Marea – El Azogue

El pasado viernes veía la luz El Azogue, el séptimo disco de estudio de Marea. Que son los de siempre: Kutxi Romero a la voz y letra, Kolibrí Díaz a la guitarra y producción, César Ramallo a la guitarra, Eduardo Beaumont El Piñas al bajo y Alén Ayerdi a la batería. Diez nuevas canciones que llegan como maná a los amantes del rock de hechuras poéticas. El que de alguna manera ‘fundó’ Roberto Iniesta con Extremoduro y del que el quinteto de Berriozar, con Kutxi como letrista, son sus más avezados alumnos. Y efectivamente, tiene razón Romero (no tanto en otras cosas) cuando dice que son ellos el último gran grupo del rock (a secas) en llenar pabellones en buena parte del país. También es cierto que ocho años son demasiados y que este El Azogue nace con flemas de Chinese Democracy. Un álbum que debería haber estado mucho antes, pero que distintos condicionantes de salud de Kutxi, Alen y Kolibrí, han ido retrasando hasta casi el año y medio. De esos ocho años de barbecho nos quedará un sobresaliente disco en acústico del poeta; un sello discográfico, que entre otras cosas ha encumbrado a Robe al Olimpo, y Ciclonautas del baterista; Malaputa del bajista; y una buena colección de discos producidos el guitarra solista. El tiempo, ya se sabe, tan caprichoso y subjetivo… y poderoso, como una magdalena de Proust. ¿Ha valido la pena esperar tanto?

Sin haber negado nunca sus orígenes, lo que parece claro es que Marea se niega a intentar ser lo que no es. Y esa me parece la más inteligente de sus decisiones. Es decir, después de que Extremoduro rompiera la baraja de Evaristo para ir dotando a su música de una magnificencia más lírica, progresiva, sinfónica y compleja, los de Berriozar optan por seguir el camino del otro de sus referentes, Rosendo Mercado. Es decir, más de lo que se les conoce: Rock, a secas. De esta forma, no hay revolución sonora, ni en las formas, ni en las estructuras, ni en la manera de desarrollar ni las canciones como concepto global, ni los textos, ni los desarrollos, ni los solos, ni la manera de interpretar. Desde ese punto de vista, El Azogue es un disco continuista y previsible, que no conformista y aburrido. Esos pies en el suelo lo dotan de credibilidad y, a buen seguro, es lo que mejor saben hacer.

Lo que sí cambia en este álbum es la forma de ser registrado. Mientras que el irregular (lo siento, acólitos acríticos) En Mi Hambre Mando Yo fue grabado durante dos meses, después a Canadá para hacer las mezclas y, posteriormente, a Estados Unidos para la masterización, aquí todo ha sido más natural, orgánico, vieja usanza, labranza amanuense. Registrado en directo en solo tres días de junio (20 al 22 de junio, con Jesús Martín ‘Txutxín’ a los mandos en los Estudios Sonido R-5 de Orikain) y con algunas pistas adicionales a final de año (especialmente coros y teclados y alguna guitarra) el disco “suena de verdad”. Es decir, que aquel sonido hiperprocesado al que tanta cera le di, ya no lo es tanto. Es una banda de rock bruñendo sus mejores armas y, conseguido eso, la romana se decanta del lado favorable antes de desentrañar la decena de canciones.

Pero, eso, ¿y las canciones? Tenemos diez, como su predecesor, frente a las once que venía siendo lo habitual (sin contar la maqueta que resultó ser debut) y con las primeras escuchas, salvo un par de excepciones, ofrecen una linealidad algo peligrosa. Todas tienen un giro que las hace propias, finalmente descubierto con la familiaridad de los temas, pero sus principales puntos diferenciadores vienen a ser unas letras donde Kutxi se pone más llano. Una tendencia que ya había mostrado en No Soy De Nadie y que aquí se afianza, dejando atrás los barrocos enrevesados del En Mi Hambre. En cuanto a las colaboraciones, atrás quedan los tiempos de echar mano de los Fito, Robe e Iñaki de Besos de Perro o de Brígido Duque, Evaristo Páramos, Manolo Chinato o Rosendo en el 28.000 Puñaladas. Los cameos son los mismos que en el álbum de 2011, gente familiar, pues: Arantza Mendoza, a los coros, y Fredi Peláez, al órgano Hammond.

Y es que la familia tira en el mundo Marea, fruto de esa forma de ser ‘de pueblo’, como ellos mismos afirman. Por eso sus canciones, sin rondar en lo explícito, siempre tienen algo de catarsis y homenajes sean o no in memoriam. Si hace unos años fue para la pareja de Alén, ahora aparece la madre de Kutxi, el padre de Kolibrí. Como una ley de código de honor donde los cinco colegas hacen nudo frente a las tempestades. Y eso, de alguna manera, se contagia a la hora de meter mano al álbum como concepto.

‘En Las Encías’ abre la decena. El tema elegido como primer videoclip, single y adelanto. La primera canción nueva de Marea mostrada al público en ocho años. Y el recibimiento fue satisfactorio, absorbiendo aplausos y vítores como un quásar, gracias también al símil del Potro de Vallecas como símbolo del que siempre se levanta por más que caiga. La realidad es que solo con los primeros acordes de guitarra y el golpeó de Alén ya se nota la diferencia abismal de sonido. El corte cumple su función de Ángel Gabriel, anunciando la buena nueva, sobre todo (uno) por la contundencia de su solo y (dos) por el crescendo final de la intensidad.

