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Rozalén – El Árbol y El Bosque

Que no se le puede caer bien a todo el mundo se va a aprendiendo con el paso de los años. Por desgracia, en una sociedad acelerada en lo que todo va más rápido de lo que debería, hasta casi que en las guarderías se va teniendo noción de esas lecciones. Esto se acrecienta con el paso de los años. Pero si eres un personaje público, además, te exigen que vaya en tu ‘nómina’ el sacar buena cara y tomarse con educación y calma las consideraciones de trolls enajenados y polarizados. Y, claro, hay que ir haciendo callo con el asunto para que te afecte lo justo o, mejor todavía, nada. Para los casos de egolatría enfermiza (coloquen en sus mentes el ejemplo que tengan más a mano) la cosa es bien sencilla pero, oigan, para quienes viven en ese ensoñador romanticismo utópico de creer que en el fondo todo el mundo es bueno, pues la realidad le va dando cucharadas de sopas en servicio de dos en dos tazas. Así, Rozalén se ha ido forjando su camino recogiendo más amor que odio, pero también soportando el lado oscuro de la fama (y el compromiso social, este es el verdadero ‘problema’). Un trance que relató a la perfección con ‘honestidad brutal’ que diría aquel en su libro Cerrando Puntos Suspensivos, del que ya hablamos en su momento (os dejo lo mucho escrito sobre Rozalén más abajo, como siempre) y que ha ido supurando poco a poco. Si a ello sumamos que las canciones de este disco se han ido forjando y tomando su forma definitiva durante los meses de confinamiento más duros, nos encontramos con un álbum que, lejos de seguir la senda de mensajes esperanzadores de dentro a afuera, mira hacia dentro para sanar y explorar la interioridad. Un desarrollo lógico al haber pasado tanto tiempo con uno mismo meses atrás. Porque El Bosque está hecho de muchos individuales árboles.

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