Marea – Los Potros Del Tiempo

Resulta harto complicado afrontar el comentario sobre un disco cuando elogio desmedido, a niveles olímpicos (primera acepción), y crítica, con argumentos iterativos, parecen ser las únicas opciones a considerarse y, más allá, unos y otras de manera absolutamente irreconciliable o rebatible. Es lo que tienen las pasiones y, en este caso, aquellos culpables dolosos de haberlas generado en profusión desbocada como ocurre con Marea. El manido argumento de que los primeros discos eran los buenos y el resto no (¿se añoran los discos o se añora las personas que fuimos cuando salieron?) se hace carne –ya más bien putrefacta- en cada una de las nuevas entregas y toda banda que acumula más de diez, quince o veinte años y una considerable cantidad de publicaciones debe pasar el trance de una suerte de juicio sumarísimo a cargo de los auténticos garantes del rock and roll (nótese la ironía). En este marasmo, para quien guste, que sé que son unos cuantos, a continuación paso a relatar mis consideraciones sobre Los Potros Del Tiempo, el octavo álbum de estudio del quinteto de Berriozar, que viene desde el principio con mil conjeturas sobre una supuesta despedida (me he pasado un mes explicando en twitter y otras redes que no era así, que pueda serlo… no lo sabe nadie… pero no es el plan). Que tiene hechuras evidentes (más que nunca) de hilo argumental común, pero no solo las once canciones que le alumbran, sino también, incluido, el libro La Mirada De Un Dios Tuerto con fotografías de Fernando Lezaun en la gira de El Azogue en  2019, e incluso con ese deuvedé Las Manos Ardiendo que se incluye en la caja especial. Con todo eso, salimos a gozar como mostrencos de pura raza.

Hay en Marea, desde siempre, y pese a los bravucones titulares de tiempos atrás, una intención premeditada de quitar pretenciosidad a sus propias creaciones. Kutxi y compañía jamás te van a decir, como podemos situar en su compinche más cercano, como puede ser Robe, que se han sacado un disco conceptual sobre el paso del tiempo y el realce de los valores verdaderamente importantes, como son el compromiso con la felicidad hacia los demás, la lealtad, la amistad, el aprovechamiento de los días y las sombras que se hacen cada vez más corpóreas, dibujando ausencias dolientes. Algo a lo que la banda ha tenido siempre muchísimo respeto por motivos que ahora no es necesario recordar.

Es absurdo esperar en ellos grandes virajes estilísticos porque no han querido ser más de lo que son: cinco amigos jugando al rock and roll, con sus virtudes, sus defectos, sus vicios musicales. Escribí una vez a mi camada de amigos más cercanos (a los que yo llamo Restringido) que son las diferencias las que nos hacen grandes y es en ese equilibrio de convivencias donde Marea hace discos que son actos de celebración en sí mismos, precisamente por eso. Por el simple hecho de existir, frente a todo.

A Kutxi le dejan ser el renegror del flamenco más doliente (sé de lo que hablo, me lo enseñó mi padre desde antes de que supiera que me estaba marcando para toda la vida), de poeta –lo siento, no soy Manolillo, pero yo también te lo digo- que es menos explícito en canciones que en sus propios libros (Esa pena negra que me enamora igualmente de otro poeta apellidado Velázquez, de nombre Aitor). Que Kolibrí siga buscando sonidos cada vez más límpidos en su guitarra, de la que no esconde sus claras influencias. Que César apuntale en una sólida y certera autoridad con la discreción de unas rítmicas imprescindibles. Que El Piñas siga siendo el arquetipo de bandarra más genuino y que poco a poco haya ido puliendo sus cuatro cuerdas, sin necesidad de complicarle, y que Alen vaya añadiendo ‘cositas’ desde una batería que empezó siendo funcional y que va ganando en los matices que ha venido desplegando desde sus Ciclonautas.

El equilibrio es la más inestable de las virtudes y Marea no solo lo ha conseguido en estos veinticinco años sino que después de tener a su público ocho años cazando moscas entre En Mi Hambre Mando Yo y El Azogue, no han querido baquetear hasta el desuelle a la perdiz y esta colección de canciones estaba lista incluso antes de que Kutxi terminara su gira acústica de condicionantes pandémicos. La llama sigue viva, para cuatro que somos, no soplemos para apagarla.

