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Arco – 100 Veces

Hay varias reglas máximas en esta casa que conviene recordar para los recién llegados. Una de ellas es la de que aquí aparecen, el 98% de las veces, discos que me llaman lo suficiente la atención para bien como para que merezcan ser conocidos por más oyentes y/o álbumes de las bandas más punteras de la escena rockera independiente (que no indiependiente). Por eso es poco frecuente que leáis una crítica en la que ‘despiece’ a algún grupo por amor al arte, por el escarnio. Mejor siempre construir que destruir. Por otro, también en esta casa somos respetuosos con quienes nos han movido el corazón de forma límpida, directa e inolvidable, otorgándoles para siempre la reverencia del buen recuerdo. Luego, con el paso de los años, podrá gustar más o menos sus pasos, sus devaneos, su evolución, especialmente crítica en aquellas casuísticas en las que, como es el caso, hablamos de emprender una senda en solitario, dejando atrás el camino con la banda madre. Antonio Arco fue durante casi dos décadas la voz inconfundible y motor principal de El Puchero del Hortelano. En su momento de más éxito popular, llegando incluso a tocar en ‘prime time’ en uno de los escenarios principales de Viña Rock, el grupo decidió poner fin en un inolvidable concierto en su Granada natal en octubre de 2015. Allí empezaba, aunque venía haciéndolo ya y es sin duda lo más honesto, romper el camino si tu cabeza ya está en otro sitio, la senda en solitario que, por el momento, nos ha despachado ya tres discos: Uno, que fue Oro en los discos del año de la web en 2016, y Abril, que repitió medalla en los de 2018, y este 100 Veces que nos ocupa hoy. ¿Repetirá? Lo vemos el 5 de enero.

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Arco – Abril

Segundo álbum para el trayecto más personal de Antonio Arco, que comenzara con brío en un poliédrico Uno que, a la postre, fue uno de los oros más claros en Mis Discos del Año 2016. Tras más de veinte años de camino y un legado imponente con su Puchero del Hortelano, Arco se ha ganado por derecho el no tener que demostrar nada a estas alturas. Su forma de cantar, musicalizar emociones y quereres, de narrar emociones es tan natural que parece ser un viejo amigo que nos hablar de tú a tú. Sin la menor de las imposturas. En la sencillez de su grandeza reside el secreto de un artista que es capaz de desplegar las canciones de amor más sinceras, de reconfortar con la sonoridad de una guitarra que pierde en cadencia flamenco, pero que gana en luminosidad armónica. Que se afana y se aplica en cantar cada vez mejor, sin renegar de su acento andaluz pero sabiendo controlarlo para que las distintas formas que se presentan (rock, folk, pop, autor, rumba también, claro) no se supediten a su tesitura. Su transparencia a la hora de ponerse en nuestros oídos es tal que parece implicarnos en cada paso que da, llevándonos a su lado por ese camino de exploración y necesidad creativa. Arco, en la diana una vez más.

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