Archivo de la categoría: Críticas Remember

Bebe – Pafuera Telarañas (2004)

Después de un par de semanas en las que hemos recuperado algunas críticas pendientes del verano, qué mejor que empezar la temporada de otras de las secciones, la de las críticas remember, con uno de esos álbumes que lleva siendo eterno candidato desde el principio de los tiempos de esta casa: Pafuera Telarañas de Bebe. El álbum viene a significar uno de esos ‘debuts’ de ventas estratosféricas que se suelen dar muy de vez en cuando en el mundo de la música, bailando las cifras entre los 500.000 y 300.000 copias, que no está nada mal, si tenemos en cuenta está ya muy lastrada por el estallido entonces de la venta de copias ilegales, las descargas desde casa y un largo etcétera. Porque lo cierto es que la repercusión mediática y, sobre todo, popular, fue mucho mayor que esa cantidad, que tres o cuatro años antes quizá podría haber rozado los números de otro imprescindible debut descarado como fue el de Estopa cinco años antes. Buena ‘culpa’ la tuvo, además de esa inusual frescura descarada y, por momentos, desafiante, el enfoque femenino generalizado que tenía todo el conjunto. Sobre todo por las explícitas contra la violencia de género ‘Malo’ y ‘Ella’, pero también con ópticas y enfoques como la forma de sentir placer (‘Con Mis Manos’) y amor en distintas formas (‘Siempre Me Quedará’, ‘Tu Silencio’, ‘Cuidándote’), el mensaje naturalista (‘Ska De La Tierra’), otros más íntimos y líricos (‘Revolvió’, ‘Razones’) o la fiesta (‘Como Los Olivos’, ‘Siete Horas’).  Con la producción de Carlos Jean, después llegarían los encargos de bandas sonoras, la interpretación y la espantada ante la presión mediática, que vino acompañada de algún desplante o desaire que la hizo ser comparada en el mundo del rock con el Robe de los noventa. Como canta La Vela, “algunos pajaritos no se pueden encerrar, se les va apenando el alma, de pronto ya no quieren cantar”.

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Juan Antonio Canta – Las Increíbles Aventuras de Juan Antonio Canta (1996)

Ayer os traje la crítica del libro ‘Héroes Malditos’, de Eduardo Izquierdo. Un volumen que viene a repasar la trayectoria profesional y biografía de 33 artistas tocados por varita mágica de la desgracia. Fracasados en su empeño de hacerse querer a través de sus canciones, lograr el reconocimiento que con mucho menos calidad otros conseguían sin el menor esfuerzo… o incluso aprovechándose del suyo. Perdedores de la música como los hay en la vida. Cadáveres que pueblan el mundo sin la necesidad siquiera de que hayan fallecido. La típica estampa de el viandante al que acompaña un nube negra con rayito de tormenta mientras a su alrededor lucen destellantes y dentelladas de sol. En esa historia negra de la música, nuestro país también tiene una importante serie de nombres que se encuadrarían en una hipotética edición doméstica que su autor entrevé prometer. Hace unas cuantas semanas (el Viernes Santo, no hace tanto, y me parece un mundo) escribía de Silvio Rodríguez Melgarejo (citado como opción plausible en el propio libro), eso le impedía protagonizar de nuevo la sección, así que, como segunda posibilidad (demonios, ni para eso, Juan Antonio) llevo días recordando a Juan Antonio Canta, nombre popular para las listas negras de Juan Antonio Castillo Madico. Un cordobés que después de ‘triunfar’ en el rock más gamberro, canalla y vigoréxico como Pabellón Psiquiátrico (les debo una remember, recuerdo lo del “le metí una mano, le metí una pierna” como uno de los recuerdos musicales más impactantes gracias a una cinta de cromo azul y negra de mi hermano, diez años mayor) se embarcó en solitario, manteniendo la guasa, pero reforzando su porte póetico, irónico, de sabio gestor de las palabras (característica, por cierto, denominador común de otros tantos autores humorísticos, como Krahe, Juan Abarca o Antílopez). El caso es que el bueno de Juan se suicidó a los 30 años (fijaos, ni se le puede meter en el club de los 27 ni en la muerte de Jesucristo, se quedo a mitad de camino) por el escarnio popular de los 40 limones. Perra vida.

