19 Días y 500 Noches. Sabina fin de siglo

No es habitual en España, más allá de las ediciones disco-libro ‘inventadas’ por los diarios en unos años determinados en su afán de sacar extras por alguna parte, para compensar la bajada de ingresos de las fórmulas tradicionales, que haya monográficos extensos no ya de un autor o banda (que esto sí que viene siendo frecuente en las últimas décadas), sino de específicamente un álbum en concreto. En contraste con la literatura anglosajona, donde podemos encontrar tratados tan suculentos de una sola canción, como el Like a Rolling Stone: Bob Dylan en la encrucijada, de Greil Marcus. La editorial Efe Eme, reconvertida su política de edición desde hace unos años a unos especiales repletos de enjundia y a varias colecciones de libros, viene cubriendo, sin prisa pero sin pausa, ese déficit literario con Colección Elepé, con cinco entregas hasta la fecha, de las que he podido leer tres hasta el momento. La inaugural, Rock & Ríos. Lo hicieron porque no sabían que era imposible, de Josemi Valle, y la segunda, Mediterráneo. Serrat en la encrucijada, de Luis García Gil. Así, tras Memorias de un espantapájaros, M Clan en la cuerda floja (Chema Domínguez) y Blues de la frontera. Anarquía y libertad de los Amador (Marcos Gendre), llega este 19 Días y 500 Noches. Sabina fin de siglo, de Juan Puchades, que aborda con inteligencia y rigor las líneas temporales y argumentales, con los puntos de vista de protagonistas y actores secundarios en la gestación, grabación, difusión y disfrute de una obra fundamental. Y uno se pregunta qué discos de nuestra música se merecen una obra así y surgen varias ideas pero ahora nos ocupamos del presente.

Efectivamente, podemos concluir con unanimidad que 19 Días y 500 Noches es el disco más importante de toda la carrera monumental de Joaquín Sabina. Lo es por la media de calidad estratosférica de sus canciones. 13 temas que fueron elegidos de entre los 18-19 de un inicial disco doble, donde encontramos los textos más afinados en la canalla y en la intelectualidad, en la sorna y la reflexión más personal de toda su discografía.

También porque la rumba pasional que le dio título conectó con el público veinteañero de una manera brutal. Doy fe de ello. El 19 Días y 500 Noches sonaba y se celebraba con algarabía salerosa en los locales nocturnos, donde entró como un torrente irrefrenable. Por suerte, tener un hermano diez años mayor comporta algunas ventajas, una de ellas (si tiene buen gusto) es que uno va un tanto adelantado y guiado en las buenas referencias musicales. Cuando salió este disco, a mis diez y nueve, ya tenía la suerte de haber conocido el pasado de Joaquín, especialmente desde el Hotel, Dulce Hotel en adelante.

Por eso, los dos fuimos conscientes desde el primer momento de otra de las claves, la de la naturalización de la voz, la de dejarla poco procesada y edulcorada para, a la postre, que es de lo que se trata, transmitir más verdad. Y es que otra de las claves en la historia del disco magistral es la aparición y, sobre todo, la confianza, que Joaquín deposita en Alejo Stivel que fue quien lo convenció, no sólo al asunto vocal, sino también a realizar otro tipo de instrumentación y forma de encarar las canciones.

Con una prosa de lo más ágil, Puchades ofrece testimonios, como apuntaba, de Joaquín Sabina, de Alejo, de Pancho Varona y Antonio García de Diego, el núcleo duro de la composición de las canciones de las canciones de Sabina y productores de sus últimos discos hasta entonces que se vieron (como en Lo Niego Todo) relegados a un segundo plano. De ellos hay que destacar el profundo respeto a la hora de hablar de la obra magna.

Y en sus casi 240 páginas, el autor presenta los motivos de porqué de esa grandeza. Nos retrotrae al pasado anterior, el disco con Fito Páez y todo lo tormentoso del asunto. Nos lleva a los años en los que decenas de personas tenían llave de casa de Sabina, que se convertía en un bar abierto las 24 horas donde poder encontrar cualquier tipo de personaje popular… o no. Años de excesos de los que el propio Sabina reconoce abiertamente su consumo desmesurado de alcohol y cocaína. En este punto, reflexiono sobre la impresionante normalidad con la que las grandes estrellas del rock nacional reconocen sus momentos críticos y adicciones (recuerden también a Fito Cabrales) y cómo eso es algo que no ocurre a la hora de hablar de otros grupos, quizá no tan estelares, pero donde también se presuponen épocas negras. Mutismo y olvido.

Nos habla de personajes casi semi desconocidos para el gran público, de importancia vital para que el disco fuera como es (como el caso de Antonio Oliver), de las contradicciones que se producen entre los propios músicos de estudio sobre la autoría de determinadas grabaciones (fruto de la fina capa de polvo que ponen en los recuerdos el paso de 20 años), incluso de algunos desencuentros a la hora de ‘la gestión’ de un complejo proceso de grabación que se alargó dos semanas, de cómo nació la portada o de las impresiones de los hombres de traje gris de los despachos de la compañía discográfica a la hora de abordar su publicación.

Hay que hacer mención especial a las 70 páginas en las que se analizan una a una las 13 canciones de la obra, aportando detalles biográficos y contextualizando alguno de sus detalles o versos, como también es digno de elogio el tenaz esfuerzo en puntualizar todas las versiones alternativas y canciones que se editaron con posterioridad, pertenecientes al mismo proceso creativo que las trece titulares.

Y para completar todo lo relacionado con el álbum, explica sus tres giras, con las diferencias entre ellas, la posterior de su decimoquinto aniversario y, como guinda, todas las versiones que se han realizado sobre las canciones del álbum. Desde las más reconocidas, como el álbum de María Jiménez o la que incluía La Fuga en su acústico, cuando Rulo todavía figuraba en la alineación, como las recreaciones cubanas o la sorprendente traducción italiana, interpretada por Lu Colombo. Una cantante a la que Sabina invitó una semana a su casa a raíz de aquello, lo que dice mucho del espíritu generoso del de Úbeda, muy alejado de toda la imagen popular que se ha generado en torno a él.

Y quiero cerrar con eso, con precisamente uno de los mayores descubrimientos que ofrece el libro, no de manera explícita, sino implícita, que se va solidificando en los pequeños detalles de las anécdotas que se van desarrollando, y es la profunda generosidad de Sabina, más allá de su carácter hospitalario y con otros detalles mencionados, en especial a la hora de compartir autoría en las canciones, por más que a veces no hubiera tanto motivo para ello.

En suma, podemos hacer una deducción sencilla. Si concluimos que Joaquín Sabina es uno de los grandes artistas, letristas, intérpretes y músicos que ha dado nuestro país, y que 19 Días y 500 Noches es su obra fundamental, se antoja necesario para el seguidor y para el devoto de la cofradía del santo reproche la lectura de un libro que, créanme, hará redescubrir un álbum antológico, como estoy haciendo en este mes de julio en cada una de las escuchas… Y vale la pena, os lo aseguro… y es que qué hermosas eran las canciones.

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Publicado el julio 31, 2019 en Actualidad y etiquetado en , , , , . Guarda el enlace permanente. 1 comentario.

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