunda cita cumplo con uno de los discos a los que le tenía bastantes ganas. Es cierto que quien me conoce ligeramente o cualquiera que me haya seguido en twitter en los últimos años sabe que mis límites son pocos a la hora de escuchar música pero es que, en este caso, creo que es justo hacer este pequeño reconocimiento, que es hasta donde podemos llegar, a Antonio Orozco en general y a esta Semilla del Silencio en particular. Encontramos un disco que palpita con tanto calor que casi sentimos crepitar las guitarras, los estribillos y fraseos tan certeros y pegadizos que a los oídos menos acostumbrados le pueden hacer obviar el potente golpeo rítmico y las guitarras que entran y salen por muchas de las canciones. Dice ‘san Google’ que el álbum acumula ya más de 300.000 copias vendidas y, sinceramente, me parecen pocas para la calidad imperecedera que despacha aquí. Y no es que rechace sus creaciones posteriores, sencillamente es que este álbum tiene esa magia especial y personal que te hace sentirte atado a él. Sea como sea, entramos.

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