‘Un Hierro Sin Domar’ aumenta el tempo con un riff más grueso y denso. Lo mejor de este tema, además de la tirada al barro, es la sutil constante metarreferencias vitales como los ladrillos y el alba de los albañiles, y a otras canciones de la banda, que os dejo descubrir entre baratillos, primaveras y rayos verdes, más vida, en suma, orgullosos de haber sido caballos sin freno. Por su parte, ‘Muchas Lanzas’ también parece una mirada atrás, pero esta vez por lo musical. Su aura recuerda a los tiempos de Besos de Perro… quizá el verso inicial sea la clave: “ya tienes el pasado por delante”. Además de por el riff, ese parentesco lo da el veloz encadenamiento del fraseo, pero también por el puente hacia el un estribillo certero y aprehensible, también por su break antes del solo. Como curiosidad, parece ser que el pozo que preside el estribillo inspiró inicialmente la portada, pero con lo ocurrido con Julen se decidió cambiar por las palas.

Jindama’ es, a todas luces, el tema donde Marea ‘arriesga’ más o, por decirlo de otra manera, se presenta algo distinta, sobre todo por el tono bailable del estribillo. Que no diré yo que lo acerca casi al indie (el divertido, no el cortavenas), pero es un recurso muy manido por dicho género. También ayuda la fantástica línea de bajo que dibuja El Piñas (por momentos casi nos vienen las luces discotequeras de la gira de Las Aceras, o la Desidia de Extremoduro). Para terminar el efectismo, el estribillo tira de melodía épica, como la letra, con diálogo madre e hijo y referencias a Robe y Rosendo (Plasencia y Carabanchel). En definitiva, un canto de amor eterno a la música: “quisiste acariciara Satanás encandilado por su aliento”, al rocanrol. El diálogo con la madre se torna en cruda reflexión en ‘La Noche del Viernes Santo’, que duele ya desde la melodía de guitarra inicial, de querencia aflamencada, que se va diluyendo a costa de un medio tiempo sentido y emocionante, reforzado por los coros, y una de las interpretaciones vocales más quebradas y directas.

La segunda parte del álbum prosigue con dos canciones que se me hacen mismo reverso de la misma moneda. Soniquetes marca de la casa para desarrollar historias de introspección, en ‘Ocho Mares’ con algo de autodesprecio, en ‘Copla del Precipicio’ con la asunción de dolor, pero con toque constructivo, así queda rearmado con pequeño lucimiento de Alén en la parte central, que no puede lucir tanto como en Ciclonautas, pero que ofrece pequeños destellos de sus capacidades, mucho mayores de las que le exige Marea, y también con los elegantes arreglos de Hammond.

Después de estos dos temas que se entienden más áridos, el chute de adrenalina vuelve con ‘El Temblor’. Otro hilvanado con ligereza, que no con facilidad, que ayudará a establecer dinámicas positivas a la hora de combinar los diez temas en el repertorio de directo, donde convivirán con otros 15 de antaño. Así llegamos a ‘Pájaros Viejos’, ya una de las joyas de toda su discografía. Aparecen en el canto de dolor mortal nombres del imaginario flamenco la mayoría –me sorprenden gratamente las del Torta y Juan Talega, puesto que no son ‘de típicos de galería’-, pero también poeta (Panero), bandolero (Pasos Largos) y al padre de Kolibrí, Ventura Ángel Díaz. Es imposible que esa canción no me arda las entrañas si tenemos en cuenta que todo el veneno del flamenco me lo dio, precisamente, mi padre, que también me dejara doliendo en los duelos hace tan pocas semanas. Cosas del azar y de la magia de la música. Solo podré decir gracias por siempre porque esta canción me llega en el momento justo.

Y, tras el llanto que siempre acompañará, el rearme a base de gran trallazo, de trago cargado, que en un disco de Marea no podía ser de otra forma que con una canción cantada por El Piñas. Aguardiente y fuego en ‘Pecadores’. Directo y al grano. Con estribillo machacón y formas que firmaría el mismo Lemmy.

Así, Marea remata un álbum en el que las sombras del devaneo estéril se pierden con la luz de lo más sincero y necesario. Diez temas que no pecan de ínfulas, pese al porte que confiere siempre el lenguaje poeta, que palian las heridas mortales de dentro y que supuran de fuera, marcan la línea vital y tocan el cuerno a rebato para el aquelarre de la comunión rockera, que se celebrará en homilía en medio centenar de conciertos.

Valió la pena.

 

Lista de canciones – tracklist:

  1. En Las Encías
  2. Un Hierro Sin Domar
  3. Muchas Lanzas
  4. Jindama
  5. La Noche De Viernes Santo
  6. Ocho Mares
  7. Copla Del Precipicio
  8. El Temblor
  9. Pájaros Viejos
  10. Pecadores

 

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Publicado el abril 15, 2019 en Críticas Discos y etiquetado en , , , , . Guarda el enlace permanente. 4 comentarios.

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