Leonard Cohen (1934-2016)

leonard-cohenLa crítica remember de este viernes no tiene disco. Podría coger cualquiera de sus catorce trabajos de estudio, sus directos, sus recopilatorios… Todo lo que grababa tenía un halo de magia que casi se hacía corpórea, se podía tocar mientras uno se dejaba acariciar con la voz grave, inconfundible, densa como la sangre del corazón. Pero no, es otra cosa. Durante todo el día habréis escuchado ya a decenas de personas mostrar su respeto hacia la figura de un artista único. Habréis ojeado numerosos artículos (unos más atinados que otros), sabréis de músicos o escritores o famosos, a secas, de reconocida devoción y otros que, por sorpresa, parecen citarlo hoy por primera vez… Lo de siempre. Al enterarme esta madrugada de la muerte del canadiense y tras superar el dolor inicial, decidí dedicarle estas palabras por una pura necesidad personal. Leonard Cohen ha hecho bella hasta su muerte. Con su carta a Marianne Ihlen, con un disco en el umbral… Con la sensación de haberse ido antes, pero querer hacer las cosas con la elegancia que siempre ha destilado. De fuertes convicciones creyentes y a la vez mujeriego y conquistador, su muerte es una de esas pérdidas que llevan consigo muchas emociones propias. Líneas que brotan, copa de vino, vinilo al fondo.

Vivo con la obra de Leonard Cohen desde que tengo memoria musical. Me es grato ir encontrando a personas que, sin saber por qué, sintieron fascinación por él también desde niños. Entonces no se entienden los motivos, claro, pero da una sensación de comunidad reconfortante. Uno de los ilustres de esa lista es Igor Paskual, algo más que el guitarrista de Loquillo (empieza a sobrar ya el añadido), pero también muchos amigos tuiteros que durante años han confesado esa iniciación. Como en el caso del músico, fue mi madre la que lo escuchaba con frecuencia y, como Krahe, forma parte de mis recuerdos de las tardes de colegio mientras hacía los deberes (sin quejarme, sin quejarse). Ironía fina, tanto Krahe, como Cohen: voces cavernosas, cantantes tardíos y casi por casualidad, hasta la H intercalada y, de postre, Javier casado con una canadiense. Recuerdo un casette, una cinta, ‘de las buenas’, de las negras, con sonidos que nunca le había escuchado a nadie.

Después pasarían los años y con la primera independencia monetaria condicionada empezaría a hacerme con discos, a leer, profundizar y entender por qué de niño ya lo empecé a querer. Simplemente por las emociones que aquellas interpretaciones taciturnas generaban. Con esa dualidad entre lo conciso y certero y la sensualidad de unos coros femeninos con los que parecía acostarse en cada canción. Y una sonoridad capaz de llevar los violines y arpegios más delicados a bases de sintetizadores que aparecerían a finales de los años 80, con ese I’m Your Man y The Future.

Cohen muestra su yo como creador en sus canciones, enseñado, según reconocía en el discurso del Premio Príncipe de Asturias de las Letras de 2011, por el hallazgo de Federico García Lorca. Tan en deuda se sentía con él que hasta llamó a su hija así, Lorca. Y en sus letras está el alma de quien es intenso por naturaleza.

Porque Cohen necesitaba algo en lo que creer para encontrar la paz. Y toda su vida fue una búsqueda entre mundos contrapuestos. Está el sentimiento de religiosidad fuerte, que partiría del judaísmo pero que lo llevaría a la meditación personal en un monasterio o en la India con un santón converso. Buscó experiencias en la bohemia de las islas griegas, en las drogas, en casi todas, no para abrazarse a la degradación (aunque alguna de ellas casi lo consigue), sino buscando, buscando… Siempre errante, del alcohol al ácido, del hash, de pastillas sin receta, hasta acabar con los antidepresivos. Y también en las mujeres, necesitado de calor para un corazón que siempre se sintió algo solo. Su discografía está llena de ellas: Suzanne, las cantantes Janis Joplin (Chelsea Hotel), Annie Nico, Joni Mitchell o la final Anjani Thomas, la actriz Rebecca de Mornay y, cómo no, (So Long) Marianne a la que escribió este verano una carta póstuma que produce escalofríos al releerla hoy: “Bien, Marianne, hemos llegado a este tiempo en que somos tan viejos que nuestros cuerpos se caen a pedazos; pienso que te seguiré muy pronto. Que sepas que estoy tan cerca de ti que, si extiendes tu mano, creo que podrás tocar la mía”. Pasión por la carne y el amor en su plenitud filosófica que hace que una cosa y otra no parezcan tan alejados en la eterna contradicción del artista al que le cuesta gestionar el poder de su talento.

Premio Príncipe de Asturias de las Letras, como él, Leonard Cohen ha muerto a los pocos días de saber que Dylan aceptaba el Nobel de Literatura. “El Nobel a Bob Dylan es como ponerle una medalla al Everest”, diría. “Si no fuera Bob Dylan me gustaría ser Leonard Cohen”, pronunciaría aquel muchos años antes. Nueva ironía, dos autores soberbios con aptitudes para el canto tan dispares y actitudes interpersonales también opuestas. Si uno es considerado casi un demonio iracundo, el otro fue ampliamente querido y hasta, casi santo, obró el milagro de ‘despertar’ a su hijo Adam en coma después de que, tras cuatro meses leyéndole la Biblia todas las noches en el hospital, le dijera al marcharse en una de ellas, “Papá ¿me puedes leer un poco más?”. Como el abuelo a su nieto en ‘La Princesa Prometida’, le imagino un “como desees”.

Después de enterarse de que su representante y, cómo no, ex amante Kelly Lynch le hubiera estafado toda su fortuna y vendido los derechos de más de cien de sus canciones, Leonard Cohen se vio obligado a vender su casa y a salir a la carretera para poder recuperarse económicamente. Gracias a ello, y al azar de las buenas coincidencias, pude verlo una única vez en directo, en septiembre de 2009, en el Coliseo de Atarfe de Granada, apenas unas horas después de volver de un viaje por la India y Nepal. Lógicamente, a ese concierto invité a mi madre, cumpliendo así uno de esos pequeños sueños (“Por lo menos puedo decir que lo vi cantar en persona”, me escribía esta mañana al darle la noticia). Un círculo que se cierra en su plenitud, de esas cosas que reconfortan el alma y que, como Cohen en ‘You Want It Darker’,  me harán decir cuando llegue la hora: “estoy listo”. Pero, por el momento, seguiré bailando hasta el final de la vida.

A tu salud, eterno amigo.

Estos fueron #Mis10de Leonard Cohen, realizados en Twitter el 24 de marzo de 2013.

LEONARD COHEN: 1. Dance Me To The End Of Love 2. I’m Your Man 3. The Partisan 4. Waiting for the Miracle 5. Everybody Knows 6. Who By Fire? 7. Take This Waltz 8. Chelsea Hotel #2 9. Suzanne 10. Hallelujah

 

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Publicado el noviembre 11, 2016 en Actualidad, Críticas Remember y etiquetado en , , . Guarda el enlace permanente. 3 comentarios.

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