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Santa – Reencarnación (1984)

El punto de partida lo conocen quienes tengan un mínimo de instrucción sobre el nacimiento y primera oleada del heavy metal en nuestro país. El triunfo de los más técnicos Barón Rojo y los macarrónicos Obús dio como resultado, como ocurre con cualquier movimiento que se hace moda en la música, que las casas discográficas intentaran explotar un poco el filón ofreciendo productos que tuvieran unos argumentos lo bastante aceptables y coherentes para seguir despachando negocio. A caballo entre eso y por la sorpresa que se llevaron Fernando Sánchez y José Luis Serrano (esto es, la base rítmica de Obús en aquellos años) a principios de los ochenta cuando descubrieron la voz de Azucena Martín-Dorado Calvo que ejercieron de padrinos al ver el inmenso potencial vocal de la madrileña, Chapa Discos decidió apostar por este cuarteto, que se completaba con otro ya viejo conocido de las seis cuerdas como Jero Ramiro (que venía de demostrar su poderío metálico con Ñu tras, a su vez, venir rebotado de la banda de Ramoncín, después llegaría Saratoga, ya saben). El caso es que tras despachar un par de temas con el nombre de Viuda Negra, el grupo cambiaría la alineación con la entrada de Bernando Ballester (un ciclón en la batería que venía de Ñu) y Julio Díaz al bajo (Mazo) y se convertiría en Santa para la historia del heavy metal nacional. Escuchando hoy este disco parece increíble que todo se fuera al traste tan rápido. Pero así son las cosas. Nunca el mejor gana, nada que tengas que esperar llega.

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Dakidarría – El Futuro Nunca Existió (2008)

Obra de restauración y reposición. Revisando revistas de Rock Estatal por otro tema que no viene al caso, me he encontrado con las primeras entrevistas que firmé para la edición papel. Al encontrarme con la de Dakidarría he caído en la cuenta de que nunca los he traído a la crítica remember de los viernes. Así que, dado que los conocí con este álbum, el segundo de su carrera, me parece buena idea recuperar la crítica que publiqué entonces de los gallegos y, a continuación, compartiros la entrevista editada en formato indirecto por aquellos años. No descarto hacerlo con más bandas y discos de entonces en próximas semanas… o años. Sea. Aquí va la crítica del disco, al que le di un 83 sobre 100. No está mal.

Publicada en el número 5 de la revista, cuya portada era Robe y Extremoduro en los tiempos de Yo, Minoría Absoluta. Casi nada.

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Azrael – Dimensión IV (2001)

Las ‘aguas’ de los granadinos Azrael nunca han sido muy tranquilas, de esas que se pueden navegar en calma. Todo lo contrario. El último capítulo ha sido escrito esta misma semana, en la que se ha conocido que el grupo ha expulsado a su baterista fundador (Manuel Arquellada ‘Maolo’) que, a su vez, ha emitido un comunicado diciendo que la banda no podría seguir con el nombre, cosa que el grupo ha ignorado puesto que ha anunciado nuevo disco, mientras que el propio ‘Maolo’, quizá sabiendo que legalmente poco puede hacer, ha retomado Absolom, otro proyecto en el que se embarcó hace 20 años con el guitarrista de Saedín, otro grupo heavy de la ciudad nazarí. Y es que el grupo, formado en 1993, debutaría tres años más tarde con una suerte de maqueta titulada Nada Por Nadie (1996), después llegaría Futuro (1998) y con Mafia (2000) el salto definitivo a la escena metalera de la época, llegando a ser incluidos en el recopilatorio tributo a los dos primeros discos de Barón Rojo o en los consabidos quíntuples de Los 100 de Tipo. Así, en 2001 aparece este Dimensión IV, al que considero el cénit de la banda entonces… y ahora. Un disco rotundo y redondo. Tan melódico como thrasher, entre el power metal y el heavy clásico, con speed y hard rock. De todo. Pues con tan inmenso trabajo, el grupo rompe con Locomotive al mes de ser publicado y, por contrato, el grupo se ve obligado a disolverse durante cinco años para poder, pasado ese tiempo, obtener la carta de libertad. (Por eso su siguiente disco, publicado en 2007, se llamaría Libre). Por el camino se calló y se cayó el cantante y también mucho de ese buen impulso que los situó en esa corte de escuderos de lujo de aquella segunda generación de oro del heavy nacional. Con el lío de esta semana, era buen momento de escucharlo de nuevo.

