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Benidorm Fest y la perversa capacidad del engranaje

El gato que cae siempre de pie. El cuadro que te mira a los ojos por más que te muevas en la habitación. El siempre gana la banca. El fenómeno efímero de Benidorm Fest (que al menos no han sido meses de galas, como en los tiempos de OT) ha puesto de manifiesto por enésima vez una serie de males endémicos que tiene todo aquello en lo que hay importantes sumas de dinero detrás, por un lado, y, también, la falta de madurez en el debate por parte de los implicados que en el hooliganismo más recalcitrante son capaces de aposentarse en posturas tan irracionales como las que critican en un inicio. Y hablo de todos los niveles. Desde quienes miran por encima del hombro a quienes se han interesado por el tema (luego son esas personas que se ofenden cuando les dicen lo mismo sobre fútbol, series, cine o lo que se tercie que sí les guste), hasta quien con una dosis de envidia y frustración mal digerida critican a sus propios compañeros de profesión o, sencillamente, entienden su opinión personal como si fuera un valor kantiano, como si fuese la única respetable y válida. Garantes de la autenticidad, “la libertad de opinión y criterio están muy bien siempre y cuando coincidas con los míos”. Más de lo mismo. Si hay algo que gusta en este país es una confrontación y el frentismo sea con lo que sea y el secreto del triunfo de Benidorm Fest era ese. Si no estás con mi mensaje estás en contra. Si te gusta esta canción eres esto y no lo otro… Triste reduccionismo que ha quedado evidencia una vez más en algo tan banal como elegir una canción para Eurovisión pero que se aplica a los grandes temas en un nulo sentido de la crítica razonada. Y en esto los artistas, los músicos, los verdaderos protagonistas del juego, han dado un ejemplo magistral, haciendo un ejercicio de compañerismo ejemplarizante para el que la sociedad, como el jurado, entre otras muchas cosas, no está preparada tampoco.

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