Con todos estos elementos, ¿qué tal las canciones? Como le ocurre al oyente medio, las dos primeras veces que escuché las once de Los Potros Del Tiempo tuve, como primera impresión, que estamos ante uno de los discos con mayor trabajo de guitarras de los últimos tiempos. Tuve la impronta de que hay un cuidado medido en el tratamiento de las progresiones, que, sí, doblegan y ceden mucho en fraseos y mecen los estribillos, como es habitual desde Las Aceras Están Llenas De Piojos, pero rugen con técnica y con progresiones a veces cercanas al heavy metal en algunos pasajes y al hard, como siempre, despachando los que considero solos más puros en la discografía de la banda y con variedad de arreglos desde la segunda. Escuchar los once cortes fijándose solo en las guitarras es una experiencia que, de inicio, ya te cambia la impresión de todo el disco para aquellos que hablan de frialdad.

Nos vamos a la base rítmica. Objetivamente, escribí en su día, en el debut de Ciclonautas, que me había sorprendido la capacidad de Alen a la batería. Desde el primer disco demostró su versatilidad y capacidad para darle a la percusión la consideración de un instrumento melódico y armónico más, no un sencillo armazón percutor como ocurría hasta entonces en Marea, donde casi se limitaba a la parte funcional. Y ese enriquecimiento ha tenido continuidad en los últimos discos con la banda madre, beneficiándose también de la evolución de El Piñas que, sin grandes alardes, ha mejorado considerablemente sus prestaciones a lo largo de los años.

Y sobre Kutxi, voz y letras. Sobre los textos él mismo se ha encargado de explicar que fue el verso de una taranta de El Cabrero (“Porque Son De Pura Raza”, quinto corte de De la Cuadra a la Carbonería) quien inspira no solo el título del álbum sino también ese concepto de que la muerte corre sobre el tiempo a lomos de un caballo de terminará aprensándonos, más vale tarde y sonrientes que pronto y tristes. («No vence su descontento, por mucho que el hombre piensa, porque sabe que es la presa, tarde o temprano, del tiempo: lo demás no le interesa. (…) Que nadie los puede parar, los potros del tiempo pasan, que nadie los puede parar, parece que no te alcanzan pero te dejan atrás porque son de pura raza»). Inciso: miro en el estante la zona de sus discos y compruebo y confirmo en el disco firmado por el cantaor a mi padre a mí (Ni Rienda Ni Jierro Encima) que Kolibrí se encargó de la mezcla y mastering y que Kutxi aportó el toque de yunque.

Desde ese punto de vista, hay en todas las canciones un halo de entregarse, aunque duela, a lo mejor que sabe uno hacer (“Otra Cicatriz”, “Nuestra Fosa”, “Más Me Duele A Mí”, en forma de gira en “La Grillera”, que me parece la mejor banda sonora para el libro de fotografías), al buen viaje hasta llegar a la última parada de Caronte (“Buena Muerte”), que se retrase la hora en cantos de felicidad –pero sin prisa, que a las misas de réquiem nunca fui aficionado- (“Se Acaba El Baile”), de hacer de la vida la condena de Sísifo cambiando piedra por escenario (“Lo Habido”), la tristeza inherente al silencio que padece quien se vacía en las grandes euforias (“Esta Puta Soledad”), el reconocimiento del mal propio en la condena del eterno cavilante (“Ceniciento”, “Te Voy A Decir La Verdad”), del desapego a lo material (“El Más Sucio De Los Nombres”). Son letras ricas en léxico, y ¿cuál es el problema? ¿Qué cuesta aprendérselas sin la vieja usanza de seguir las canciones libreto en mano?

