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Lujuria – Somos Belial

 

Siete años ha tardado Lujuria en volver a ofrecer a sus seguidores un nuevo larga duración, si bien el tiempo sin tener material nuevo que echarse a los oídos no ha sido tanto, teniendo en cuanta las versiones o colaboraciones en las que se ha podido escuchar a Óscar Sancho o, incluso, el EP de cuatro temas Esta Noche Manda Mi Polla (que incluía dicho tema homónimo, ‘Mi Primer Condón’, ‘Ménage À Trois’ y ‘Mil Dudas Me Asaltan’). Eso sí, nada de aprovechamiento, ninguna de esas canciones, publicadas en 2015, han sido incluidas ‘como relleno’ en este Somos Belial. Dicho con el mayor de los cariños que le tengo a ambas bandas, reconocido públicamente, Lujuria vienen a ser los A Palo Seko del heavy metal. No terminan de sonar siempre bien, Óscar no es un virtuoso de la técnica vocal (aunque quizá sí lo sea si tenemos en cuenta que exprime al máximo sus justas facultades), quizá sus textos no son un ejemplo de creatividad literaria… pero tienen los corajes (por no utilizar el término en  cuestión) en su sitio, defendiendo con fe ciega lo que hacen, trasladando un mensaje claro de libertad desde hace 30 años y con una enconada defensa constante, no de su cabecera, sino del mundo del heavy metal y del rock independiente contra viento y marea. Por eso, el carisma suple cualquier carencia y por eso es una banda de las más queridas de la escena.

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Eveth – Puerta Áurea

 

Compartía hace unos días en twitter uno de esos miles de memes que uno se encuentra por redes sociales. Venía a explicar los varios de los distintos subgéneros del metal haciendo una comparativa en torno a la bestia. Decía, por ejemplo, que en el viking metal “mueres luchando contra la bestia para ir al Valhalla”, que en el speed metal “cabalgas sobre la bestia”, que en el folk metal “vives con la bestia en el bosque” o que en el death metal “tú eres la bestia”. Bien, en esa terminología sencilla pero clarificadora, encontramos la expresión máxima de las nuevas intenciones de Eveth, que sigue forjando y mejorando su propuesta en esta cuarte entrega, a base de canciones de heavy metal clásico y power metal melódico. Esto es, “aceptas que hay una bestia” y “vives para luchar contra la bestia”. Y eso es lo que esconde la Puerta Áurea, y solo un vistazo a los títulos lo dejan bien claro: ‘Los XII Caballeros’, ‘Por Convicción’, ‘Entre Las Sombras’, ‘Cruzado’, ‘Ker’, ‘Skål’ o ‘Guerreros de Odín’ (mucho de Valhalla en estas dos). No engañan a nadie, ofrecen lo que prometen y dan lo que quieren ofrecer. Riffs y ritmos clásicos, melodías vocales con grandes fraseos y estribillos explosivos. Eveth pelea para adelantar líneas en el frente del heavy metal y el objetivo está bien conseguido con un disco que apenas presenta fisuras.

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Dünedain – Memento Mori

 

Siempre he defendido que el heavy metal es uno de los géneros musicales, al menos en nuestro país, en los que más difícil es despuntar y, quizá por ello, donde más se percibe la inexperiencia, la falta de medios o, sencillamente, la falta de técnica o precisión en la ejecución. Lo es porque exige mucho más que un rock urbano donde cualquier voz es válida (ya dijo Molina aquello del “raca, raca”), que un punk donde prima el humor corrosivo, o el hardcore donde la velocidad también esconde las posibles carencias. En el heavy metal, con querencia también al power melódico, es mucho más complicado ‘salir del paso’. Las melodías vocales y sus armonías, los agudos, la combinación de riffs pegadizos con el equilibrio con los solos de guitarra, las bases rítmicas… Insisto, cuando una de las patas del banco flojea, es donde más se nota el escenario de cartón piedra. Por eso, si echamos un vistazo a los carteles de los últimos 15 años y también a los números, nos encontramos que la primera línea sigue siendo prácticamente la misma. Que es un mal endémico ese, sí, pero aquí se nota más. Desde hace ya más de una década siempre cité a Dünedain y Zenobia como las dos bandas que por sonido, por canciones, por hechuras, llamaban a esa puerta (aunque la puerta del metal hace años que cambió a Latinoamérica, donde se sigue manteniendo esa pasión). Y Memento Mori viene a confirmar esa creencia. No tenían nada que consolidar ni demostrar, pero a cada paso que dan es más evidente que ellos ya son Champions League.

