Archivo de la categoría: Críticas Discos
Obús – Con Un Par
Es cierto que en el recopilatorio Siente El Rock and Roll incluyeron varios temas inéditos, pero casi nueve años después al fin ve la luz un nuevo larga duración de los madrileños Obús. Un disco completo de nuevas canciones, hasta doce, en el que vienen a demostrar que el tiempo no les aplaca ni la ira, ni la chulería, si su capacidad para ser ‘los que más’. Y lo confieso, después de que aquellas canciones del recopilatorio estuvieran muy lejos de su nivel, tenía muchísimas dudas (creo que razonables) sobre cómo sería este Con Un Par. La realidad es que estamos ante un álbum forjado con brío, mala hostia, un sonido espectacular y una fuerza que nos recuerda a los Obús de siempre… porque ellos nunca han cambiado, por más que a más de uno se le caliente la boca por reprocharle a Fortu sus escarceos televisivos. Paparruchadas, desde mi punto de vista. Cuando se ha subido a un escenario Fortu ha sido ‘nuestro Fortu’ de siempre, con un Paco Laguna que es más que un hermano y con unos más que solventes Carlos Mirat a la batería y Luis Hernández al bajo. No todo el álbum está al mismo nivel, eso está claro, pero la media es alta y el notable también, casi al borde del sobresaliente. Sí, ha sido difícil dejarlo fuera de las medallas del 5 de enero, y si lo he hecho ha sido porque he querido ‘premiar’ a otras bandas menos conocidas.
Tributo a Sabina – Ni Tan Joven, Ni Tan Viejo
Aunque vosotros no lo sabéis (algunos sí), para mi planificación se ha hecho esperar más de la cuenta mi crítica a este Tributo a Sabina, titulado Ni Tan Joven, Ni Tan Viejo, que parafrasea en mutación el título de una de mis canciones preferidas del poeta, por cierto ausente en la selección de 25 temas, y que, en mi opinión, tampoco le hace justicia del todo al conjunto por aquello de las similitudes formales con el ‘Ni Chicha, Ni Limoná’, de Víctor Jara. Entiéndase, pues, el título, como un guiño intergeneracional y, quizá, de eternidad creativa, por aquello de que gusta desde a los prepúberes como a los que andan en la plena senectud. Desde Guitarricadelafuente (21 años) a Joan Manuel Serrat (76 años). Y en medio de ellos, cantantes y autores melódicos, canallas y canallitas (que no es lo mismo), rockeros, más poetas, poperos con y sin botas de cuero… todos conversos a versos a la religión de Joaquín Sabina. Es más fácil encontrar rosas en el mar (ausencia destacada que nos robó la salud) que discutirle la imponente colección de canciones de Sabina, que da para otros dos discos como este y, para los que le apreciamos, hasta un tercero. Tampoco será cuestión de ponerse a repasar nombres que nos gustarían (cada cual tendrá los suyos) como si fuera una concreción del pasodoble de amigos ausentes (Sí recuerdo que bandas de rock como Porretas o Benito Kamelas hicieron hace años sus versiones). La crítica va, rasa y al pie, comentando impresiones individuales de cada una de las 25 canciones. Y no pido perdón porque ya no le importa.
Belo – La Verdadera Historia De Todas Mis Mentiras
Es una norma no escrita. Siempre en mis discos del año hay alguno que entra en la lista anual de medallas sin tener la crítica completa hecha. Una loable tradición, por otra parte. Por fin saldo la deuda pendiente con este estreno/reinvención en solitario del asturiano Belo, que después de cimentar una sobresaliente discografía con Los Susodichos, apunta a unos textos más personales si cabe y con algo menos de distorsión. Ello le da una mayor dosis de libertad en algunas formas melódicas y armónicas, que vienen a reforzar sus capacidades, puesto que sigue siendo capaz de hacer sangre colectiva desde la autocrítica más feroz y acusadora… y personal. Una forma de entender la música y la vida algo suicida, pero frontalmente creíble y abrumadora. El noble arte de mirar hacia dentro y mostrar las vísceras. Un oro con un profundo sabor a sangre que viene con la garantía de calidad que viene demostrando El Dromedario Records con sus apuestas no tan populares, pero siempre certeras y con mucho de alma detrás, la misma que se ha dejado Belo en estos diez nuevos trozos viscerales en forma de canción.