En cuanto a la forma de cantar, está habiendo muchos comentarios sobre la voz de Kutxi Romero. Me dijo una vez Iñaki, Uoho, al hilo de la evolución de Extremoduro, que «si en veinticinco años no has aprendido nada es que venías jodido de serie». Evidentemente la forma de cantar de Kutxi ha cambiado de manera sustancial. A lo que antes era una lijadora adusta y rugosa, ha ido añadiendo otras formas, más melódicas, incluso con algún melisma que otro, que sobre todo, indica una mejora incuestionable de la técnica. Posiblemente haya tenido que aplicarse todavía más por obligación que por inquietudes, pero lo cierto es que es que los temas están muy bien cantados y para un disco casi que es preferible que el descontrol o el arreón más visceral de los conciertos. Volvemos al ejemplo más fácil, ¿acaso Robe canta igual en los últimos álbumes que en los primeros? Es un caso similar y, a la postre, una mejora al fin y al cabo que, además, permite hacer crecer la tímbrica de las canciones de otra manera (y es aquí donde entra la parte de los solos más ricos de este álbum).

En los aspectos formales, la obra fue grabada, mezclada y producida por Kolibrí en los Estudios Sonido R-5 de Orikain, con la ayuda de Jesús Martín “Txutxín” en los meses de agosto, septiembre y octubre. En lo que a colaboraciones se refiere, Arantza Mendoza aporta coros y Fredi Peláez el hammond. La masterización es de Chris Gehringer en los norteamericanos estudios Sterling Sound. Hay que resaltar también las ilustraciones que acompañan todo el libreto, de Iosu Berriobeña.

De las letras ya os he contado más arriba, pero vamos de nuevo con las formas. “Otra Cicatriz” pasa por ser el tema más arrebatado y aprehensible desde la primera escucha y hay en esas guitarras iniciales mucho de ejemplo de lo comentado con anterioridad. Es la confianza en la mejora en el cantar lo que permite también subir escalas de guitarra desde el propio estribillo, hasta que llegamos así al primer desarrollo del primer solo, donde no rehúye la batalla una fuerte presencia rítmica. En la presentación del último estribillo llegarán esos nuevos aderezos de batería que se van incorporando con naturalidad.

“Buena Muerte” y “Nuestra Fosa” han sido los dos temas elegidos como adelanto y escuchados hoy en el desarrollo del álbum ya suenan a grandes éxitos, lo que viene a refrendar la percepción apuntada de todo el conjunto. En la primera, además de tener una concreción cirujana (la canción apenas supera los tres minutos y medio), me llamó muchísimo la atención desde el primer momento el solo de guitarra bestial que descerraja Kolibrí, con un extra de batería y buen acompañamiento de César. La segunda es un medio tiempo melódico con entrada de tintes blueseros (que volverán a hacerse explícitos antes del último estribillo) y una épica en la explosión del medio tiempo que abre una nueva puerta en las maneras. Una vez más, que las formas de cantar sean mejores permiten un estribillo tan rotundo y armónico como el que se ofrece.

Entre ellas, “Se Acaba El Baile” se mueve grácil en el fraseo bien concatenado, para avivar la hoguera con un buen puente con significación especial de la variedad de caja y bombos y otro estribillo de entonación compleja. Como ocurre con todo el disco, insisto, generoso en momentos como este, el plano instrumental volverá a regalar otro buen armazón de distorsión. En el quinto corte, “Más Me Duele A Mí” es un combativo trallazo de hard rock marca de la casa, que se presenta desafiante y cortante, con un riff oscuro y denso. (Es en un corte como este cuando, al hilo de algunas ‘quejas’ que uno lee por ahí, me pregunto si la gente tendrá equipos de sonido bien ecualizados y esas cosas). De nuevo el break, aunque previsible, nos lleva por otras ambientaciones gracias al marchamo de batería, con bien de charles y, de nuevo, una capacidad melódica propia.

La segunda parte del álbum arranca con la virulencia de “Lo Habido”, un corte de nuevo sucinto y donde se tocan terrenos más sobrios en las guitarras, dándole un punto más anglo al conjunto, pero con un estribillo melódico marca de la casa, también de los que se van a celebrar más en directo. “Esta Puta Soledad” también tiene hechuras de tema perdurable y es de los más ‘reconocibles’ a temas pretéritos. Uno de los caramelos del álbum, con su estribillo alargado para disfrute del personal. “Ceniciento” es muy efectista. Desde la entrada, con ese arranque tan hermanos Young, con ese riff principal que en sí un estribillo adictivo con pedal y espíritu bailable similar al de “Jindama” y con un break que nos sorprende en su centelleante progresión instrumental… Y mención especial a la melodía vocal de Kutxi.

