Bunbury – Expectativas

La carrera del aragonés errante es tan magna y extensa que para enjuiciar cada uno de sus lanzamientos hay que hacer un doble ejercicio de análisis. Por un lado, qué representa el álbum en el contexto cronológico de su obra, pero también tomarlo como un hecho aislado, correspondiente a una necesidad expresiva vital en cada uno de los momentos concretos. Como en ‘La Soledad del Corredor de Fondo’, Bunbury maneja a su antojo los textos y sus influencias sonoras, añadiendo según considera dosis en porcentajes diversos. Así, si en Palosanto encontrábamos un mensaje mesiánico de esperanza post-redención, en Expectativas nos llega el reverso perverso del desencanto post-rendición. Con un mensaje duro, sin imposturas, guardando siempre la esperanza en el propio yo, como se reflejará (esta vez sí más clara la división) en la segunda parte de la lista de canciones. Y el ropaje sonoro responde al envite con rotundidad, con unos Los Santos Inocentes sobrios y con un toque titilante gracias al impecable añadido del saxo de Santi del Campo, que acaricia y abrasa en la misma medida. El álbum las cumple.

Cómodo desde hace ya ocho años en Los Ángeles, Bunbury ha vuelto a gestar todo el álbum en territorio americano (Grabado en Sonic Ranch en Texas; mezclado en Westlake, Los Ángeles; masterizado por Tom Baker Mastering, Los Ángeles), acorde a sus intenciones musicales, donde nombres como el omnipresente Bowie, Depeche Mode (vía Arcade Fire) o el más sereno y saturado glam de Manson (‘Third Day of a Seven Day Binge’ y esas cosas) se asoman a nuestra escucha. No en vano estos dos últimos protagonizaron dos de los últimos conciertos a los que ha acudido Enrique.

Criticado por muchos por su fuerte personalidad o sus maneras afectadas o histriónicas (aunque lo segundo se ha ido contextualizando mucho mejor con el paso de los años, como la madre del vino), lo que no se le puede achacar nunca a Bunbury es la transparencia con la que encara cada disco. Reconozco que echo de menos los ‘dramones’ interpersonales de incomprensión y dolor visceral, pero también entiendo que la situación de los últimos años, más sosegada, hacen que la fuente de inspiración no pueda ser la misma. Con calma dentro, la tormenta de fuera es el foco. Algo parecido a lo que le ha venido ocurriendo en la última década a Roberto Iniesta, tanto en los últimos discos de Extremoduro como en sus dos como Robe a secas.

Con Álvaro Suite y Jordi Mena en las guitarras, Robert Castellanos en el bajo, Ramón Gacías y Quino Béjar en la batería y percusión y Jorge Rebenaque en las teclas (que en este disco las hay y muchas, tirando de sintetizadores de los 70 y 80), Los Santos Inocentes continúan reforzando un sonido que, desde Licenciado Cantinas, prescinde de melodías latinas para presentarse adustas y potentes. Sin grandes alardes de virtuosismo pero con precisión de cirujano. Es ahí donde el saxo de Santi del Campo nos ofrece un contrapunto emocional muy interesante y del que Palosanto carecía. Y por eso me parece mucho mejor disco este Expectativas. Erin Memento en los coros completa la alineación base de este trabajo de once cortes. También ha habido concreción con ello, un acierto más.

El delay grueso de ‘La Ceremonia De La Confusión’ nos da la bienvenida al cuadro grotesco en el que el odio al contrario y la falta de empatía son el resultado del maquiavélico plan del sistema. Y es que en este álbum hay mucho más de ‘El Príncipe’ que de Orwell. En los textos hay también un par de dardos al mundo musical. Los dos claros y meridianos. El primero de ellos es ‘La Actitud Correcta’ que tiene incluso una lanza autodisparada en eso “más guitarra y más sintetizador, seguro que me suena la misma canción”, y que tiene más de Manson que de ‘Personal Jesus’ (que también versionaría), como he leído por ahí. El armazón es tan sugerente que cumple su función.

Más melodramática llega ‘Cuna De Caín’, casi un retrato de los últimos sucesos y que es una de las composiciones más complejas de la lista, por la desbordante cantidad de matices, añadidos y arreglos que entren y salen a lo largo de su metraje. Por si fuera poco, la coda de coros terminan de ponerle azufre al asunto. Muy similar en el concepto llega ‘En Bandeja de Plata’, con un fraseo musical apoyado en sintetizadores sutiles y una letra demoledora, que da paso a un estribillo con clara ascendencia bailable y por ahí puede aparecer cierto regusto al indie más eficaz, que queda algo sepultado por el gran peso de las guitarras y el saxo y de la propia voz de Enrique, pero que explotará más claro en ‘Lugares Comunes, Frases Hechas’.

‘Parecemos Tontos’ aligera el nivel de distorsión pero no el del texto furibundo. Se presenta como un medio tiempo que se sostiene en la modernidad conceptual del disco por la ausencia de acústicas. El crescendo del puente y el cierto toque gospeliano del estribillo nos da, a buen seguro, la mejor interpretación vocal del conjunto, que crece en desesperación mientras nos cuela un kōan zen en “qué ruido hace un hombre que se quiebra en soledad”. Como apuntaba antes, ‘Lugares Comunes, Frases Hechas’ es una canción de dinámica fresca e inmediata, “cadena del váter como una revelación”. La melodía final, como una noria absurda, completan el significante del tema.

La cosa se pone más tensa en ‘Al Filo De Un Cuchillo’, machacona y punto de inflexión hacia el giro conceptual que toma el álbum, donde importa más el individuo pensante que lo que las condiciones exógenas que intentan impedirle pensar. El mensaje está por encima de la forma en este caso y la música juega un papel más discreto. En ‘Bartleby (Mis Dominios)’ encontramos unos teclados, vientos y estribillos que nos ofrecen una melodía muy heartland (siempre todo ello sin mostrar el lado tradicional, sino una revisión actualizada), con el guiño al relato de Melville como referencia. Como un ángel caído expulsado del paraíso (artificial) o como un anticristo de Nietzsche, ‘Mi Libertad’, que también esconde un punto de Dario Fo en eso del “anarquista pragmático accidentalmente a propósito” y, como segundo trallazo: “La calle va por dentro y no tienes ni puta idea de Rock and Roll”. El solo de saxo tras la sentencia es magnífico, sin ambages.

Llegando al final, ‘La Constante’ nos sorprende como una de las más bellas declaraciones de amor realizadas por Bunbury en muchos años. Una canción que, dada la buena relación existente, no sería extraño escucharla algún día en la voz de Raphael. Siguiendo en la línea de relajación ante tan cruento y excitante sonido, ‘Supongo’ es la perfecta continuación como refugio ante la tormenta, como un travelling circular. La culminación a un álbum mucho más coherente que su antecesor y que nos da una muesca más de un artista de talento y trabajo innegable.

 

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Lista de canciones – tracklist:

  1. La Ceremonia De La Confusión
  2. La Actitud Correcta
  3. Cuna De Caín
  4. En Bandeja De Plata
  5. Parecemos Tontos
  6. Lugares Comunes, Frases Hechas
  7. Al Filo De Un Cuchillo
  8. Bartleby (Mis Dominios)
  9. Mi Libertad
  10. La Constante
  11. Supongo

 

 

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Publicado el octubre 23, 2017 en Críticas Discos y etiquetado en , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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