En la cresta de la nueva ola – Ramón de España

Más de cuarenta años han pasado desde que el periodista, novelista y guionista de cómic y cine Ramón de España se despidiera de manera más o menos oficial del periodismo musical. Lo hizo publicado un testamento apócrifo en cuatro actos bajo el título de En la cresta de la nueva ola. Un libro publicado por Icaria en 1981 que sirvió para fomentar el regocijo y deleite de la camada profesional de entonces, por aquello de que fue el único que se atrevió a gritar que el rey iba desnudo. Aquel joven crítico, que acumulaba apenas cuatro años en el sector, se despachó a gusto con los de dentro (artistas, bandas, discográficas, promotores) como con los de fuera (público), desparramó sois fobias estilísticas para vanagloriar a la (verdadera) nueva ola, señaló el que consideraba camino correcto frente a lo que denostaba, quiso mostrar que tenía su corazoncito fan con cinco ejemplos de “retratos  y fetiches” musicales y remató la faena con un relato corto de ficción de lo más provocador con lo que sería su hipotético grupo de rock. El libro, imposible de conseguir en su versión original, ha sido reeditado hace unas semanas de mano de Efe Eme, conservando toda su estructura y opiniones originales propias de un chaval de 24 años que se creía de vuelta de todo «cuando en realidad aún no había ido a ninguna parte», afirma y reconoce en la ‘Advertencia del Autor’, que sucede al fantástico prólogo introductoria de Juan Puchades. Con una mirada ligeramente compasiva pero la mente muy despierta se afronta la lectura de esta pequeña joya con la que no es necesario estar de acuerdo en su totalidad para disfrutarla (como casi con todo en la vida, ¿acaso estamos siempre de acuerdo con nosotros mismos?), que divierte y transgrede, y que focaliza males que todavía incluso siguen presentes, más de cuatro décadas después.

Los dos primeros capítulos (lo que viene a ser la mitad de libro) son los más corrosivos del conjunto. En el primero, bajo el nombre de “El maravilloso mundo del rock”, se desmenuzan cinco patas de la escena (de entonces): los ‘promocioneros’, los organizadores de conciertos, los músicos, los periodistas y el público. Y resulta entre curioso y penoso que sea el capítulo que ha mantenido con mayor grado su vigencia. Ninguno sale bien parado. Define como ‘promocioneros’ a aquellos eslabones que se sitúan entre el artista y los jefes del sello discográfico y que ejercen el control sobre las críticas y crónicas de sus bandas (lo que hace cualquier periodista de gabinete institucional, pero haciéndose más enrollados).

Establece dicotomías dentro de los organizadores y de los músicos. Entre los que hacen conciertos como podrían vender escobas y quienes aman realmente lo que hacen (que casualmente son los más negados y ruinosos) en el caso del primero. Entre el artista (que busca plasmar sus inquietudes por encima de todo) y el músico, que es el obsesionado con el instrumento. En los periodistas aplica el mismo criterio, aquel que vive la música como un elemento artístico que alimenta el ejercicio intelectual como el cine, la pintura u otras disciplinas, y aquel a quien no se le saca de ellos. Por último, la semblanza que hace del público, especialmente el rockero y festivalero, es desasosegante. Y no es difícil extrapolar algunos conceptos cambiando el género y los males expuestos para comprobar que la vida sigue casi igual.

En el segundo bloque se agrupan cuatro ensayos sobre “Olas nuevas y olas viejas”: ‘De la new wave al rock-idea’, ‘La nostalgia es un error’, ‘Locas por Leif’ y ‘Poder pop en la ciudad del futuro’. El primer apartado es interesante porque en el se presenta el ideario musical que defiende aquel joven España, primando la accesibilidad pop con inquietud artística, por encima de modas. Aunque para ‘palos’ a las modas los que dará al ‘revival’ de grupos sesenteros (otra piedra de Sísifo, puesto que cada década tiene su revival de décadas pretéritas, así que estas opiniones seguro les valdrá para la de EGB actual, por ejemplo) y a los ‘héroes de póster’, ligeramente andróginos, donde entra Miguel Bosé y, sobre todo, un Leif Garrett al que, personalmente, ni conocía. Curiosa lectura hoy la de ‘Poder pop en la ciudad del futuro’ a cuenta del famoso anuncio publicitario de la Consejería de Turismo de Madrid bien candente.

Por cierto que de ese último disparo intentaré obviar lo dicho sobre Triana… Como me ahorraré impresiones sobre sus «Retratos y Fetiches», que son Bryan Ferry (de quien decía Siniestro Total que le olía el aliento), Sisa, Steve Harley, La Banda Trapera del Río (recordada aquí hace unos años con una de las críticas remember de viernes) y John Foxx, único personaje del que se transcribe entrevista completa y que ofrece un final descorazonador que da otra muesca de la actitud de aquel corrosivo periodista.

El relato “Si yo tuviera un grupo de rock” es una experiencia ficticia, partiendo de elementos de la realidad y conocimiento de causa, que estira y caricaturiza algunas particularidades del circo del rock en una delirante y lúbrica ensoñación alucinante.

En la cresta de la nueva ola puso a fin a lo que podría haber sido un Carlos Boyero de la música pero a cambio Ramón de España regaló otros treinta libros, entre guiones, cómics y novelas.

Que le quiten lo bailado (aunque en este caso solo sea con La Banda Trapera del Río y haciendo pogo de los de antes, con las manos en los bolsillos).

Publicado el enero 23, 2023 en Actualidad y etiquetado en , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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