En el tercio final, más AC/DC, pero esta vez regado de Scorpions, para “La Grillera”.  A destacar el plus metálico de percusión de fraseo, la referencia a la taranta de marras y un estribillo reposado y conclusivo. Enésimo reconocimiento al solo de guitarra que primero sigue el motivo principal pero que en un cambio de compás derivará a territorios más libres. “El Más Sucio De Los Nombres” es uno de los cortes en los que de manera más clara la banda vuelve a sonar cosas hechas, aunque intentará utilizar varios arreglos distintos para enriquecer la dinámica. En lo que no hay duda es que el estribillo va a ser también de los más celebrados en la gira.

El cierre viene de la mano de “Te Voy A Decir La Verdad”, que vendría a ser la balada o muerte dulce del álbum, aunque aquí viene vigorizada en la estructura, para darle una energía que la sostiene en un medio tiempo preciosista y algo más delicado, con representará una vez más el magnífico solo, más abierto, reposado, elevado… que crece con naturalidad a otro derroche de nota, un desarrollo que junto con algunos arreglos doblados me evocan la lírica de las canciones más largas de los últimos tres discos de Extremoduro.

Sobre el libro de Fernando Lezaun apuntaremos varias consideraciones. En primer lugar que la edición es lujosa a más no poder. No se ha escatimado en buen gusto, en papel y la selección de fotografías, aunque se antoja más generosa de lo necesario, sí que refleja los momentos de carretera e intimidad que el público no ve en una gira. Desde los sueños a las llegadas, los rituales, los saludos, las bromas… Todo ese ‘transcurrir’ previo se adorna en blanco y negro, con cameos del citado Iñaki, de El Drogas, de los hermanos Suaves, Yosi y Charli, de Kase.O… y de toda la corte más cercana a la banda. Para el color quedan las fotos de escenario. La adrenalina y la alegría de la celebración colectiva. Me aferro a la errata del colofón para que salga la espina con una segunda parte.

En cuanto al deuvedé, poca sorpresa para quien los viera en alguno de los casi sesenta conciertos de la gira El Azogue, que sustenta más de un tercio del repertorio, con la particularidad de la amplia colección de invitados (Mai de Ciclonautas, Razkin, Juanito y Martín de Bocanada, Jorge Salán, Fernando y Charli de Los Suaves, Jerry de Cuatro Madres, Luter o Natxo Otero de Bandoleros y Piratas). Lo cierto es que se hacen cortas las dos horas, teniendo en cuenta que en el fragor de los directos de la gira la cosa se alargaba bastante más. En la realización y montaje de este tipo de conciertos está todo inventado, pero es cierto que destaca para bien las transiciones en formato de zoom entre algunos planos y también la mezcla que en algunos momentos se realiza hasta de cuatro planos distintos, intentando potenciar emociones en determinadas situaciones, sea de solos, de grandes coreos del público o con los temas más esperados, de entre los que destaca en la grabación, además de los previsibles (“El Perro Verde”, “Marea”), los “Manuela Canta Saetas” o el “Romance…”.

Los Potros del Tiempo es la evolución lógica hacia una madurez entendida con solemnidad más que con arrebato. Con elegancia más que con premura, fruto de los años, del aprendizaje y de las necesidades expresivas que, además, crecen por las mejores comentadas. Deseando seguir por la senda en próximos pasos en este viraje.

Ahora es el momento de darle vueltas a estas canciones que, seguro, convencerán a los dudosos cuando resuenen en la gira, si es que no lo hacen antes. El material es incuestionable. Nos veremos en la cita madrileña y en alguna a comienzos del otoño. Salud.

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Lista de canciones – tracklist:

  1. Otra Cicatriz
  2. Buena Muerte
  3. Se Acaba El Baile
  4. Nuestra Fosa
  5. Más Me Duele A Mí
  6. Lo Habido
  7. Esta Puta Soledad
  8. Ceniciento
  9. La Grillera
  10. El Más Sucio De Los Nombres
  11. Te Voy A Decir La Verdad

Publicado el enero 4, 2023 en Críticas Discos y etiquetado en , , . Guarda el enlace permanente. 1 comentario.

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