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Nativa – Nativa

 

Cuando entrevisté a Pablo Sánchez para el tema de portada de la revista Rock Estatal, con motivo de la despedida de La Raíz, antes de su parón indefinido, le pregunté si ese parón significaba una retirada total de ‘la música y la creación’. Su respuesta ya dejó entrever cuál sería el futuro a medio plazo: ¿el parón descarta que, a partir de 2019, alguno de los componentes de La Raíz, si lo desea, pueda embarcarse en un proyecto musical en solitario o diferente?: “El parón no descarta nada. Es imposible que estos once componentes dejen de hacer ruido. Es imposible que dejemos la música, ya se ha convertido en nuestra vida y no podemos elegirlo. Desde la mañana a la noche muchos de nosotros tenemos ganas de hacer música, lo hemos hecho durante La Raíz y lo seguiremos haciendo, lo que no somos capaces de responder es hasta qué punto se convertirá eso en un proyecto al margen o seguirá canalizándose hacia la banda. Dejamos todas las puertas abiertas”. Y por esas puertas, el primero en aparecer fue el guitarrista Juan Zanza con Valira. Después supimos que Julio Maloa se embarcaba en Boikot. Y que Felipe Torres hacia lo propio en Fukushima. Los últimos en dar noticias son Nativa, que reúne a buena parte del conjunto original. Adri Baus (bajista), Xavi Banyuls (trombón), Edu Soldevilla (guitarra) y Sen-K y, de nuevo, Julio Maloa en las voces. Nos faltan todavía algunos, entre ellos los vocalistas ‘Pancho’ y Pablo Sánchez… Aunque del segundo pronto tendremos noticias. Por el momento, vamos con Nativa.

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Kaos Urbano – Suburbiales

 

Camino de los 25 años, los madrileños siguen en el campo de batalla que, para ellos, no es otro que las calles de las ciudades. Y cuanto más Suburbiales, mejor. Porque con Kaos Urbano no hay más verdad que aquella que les hizo nacer en 1995, recogiendo en una banda de amigos todas las inquietudes de una juventud de extrarradio oprimida y apresada. Lo que a buen seguro no podrían imaginar es que, pasadas dos décadas, serían una de las bandas referenciales del rock combativo. Ese que se riega con tragos de street punk y que patea los ritmos con cadencia del oi y la potencia del hardcore. Eso sí, igual que los grupos de rock poeta evolucionan con el paso de los años aminorando la velocidad y atemperando las formas en sus carreras solistas, en el caso de bandas como Kaos Urbano la evolución viene de la mano de una mayor ‘accesibilidad’ en el envoltorio. También ayuda la mejora del sonido, la democratización de los medios tecnológicos… y el aprendizaje. Lo que antes sonaba a rayos, a corteza, a rudo, ahora suena más empacado, pulcro, melódico. El eterno debate entre la autenticidad o la edulcoración. Algo bastante superado por una banda que nunca ha escondido su cierta inquietud por añadir nuevos sonidos, por buscar nuevas fórmulas, teniendo clara que su base y su público potencial quiere vitorear sus canciones con el puño en alto.

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Sanngre – Sanngre

 

Está muy bien eso de la cocina elaborada y compleja, para paladares que quieren degustar matices y dejarse sorprender por innovaciones o combinaciones creativas. Los hay que, a la hora de tomarse una copa, quieren el licor de moda, acompañado de cítricos de cultivo ecológico, de hierbas del Himalaya y de pétalos de flor de loto del Nepal. Esas zarandajas están muy bien si después sabes apreciar que hay momentos para otras cosas. Y, en la música, tanto disfrutamos composiciones sinfónicas complejas, desarrollos imposibles y sesudos mensajes encubiertos, como el trallazo directo, el puñetazo en el estómago, la copa de cazalla y el chorizo con navaja. Para los momentos del segundo corte vale este estreno discográfico de la banda Sanngre. Una formación que ha dado mucho de qué hablar en su ámbito musical (y geográfico) puesto que todos tenemos claro quiénes están detrás (y quién no) aunque todavía no se hayan quitado las máscaras tras el asalto a los oídos más preparados a la velocidad y la agresividad del hardcore y punk de la escuela locomotora. Diez temas que no dan tregua. No hay conciertos, sigue el misterio (al menos, públicamente, aunque algunos sabemos la verdad). ¿Hasta cuándo? Es la cuestión por resolver.

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León Benavente – Vamos a Volvernos Locos

 

Tercer larga duración para el cuarteto León Benavente. El difícil disco que viene tras la explosión definitiva de público que supuso su anterior y espectacular gira (doy fe). Quizá sea por esa dosis extra de responsabilidad, la banda se recluyó del ruido para no traicionar la autenticidad que les ha encumbrado, con un sonido que combina tantas cosas que es imposible encasillarlo por más que lo intenten. Y solo hay que poner una dosis mínima de atención a sus canciones (sin prejuicios) para darse cuenta de ello. Si a su imponente ejecución, con César Verdú a la batería y percusiones, Luis Rodríguez a la guitarra y Eduardo Baos al bajo y sintetizadores, se le suma la gran capacidad lírica de Abraham Boba (voz, órgano, percusión…), el resultado es el que es. Que es una de los grupos más recomendables de toda esa escena en el saco sin fondo que se ha dado por llamar indie. Pero, lo he escrito alguna vez, ellos, como Novedades Carminha, como Carolina Durante… son fallos y fallas en el sistema. Gente que está ahí como podría estar en cualquier otro sitio. Espíritus libres y creíbles. Siendo cuatro tipos, han optado porque todas las colaboraciones tengan voz de mujer: Amaral, María Arnal, Miren Iza (Tulsa), pero también Sara Condado y coros de Malena Morón, Martina Morón, Anna Mir… Así escuchamos Vamos a Volvernos Locos.

