Manolo García – El Fin Del Principio

Pinturas, fotografía, dibujos en papel, esculturas con todo tipo de materiales, en madera, hierro, música y canciones que forman parte del imaginario colectivo de más de una generación… Manolo García es lo que vendría a llamarse, tirando de topicazo, ‘un hombre del Renacimiento’. Aunque, sabiendo lo que sabemos de él, es bastante probable que comparta el concepto, pero no su traslación física. A Manolo es más fácil imaginarle como un artesano apartado del ruido y la tecnología, en alguna tribu en la que la naturaleza y el respeto a ella sea lo más importante. En esa colección de virtudes talentosas, que bien le valió el reconocimiento hace unas semanas de la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes, no falta la poesía. Que ya deslizó de forma ligera en su Vacaciones De Mí Mismo, en 2004, y que acompañaba a su segundo libro, titulado El Fruto De La Rama Más Alta, publicado en 2011, y que recogía parte de su obra pictórica más reciente, junto a texto poéticos inéditos, “algunos de ellos, más tarde, han sido letras de nuevas canciones”, reza la solapa del libro. Veremos si alguno de estos aparece prístino en nuevos temas. Porque aquí, sin embargo, las tornas se cambian. Encontramos una generosa colección de más de 150 poemas de verso libre (dos de ellos en prosa) y varias ilustraciones que salpimientan el resultado final, por cierto impreso siguiendo los parámetros de respeto al medio ambiente de la asociación Bosques Para Todos Para Siempre. Aunque ya me lo leí hace unos meses, he vuelto a sumergirme esta semana en sus páginas y lo he disfrutado mucho más. Será por la calma en la tormenta, imagino. Así que, siendo un habitual verso suelta de esta casa, del que hemos escrito tanto, me animo a compartir algunas impresiones.

Desde el primer momento, Manolo viene dejando claro en sus canciones cuál es su universo conceptual preferido. La tranquilidad de un buen paisaje, alejado de prisas y de tecnología (hasta el punto de una velada tecnofobia, como escribirá), referencias filosóficas, un buen gusto musical y artístico, algo de orientalismo, pasión botánica, una mirada crítica a la clase política y la sociedad como masa unificada y, además, cierta guasa nutrida de un ingenio ágil. Más allá de que no es necesario estar de acuerdo con él en todas y cada una de sus declaraciones (¿acaso lo estamos nosotros mismos con cosas que decimos en determinados momentos?), ha manifestado una cierta coherencia artística y vital como demuestra en la estética de sus discos, en sus escenografías, en todas sus creaciones, sea de la disciplina artística que sea.

Vamos con una hoja de ruta clara, por tanto, a la hora de entrar en El Fin Del Principio cuyo título, de entrada, ya avisa de que mantengamos el intelecto despierto para atravesar la reja. Alta tensión y disparos bajo telón de periódico de burbuja inmobiliaria nos reciben. A golpe de palabras sonoras, juegos lingüísticos constantes ya sea por la aliteración del continente como por la concatenación del contenido. Pura sonoridad reverberante, también con gusto esdrújulo. Composiciones a veces volátiles, otras de pesadumbre desencantada.

No duelen prendas ni tengo reparo en admitir que para la lectura es aconsejable tener un diccionario cerca. En mi caso, los dos tomitos amarillos de la RAE, que junto a los mastodontes de la gramática vivían juntos en el olvido en un estante por casa. Ya eso es mucho decir. Porque Manolo, si bien se coarta ligeramente en sus canciones, sí que despliega una amplísima panoplia de vocablos que van desde la precisión del verbo concreto, hasta otros de los que emplea la forma más en desuso (pero más sonora) pasando por un amplio catálogo de variedad vegetal y floral que un urbanita como yo desconoce en su amplia mayoría. No se apuren por ello, que el saber no ocupa lugar en la mente, al contrario que en unidades externas, tablets, tarjetas de memoria y tarjeta SIM.

¡Ay, tarjeta SIM! Es una de las grandes víctimas de la visceralidad que encierran algunos pasajes que casi son un desahogo, aunque sea el grito sordo del alcance de unos versos sin pie y descabalgados. Manolo la toma con ellas, con ‘El Mensaje’ impersonal antes que en la llamada cálida, pero también con el suelo americano, con ‘Tutoriales y Coachings’, a los que pide consejos sobre cómo volver a la esencia, a lo importante, al niño, también ensueña ‘Gasolinera Futurista’, donde se pregunta por si la remuneración sí será justa en esa nueva modernidad (casi me sale escribir ‘normalidad’, maldito Covid), también con ‘Influencers, Molinos Eólicos Marinos y Messi’, que atenazan el presente inquieto de la adolescencia hierática. Pero la tecnología no es lo único y os aseguro que salen sonrisas, a veces casi carcajadas, leyendo ‘Multa’, ‘Semáforo Rojo’, ‘Espráis de Pimienta’ (que espera que sean ecológicos), ‘Urinarios Públicos y Alcaldesa’…

No tema el dubitativo comprador hipotético, hipotecado, o ambas, puesto que no solo de burla se alimenta el libro. Como decía más arriba, hay algunas interesantes referencias a nombres propios de la pintura, como Hockney o Picasso (de quien quiere su ilusión vital), de las letras, como Bolaño, o de la música, como Beatles, Dylan o Bonnie Raitt. Mundo musical decadente también se escucha en ‘El Bar’ y algo de autocrítica a las lentejuelas del artista (que dirían los Barri) en ‘Un Espectral Silencio’. Además, la primera parte del libro tiene algo de cuaderno de viajes y, por lo general, ese gusto por lo oriental que va de la filosofía, la meditación, el ‘Komorebi’ y un ateísmo militante ante normas y dioses (vestidos también de modernidad anestesiante) que realizan ‘Un Hurto Descomunal’ de la esencia.

Y me dejo para el final, como el postre afrodisiaco que se toma deprisa porque la sangre arde, el otro gran tema del libro. Claro, el amor. Amor a la vida, como en ‘Alegre Corazón’, donde diseña su mundo perfecto y bucólico, el apósito de ‘Recuerda Que El Tiempo Viaja Con El Olvido’, el premonitorio de ‘En El Retrato Que Contemplo’, del todo helador (y realista), el arrebatado en ‘Cogidos De La Mano’ o ‘Manda Por Mí Si Me Necesitas’.

Se deja querer. Está claro, ¿no?

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Publicado el febrero 4, 2021 en Actualidad y etiquetado en , , . Guarda el enlace permanente. 3 comentarios.

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