Ars Amandi – En Tierra de Castillos
En pleno auge o renacimiento del rock y heavy con matices celtas, que habituó a los oyentes a los sonidos de violines y flautas, Ars Amandi aprovechó su momento y de qué manera de 2003 a 2006, colándose entre la primera fila del género con la mayor de las seguridades y con una propuesta que resultaba, a la postre, mucho menos impostada y auténtica que ‘los clones’ que salieron por doquier al calor de esa hoguera. Se marcaron cuatro discos en cuatro años. Véase Autóctono (2003), En Tierra Firme (2004), Camino Al Destino (2005) y Desterrado Entre Sueños (2006). Todos ellos están regados de singles bastante reconocibles y de gigantes canciones. Después, el interés por el género comenzó a decaer y El Rincón De Los Deseos (2010) fue acogido con una frialdad que derivó en varias trabas en el camino, que hizo difícil mantener a la banda en pie. Fue en marzo de 2014 cuando se anuncia el regreso del grupo que, sin grandes delirios de grandeza, ha sabido ir paso a paso recuperando el pulso y haciéndose un nuevo sitio en una escena donde, insisto, ganan por la autenticidad de su folk. Al calor del escenario nacería el EP El Arte de Amar (2015) y en 2018 saldaron esa histórica deuda del disco en vivo con el DVD Directo Al Corazón. Ahora, con las armas afiladas y la maquinaria engrasada al cien por cien, En Tierra de Castillos es su conceptual consolidación desde el estudio.
Sandré – Ave Muñón
Seguro que voy a tardar más tiempo en escribir esta crítica que en lo que tardamos en escuchar todo el disco. Valga de referencia para el puñetazo que se ha sacado del cuerpo Sandré para su disco debut. Ave Muñón son once descargas de velocidad, acidez y animalismo sin menor concesión al resuello. Casi os diría (sin hacer demasiada memoria) que puede ser uno de los tres mejores discos de punk publicados este año en nuestra escena. Visceral, salvaje, con retranca, edulcorando la virulencia con las melodías de las voces femeninas que, eso sí, no rebajan por ello su energía. Los compartimentos estancos en los que se divide la música en nuestros días (aquí, resistiremos) me hacen intuir que, por temas de sonido o actitud, Sandré acabe entrando con mayor facilidad en los circuitos indies que en los del punk-rock al uso. Es decir, que veo más fácil que comparta cartel con El Columpio Asesino que con Gatillazo (de ahí que insista una y otra vez en que no rechacéis todo lo que sale en los carteles), pero os aseguro que la descarga vale la pena, para quienes gocen con la velocidad y lo cortante del género. No hay tregua, van a devorar al oyente en un auténtico atropello sónico que, lo peor de todo, engancha. De la portada, con en esos iconos que tanto recuerdan al libreto del ¿Cuándo Se Come Aquí? de Siniestro Total, ni hablamos. Con todos ustedes, desde Barcelona, Sandré.
The Dry Mouths – Lo-Fi Sounds For Hi-Fi People
Segundo álbum de los almerienses The Dry Mouths en este 2019 que, a buen seguro, jamás podrá olvidar, ni como personas, ni como músicos, ni como banda. El pasado mes de febrero (el mismo febrero que yo también maldigo), un rebato súbito se llevaba por delante la vida de Andy Reyes su bajista, quien dejó como legado, además de su propio gigante y buen recuerdo, dos discos grabados con sus compañeros de grupo, Christ O. Rodrigues (voz, guitarras, sintetizadores) y Josh Morales (batería y coros). El primero de ellos vio la luz apenas dos meses después, en abril, bajo el título de Memories From Pines Bridge. Un disco de preponderancia instrumental, que se ve completado ahora con Lo-Fi Sounds For Hi-Fi People, que combina cinco canciones con otros tres pasajes instrumentales. Como viene siendo habitual, el disco sale de la mano de una multitudinaria coedición, que reúne a Spinda Records, Aneurisma Records, Bandera Records, Desorden Sonoro, Odio Sonoro, Zona Rock Productions, Gato Encerrado Records, Fuzz T-Shirts y Violence In The Veins. La música de The Dry Mouths siempre ha tocado fibras de difícil localización pero, sin lugar a dudas, estas dos últimas entregas tienen un aura indescriptible que refuerzan las emociones para una banda repleta de matices y capacidad para la trascendencia.
Loquillo – El Último Clásico
Podemos debatir o no en si alguna vez ha metido la pata en alguna declaración (¿a quién no le ha pasado?), pero no voy a entrar en lo manido de si no compone las canciones en esa estúpida manía de cuestionar a los intérpretes. O en restar valor a la dirección de un equipo para la consecución de un fin. (Por esa regla, ¿para qué vale un director de una orquesta sinfónica si no es suya la partitura que están interpretando ni tampoco está tocando un instrumento?). Ni tampoco en que su voz no sea un prodigio técnico (¿Lo es la de todas las bandas rockeras y punks que escucháis?). Lo siento para los que escuchan su nombre y su voz y les sube el exabrupto a la boca porque les puede la bilis a una opinión discordante y a un análisis más cabal. Loquillo ha sacado (y se la) un señor disco de rocanrol en El Último Clásico. Podemos tener nuestro orden de preferencia en la decena de temas pero todos, absolutamente todos, tienen un poder hímnico y aglutinador que casi parece un fin de fiesta constante. Como las largas tandas de bulerías tras un recital flamenco. El hecho de haber confiado las composiciones a tantos y variados escritores y músicos amigos hace que todos hayan optado por buscar la canción total, el tema congelado en el tiempo y simbólico de una forma de vivir el rocanrol. Aires épicos, sonidos que recuerdan al rock español de los sesenta, country rock, algo de raíz negra por la vía Motown, también mucho de New Jersey. Una explosión de vitalidad que para un tipo que, con la previsible larga gira de presentación del álbum, se va a meter en los 60 años. Y, que ladren, que parece que hay cuerda para otra década más.
