Adormidera – Arqueología De Una Ola

 

Sí, este año hemos tardado en abrir ‘el curso’, por motivos variopintos como, sobre todo, que se nos cortó la actividad de los escenarios los últimos diez de agosto, dejándonos con casi una decena de crónicas en el limbo, puesto que en julio y agosto nutrimos de los directos. Vale, luego llegaron las vacaciones y luego los temas acumulados…Pero ya estamos aquí. Preparados para el rocanrol, como cantaba nuestro Yosi, hoy ángel caído tras conocerse su sentencia por acoso a su expareja. Un año que se antoja complicado en su gran parte porque la música en directo seguirá herida un tiempo y porque ‘los grandes’ también optarán por retrasar lanzamientos al no poder salir de gira. Pese a todo, daremos la cara como siempre y superaremos el año con buen talante y mejores esperanzas. Por eso, he querido empezarlo con una exclusiva. La crítica del primer larga duración de Adormidera, Arqueología De Una Ola, que verá la luz este próximo viernes, 25 de septiembre y que, avanzo, generará muy buenas sensaciones y algo de sorpresa en quienes apuesten por prestarle atención en un par de escuchas calmadas. Sosiego y serenidad, la misma que es necesaria para afrontar una vuelta al cole, el regreso de unas vacaciones, el convivir con un virus que se resiste a dejarnos tranquilos. Un disco, un debut, lleno de matices, de lija y terciopelo, con una lírica que no esconde la rudeza pero que se muestra frágil y sincera, sin exabruptos, y con una precisión instrumental que no disimula el virtuosismo. Un álbum atemporal que, desde ya, es una de las revelaciones de la nueva temporada. Empezamos. Y cabalgamos, al fin.

Adormidera es el grito poético de guerra de Tamara Martínez. Autora de todas sus composiciones, debuta con banda, después de un más que prometedor EP a solas acompañada de Samuel Martínez a la guitarra y arreglos, Julia Gil a la batería, Aníbal Vega al piano y teclado y Javier Prieto al bajo. El álbum ha sido grabado en el estudio El Bunker de San Crispín, con Beni a los mandos de la nave, que también se ha encargado de la mezcla y master. Como colaboraciones especiales, el propio Beni se marca coros en un tema y guitarra en otro par y la guinda lleva el nombre de Vito Íñiguez de Sínkope, que borda un tema de los grandes, como veremos en unas pocas líneas.

La lírica del álbum, como decía, tiene unas indudables hechuras poéticas consiguiendo lo que a día de hoy parece casi un imposible, que no imite a ninguno de los referentes tópicos del género. Como obsesiones recurrentes, el mar, la tierra, el aire y el fuego,  los cuatro elementos como símbolo de libertad y apego a una realidad que duele pero que no mata, que paraliza pero que también ofrece los argumentos necesarios para continuar un pasito más. Algo de guiño a Antonio Vega parece dar también el título del disco, de la anatomía a la arqueología.

Se abre la lista de nueve temas con un perfecto ejemplo de todo ello. Con cadencia de vals aguardentoso nos recibe ‘Polvo de Estrellas’, que nos evidencia una particular voz de Tamara que recuerda al primer Robe a la impostar en graves, pero que destila personalidad propia con los melismas de su quiebro entre lo rasgado y lo aflamencado. Si queremos completar la variedad, los arreglos de guitarra, supeditados a una omnipresente y vigorosa línea de bajo, nos recuerdan al primer larga duración de Héroes del Silencio, precisamente aquel que casi podría considerarse conceptual del agua en sus múltiples compartimentos. Pero si antes hablábamos de la tierra y el mar, el elemento esencial es aquí el fuego.

Excelente primer chispazo que tiene continuidad con el hipnotismo de los ritmos del fraseo de ‘Rojas Piedras’, que conquista en su inmediatez, alimentada con un sobresaliente Vito, que sigue en absoluto estado de gracia. Pero el tema no se confirma con los artificios de la estrella, sino que, presentado su texto, sorprende por un desarrollo instrumental sobresaliente, a veces incluso cercano a los aires jazzísticos para terminar con tintes progresivos, nueva punto a favor que explica por qué estamos ante un disco que trasciende lo previsible y lo imitable.

‘Donde El Credo Termina’ nos recordará, con sus aderezos de piano, a los desarrollos de los álbumes en solitario de Robe, especialmente en el rebato y crescendo central y final. En el texto,algo de angustia existencia de De La Rosa, entre glorias, espinas y sé de un lugar. El que canta su mal espanta, “que salga de dentro”.

El segundo tercio del álbum llega con los ritmos más latinos, casi rituales o chamanes, de ‘Quémalo Ya’, canción al borde del delirio provocado por el abatimiento del que se ha cansado de esperar o sufrir. “Hay canciones que nos derrotaron y nadie nos vino a salvar”. No será tampoco la única referencia al poder la música, que identificaremos como el aire, por completar los cuatro elementos.

Casi recogiendo el tribalismo de su predecesora, ‘Amor y Vino’ se presenta como la canción con mayores hechuras hímnicas del metraje. O al menos a mí me lo parece por su equilibrio certero entre poesía, desgarro, repleto de fuerza y decisión, con algo de sorna y vicio. “Para cuando vuelva dame amor y dame vino”. Bajo y teclas se encargan de acompañar una percusión a la que incluso le hubiera dado más grosor.

Arreglos sencillos pero efectistas en la introducción de ‘Verde’, el tema con más ventolera de la lista y con una intensidad interpretativa reforzada por encima de la media y en el que, una vez más, destacan los diálogos entre bajo y piano. El título, repetido como mantra, casi parece arrancarse elevarse por momentos a territorios lorquinos.

‘Que Un Rayo Nos Parta’ tiene mucho de esa pena negra que tanto alabamos en esta casa de los vecinos Hora Zulú. “Y ahora, a ver cómo te quedas, después de saber que era tu más grande traición. Ya nada te servirá de nada, ya las luces se apagan”. El tema se mueve entre las atmósferas castizas con ese punto andariego y tarareado que tan bien maneja la iguana Iggy Pop, que se me antoja como una influencia bastante evidente.

Y por si hacía falta más para dejar claro que no es un debut más, ‘Esa Puta Canción’ roza los siete minutos de duración, con texto generoso y nuevas dosis de angustia y riqueza instrumental, con las teclas titilando tras una de las frases en la que es imposible que alguien no se sienta identificado “cómo sonaba esa puta canción, qué buena que era”. Deseos de futuro truncados, como  canta en “volver otra vez a esas viejas promesas. La idea de irse ya casi está muerta, y ahora, qué pena”. Medida furia eléctrica nos lleva al final del corte.

Para cerrar, ‘He Soñado Con Los Perros’ llega, con un intro onírica (de nuevo Robe a solas), que deviene en un nuevo desarrollo progresivo sobre la que se recita un texto acorde a su textura. Un final a la altura de semejante ejercicio de plena libertad creativa. Parecerse a muchas cosas sin parecerse a nada. Una personalidad pujante y propia que apunta muy buenas maneras a poco que obtenga la confianza del público. Por mi parte, digo sí.

 

Lista de canciones – tracklist:

  1. Polvo De Estrellas
  2. Rojas Piedras (con Vito Íñiguez de Sínkope)
  3. Donde El Credo Termina
  4. Quémalo Ya
  5. Amor y Vino
  6. Verde
  7. Que Un Rayo Nos Parta
  8. Esa Puta Canción
  9. He Soñado Con Los Perros

 

Publicado el septiembre 23, 2020 en Críticas Discos y etiquetado en , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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