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Sujeto K – Sujetrónika (2012)

En una semana de novedades que hemos cerrado con la electrónica rapera-mediterránea-latina de Zoo, que ha dado un impresionante salto de calidad en su último álbum Llepolies y coincidiendo que llevo un par de semanas hincándole el diente a la discografía de los alemanes Mono Inc., que también conjugan el metal (aunque en este caso gótico y sinfónico) con la música electrónica bailable, se me antojaba una asociación natural (al fin) traer a la crítica remember de viernes el que a la postre fue el último trabajo discográfico de estudio de los valencianos Sujeto K. La banda debutaría en 2008 con Resujetokados, un estreno en el que deslizarían ya su contundencia rítmica y su gusto por los tempos maquinales. Guitarrazos que iban y venían también en la intensa segunda entrega, suministrada, cual medicamento, bajo el título de Sujetokaína, lanzado en 2010. Quizá demasiado pronto, quizá sin todavía habituar al público a un registro, el grupo apostó fortísimo y valiente en su tercer disco, este Sujetrónika, pese al salto de repercusión del segundo disco. Una explosión de estilos que iban del metal al hardcore o el rap, del reggae hipervitaminado al rock al uso, letras combativas, incluso un medio tiempo con toques poéticos, hasta una incursión aflamencada y un punto hedonista reforzado con una carga considerable de música electrónica de los años 90, con ese techno inconfundible y muy melódico. Pocos discos más ambiciosos y ricos en matices fueron tan incomprendidos por los oyentes ‘de palo’ que, en una gran mayoría, dieron la espalda al grupo tan solo por la portada. Aquí siempre le tuvimos cariño. También por esa puesta en escena como fichas de parchís. Va nuestro recuerdo para Sujeto K.

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Silvio y Sacramento – Fantasía Occidental (1988)

Es imposible resumir en unas cuantas líneas lo que era Silvio Fernández Melgarejo (1945-2001), como músico, artista, bohemio, culto (porque lo era), cantante, capillita, futbolero, alcohólico, desapegado a lo material, improvisador profesional, surrealista no militante y genio y figura, en suma, como muestran sus incontables anécdotas y su vida, tan intensa como partida en dos a partir de una falla que rompió el eje del espacio tiempo en su forma de morir diariamente. Porque si Evaristo cantaba aquello de “yo quiero morirme de lo que tengo”, Silvio murió, como se dijo en su entierro, “de sí mismo”. Su fama y divinización se circunscribe a la Andalucía Occidental en su inmensa mayoría, aunque su condición de ‘artista de artistas’ hace que sea considerado un referente de culto y en muy alta estima por nombres tan dispares como Miguel Ríos, Kutxi Romero (lo tiene pintado en la entrada de su Kutxitril), Luz Casal, Enrique Bunbury (que versionó uno de sus temas más populares en el proyecto de Los Chulis), Joaquín Sabina o Santiago Auserón, como inolvidables son sus entrevistas con Jesús Quintero. Hasta Califato ¾ lo lleva en la portada de su último álbum. Y, cómo no, toda la corte de ‘alumnos’ del humor nacido en los años 90 (la carrera musical de Silvio es más intensa de 1980 a 1993, cuando graba Al Este del Edén con Luzbel -1980-, Barra Libre con dicha banda -1984, y Fantasía Occidental y En Misa y Repicando, 1988 y 1990 con Sacramento –banda en la que estaban el recientemente fallecido Juanjo Pizarro y Andrés Herrera Pájaro, de quien ya he escrito varias veces), véase El Sevilla o Pepe Begines, quien llegó a escribirle varias canciones para intentar resucitarlo de su primera gran caída a principios de los 90. Disco que nunca llegó a grabar, puesto que estaba siempre tan borracho e hinchado que solo pudo grabar media canción en siete meses. De aquella salió tras más de dos semanas en el hospital. En 1999 grabaría, casi como terapia, un lúcido A Color (1999) con Los Diplomáticos, pero tanta actividad ‘formal’ acabaría minando sus fuerzas, hasta que entre el alcohol, el tabaco y comer poco o nada lo llevó a morir en octubre de 2001. “¿Le importaría a usted que yo me muera?”, decía siempre por sorpresa. Le llegó entonces el día, pero se convirtió en mito antes.

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Airbag – Alto Disco (2008)

Siete y seis minutos de la mañana. Suena el despertador y tras esa primera parada de autoconfianza en volver a despertar tras el lapsus momentáneo de cerrar los ojos para terminar de reunir las últimas fuerzas necesarias para levantarse, la mirada que todos hacemos al móvil para mirar las notificaciones de nuestras redes sociales (¿todos? Vale, igual no tanto, pero vivir gestionando tantas cuentas distintas lo ha convertido en un hábito insano –nunca se sabe cuándo puede escribir el hater de turno-). Entre en Facebook y Airbag publica que se cumplen diez años de la salida de su aclamado y punto de inflexión Manual De Montaña Rusa. Hoy es viernes, no tengo decidida la crítica remember de la semana todavía (curiosamente, la de la semana que viene sí, por eso de ser Viernes Santo). Pienso en que ‘se la debo’ y que bendita casualidad haberlo tenido ya marcado desde primera hora. En la ducha, repaso mentalmente la canciones de aquel álbum con el que la banda termino de subirse a la ola de la popularidad para saltar del circuito underground más reducido para entrar en un territorio más mainstream, abrazándose ya para siempre a los territorio más melódicos, medios tiempos más popero, menos estruendosos, aunque con el mismo encanto. Pienso un poco más… Joder, si es que a mí el que me flipa es el Alto Disco. Reviso mentalmente el cancionero. Sí, si en RockSesión nos movemos con la honestidad de escribir de lo que queremos, si he de hacer una primera crítica remember de Airbag, tiene que ser del disco que tiene la mayor cantidad de mis temas favoritos de la banda. Donde están a dos aguas (siempre entre olas) entre la velocidad y furia punk y los territorios más pop por la vía sesentera nacional y Beach Boys internacional. Sea.