Coque Malla – ¿Revolución?
Si hace unos días escribía del cántabro Rulo y sobre cómo (dicho por él) ha afrontado la crisis de cumplir 40 componiendo canciones, ¿Revolución? es el álbum con el que el madrileño Coque Malla entra en el medio siglo. Lo hace sin el menor atisbo de cansancio o agotamiento, especialmente renovado por su vuelta a la ciudad. Claramente confiado por la buena aceptación que supuso el, de alguna manera, revolucionario El Último Hombre En La Tierra, que se ganó de forma meritoria aquella coletilla de ‘su disco más maduro’, tan manida como aquello de ‘el más oscuro’ o ‘combinar modernidad con tradición’ de las críticas culinarias. El álbum ha nacido sin prisa (en torno a tres años) y confirmando el excelente estado de forma creativo en el que se encuentra Coque. Con libertad plena (si es que alguna vez no la tuvo) para sonar discotequero, sinfónico o, incluso, rapear. Un trabajo del que se cita como mayor influencia las sesiones de escucha de Daft Punk, aunque yo destacaría más su lado sinfónico y de cuerdas. Donde aparece claro el referente de The Beatles, de quien solo he leído referencias a Fernando Neira desde la página web del artista, y también de Supertramp o, incluso, Frank Sinatra y otros crooners. Para un tipo que tiene himnos generacionales en su época con Los Ronaldos y otra gran colección de puñales en el corazón en solitario, decir que prevemos que su próxima década va a ser la mejor es mucho decir, pero es que ¿Revolución? hace pensarlo.
Depedro – Érase Una Vez
“La madurez del hombre es haber vuelto a encontrar la seriedad con la que jugaba cuando era niño”. Con esta frase del siempre denostado Friedrich Nietzsche viene a ser una buena introducción para comenzar la crítica del nuevo trabajo de Depedro. El músico trotamundos y multicultural (que no mestizaje) se pone serio en su nueva entrega a la que ha cuidado con mimo durante largos cinco años. Y no es para menos, ya que son los niños y niñas los protagonistas de un álbum en el que compila vívidas emociones de infancia, en las que fabula sobre dragones y castillos, elefantes que vuelan, tiburones de trapo, islas pirata, astronautas, charcos, lobitos buenos, brujas hermosas, príncipes malos, piratas honrados, estrellas que pescar… Donde prima la imaginación y se desecha todo lo que se da por supuesto, reivindicando el derecho a jugar. Lo hace sin mutar su expresión musical, con sus armas bien conocidas y con la banda habitual que lo lleva por un viaje por los compases cálidos, los sones dulces y elegantes, una voz repleta de matices y una ilusión contagiosa ya que, como él escribe, el álbum está dedicado “a eso tan importante que es la niñez, que en mi caso no he superado y espero que así continúe”. Así debería ser siempre.
Segismundo Toxicómano – Sangre Fácil
Nunca se lo he confesado a Placi, que lo leerá por primera vez, pero reconozco que a Segis le fui cogiendo el punto y el gusto con el paso de los años. Cuando actuaban en el extinto Aúpa Lumbreiras o en las fiestas de presentación de dicho festival, su actuación estaba lejos de ser de mis favoritas, incluso me venía a desgana. En primer lugar, primaba mi desconocimiento. No había profundizado lo suficiente en ellos. En segundo lugar, hay que tener en cuenta que su sonido ha ido ganando con los años. Es decir, que fue su evolución, a partir de Auschwitz 05 y, sobre todo, Una Bala, cuando le presto más atención hasta convertirse en unos imprescindibles. Pero creo que no es casual, creo que es esta década que está cerca de expirar cuando la banda ha encontrado su momento dulce. Un reconocimiento meteórico también en cuanto a público. Por eso, todo el mundo se quedó a contrapié cuando Segis, en una exclusiva de RockSesión, anunciaba que hacía un parón indefinido. Mañana se cerrará un pequeño círculo. Tuve la suerte y la confianza de la banda para dar aquella exclusiva y también me han confiado la redacción de la hoja promocional de su primer disco en más de cuatro años. Tengo la suerte de llevar varias semanas escuchando Sangre Fácil y sus trece canciones. Y hoy, un día antes de su lanzamiento, os comparto mi texto al respecto, que ejerce de crítica y adelanto de lo que os vais a encontrar. Son los Segis y van al puto lío… pero mejor todavía.