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Los Tiki Phantoms – Disco Guateque

 

A lo largo de estos años con la casa abierta, he escrito en algunas ocasiones de bandas que abrazan el surf sin ambages, como The Surfin Limones o Corizonas y también con el toque instrumental planeador, de Pájaro o el más alocado versión pelis de serie B y cómics de Airbag. A Los Tiki Phantoms les tenía echado el ojo (y el oído) desde hace tiempo y es ahora, que acaban de sacar su nuevo álbum, Disco Guateque, cuando se estrenan en RockSesión. Y no es un disco cualquiera. En esta nueva colección de composiciones, la banda se lía la manta a la cabeza (por si fuera poco con las máscaras, de lo más sugerentes) y se pone a pasar por su filtro musical a gente tan dispar y particular como la mismísima Rocío Jurado, Concha Velasco, Alaska y Dinamarama o Ennio Morricone, pero sin olvidar a otros grupo más cercanos al rock, aunque a priori alejados de su universo musical, como The Damned, The Clash o Supergrass, y rematando la faena con el bailoteo de Wham!, A-Ha o Blondie. Lo sorprendente de todo esto es que consiguen que todas y cada una de las adaptaciones suenen lo bastante creíbles como para que casi parezca que hayan sido compuestas con ese espíritu. Y es que los fantasmas siempre consiguen colarse allá por donde les plazca.

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Amaral – Salto Al Color

 

Aunque siempre ha tenido un plus de calidad diferenciador muy por encima de la media, es cierto que Amaral lleva jugando, especialmente desde el segundo disco, en la primera división del ‘alto consumo’ musical. Afrontando con una loable coherencia su trayectoria, como una carrera de fondo en la que siempre ha primado más el seso que el exceso, el dúo formado por Eva y Juan han vivido la explosión de los inicios, la caída de valores sobre la creación en el boom de la primera hornada de OT, la caída de la venta de discos, el auge de los festivales, la moda y el molde indie… Y ahí siguen. La música ‘comercial consumible’ hace tiempo que denostó a los instrumentos clásicos –guitarra, bajo, batería- a cambio del mundo del electrolatino, pero Amaral sigue haciéndose valer en cada uno de sus lanzamientos, que siguen generando una gran expectación pese a que ya no centelleen en cifras mareantes. En ese largo caminar y tras un sobrio y oscuro Nocturnal, el grupo se adapta con rigor a las tendencias para remozar su sonido a territorios en los que las guitarras eléctricas no están tan en primer plano y donde sintes y efectos electrónicos dan un par de pasos al frente –siempre han estado-, a la par que se destilan hechuras bailables. ¿Hemos entregado a la cuchara a las modas? Se puede ver así, pero también puede ser la forma de enseñar a que también eso se puede hacer con alma y sentimiento, quizá el gran fallo del género.

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Igor Paskual – La Pasión Según Igor Paskual

 

Aficionado al romanticismo del deporte menos mercantilizado, como el fútbol de los 80 o la magia épica de las Olimpiadas, algo de olímpica tiene la carrera en solitario de Igor Paskual, que nos viene apareciendo cada cuatro años con nuevo disco. Tras Equilibrio Inestable en 2011 y Tierra Firme en 2015, (sin olvidar su Rugidos de Gato, libro) llega ahora La Pasión De Igor Paskual, si bien el álbum en su concepción estaba casi finiquitado desde hace más de un año. Y más por una cuestión de rodaje y práctica que de autolimitaciones, viene más liberado de corsés que nunca. Confiesa que sabía que iba a tardar tres álbumes en alcanzar el sonido que iba persiguiendo junto a su mano derecha Carlos Stro y el resultado no puede darle más la razón. Jugando con su apellido y afrontando con pulsión de vida la muerte de una persona muy querida (Jéssica M. de La Paz, bajista y asistente de producción de sus discos anteriores) Igor –nos- resucita a través del Rock (mayúscula voluntaria), transmitiendo un mensaje vitalista y rabioso. Sin pelos en la lengua ni correcciones políticas. Como viene haciendo desde el primer día que se subió a un escenario. En cuanto a las formas, encontramos un álbum sorprendentemente coherente en su multitud de registros. De la ampulosidad preciosista de ‘Inmortal’, al malditismo épico de ‘Waterloo’, al punk bilioso de ‘Ratas’ o a esa maravilla progresiva de nueve minutos de versión de ‘El Gavilán’ de Violeta Parra, que casi podría haber firmado King Crimson y que bien podría venderse como un disco, ella sola.

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