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Ella Baila Sola – Ella Baila Sola (1996)

Llevaban tiempo en el bombo y les ha tocado al fin. La culpa la tiene NoProcede, que en su concierto desde la sala Moby Dick Club retransmitido en streaming improvisaron una versión de ‘Amores De Barra’ y, por ello, dieron el espaldarazo definitivo (siempre quise colocar esta expresión en una remember) para que aparezca rutilante en este viernes, coincidiendo además con el día del padre. ¿Por qué no? Dos chicas. Claro que sí. Marta y Marilia. Marilia y Marta. Dos estudiantes de la misma promoción (ambas nacidas en 1974) que se conocen en COU (paso de buscar la equivalencia actual, mi sobrino todavía no ha llegado a ese curso, ya me enteraré entonces) y que pocos años después, después de actuar como coristas y tener su grupo iniciático (The Just) dan con el visionario adecuado en el momento adecuado (Gonzalo Benavides, de Hispavox, en un concierto del entonces muy mediático Javier Álvarez) y les produce uno de los debuts más exitoso de la historia de la música en España, tras David Bisbal y Estopa, con más de un millón de discos vendidos. ¿Demasiado para dos jóvenes artistas de 22 años? El caso es que reescuchando el disco con los oídos de hoy, tiene el destacado honor de haber envejecido bien, de tener un (por entonces) no impostado discurso feminista, y suena con una sinceridad y organicidad tal que no parece el típico producto de laboratorio que se hace para vender discos como churros. Sencillamente, antes un disco de guitarras acústicas, semieléctricas, batería, bajo y piano, podía vender un millón de discos, como quien tiene un millón de amigos. Pero quien empieza por la cima solo puede descender y, por ello o no, las cientos de miles de copias de los dos siguientes los años siguientes hicieron que llegara la disolución cinco años más tarde y que la relación se rompiera para siempre.

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Egon Soda – Egon Soda (2008)

Resulta sorprendente todavía que después de más de 250 críticas remembers, de otro casi medio centenar de nombres pendientes para ir trayendo aquí cada viernes, todavía alguien en twitter pregunte “¿De este grupo no tienes escrito nada?” y que pienses en cómo es posible que sea así. Es el caso de Egon Soda, grupo al que hemos mencionado en varias ocasiones, sobre todo hablando de Mi Capitán, banda a la que tenemos un aprecio y valor muy alto, ya que muchos de sus integrantes están también en esta cabecera. Ricky Falkner en la voz y bajo, Xavi Molero en la batería y Ferrán Potón en la guitarra eléctrica y las letras de la mayoría de las canciones son el ‘núcleo duro’ que forja Egon Soda. Lo curioso es que, por ejemplo, en Mi Capitán, Falkner se encarga de la batería y Potón del bajo. Y es que Falkner es uno de esos tótems especiales del rock, pop-art, indie español, puesto que le hemos visto también en Los Detectives de Quique González, Standstill (otra banda que debe pasar por aquí más pronto que tarde), The Rockdelux Experience, produciendo a Love Of Lesbian, Sidonie, Miss Caffeina, Iván Ferreiro, Zahara, Lori Meyers… e incluso Gatibu o Berri Txarrak. Y también a The New Raemon, el nombre artístico de Ramón Rodríguez, cuyo sello, Cydonia, fue el que editó este debut, firmado en 2008, grabado en 2007… unos 11 años después de que el grupo empezara a reunirse para hacer ruido. Como ven, muchas interconexiones bien avenidas que hacen patente aquello de que las cosas compartimentadas no casan con la libertad creativa que se le intuye a la música cuando nace como necesidad expresiva o por puro divertimento. Así, Egon Soda ha pasado a ser considera como una ‘banda de culto’ (término tan perversamente cercano a lo de ‘oculto’) con la que se han despachado ya cuatro discos, sin agobios, sin presiones, por el mero hecho de reunir a amigos-músicos, músicos-amigos para crear algo juntos en mitad de sus respectivos múltiples proyectos.

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