Robe; se marchó volando la constante búsqueda de la emoción

Apenas eran las cuatro de la madrugada cuando me llegó hoy uno de esos mensajes que nunca quieres ver: «Chayi, querido amigo. Robe ha fallecido». El suelo temblando bajo los pies. Los recuerdos, las risas, lo vivido, lo cantado, lo sentido… No querer creerlo. Y un dolor inmenso. Con el paso de los minutos mi móvil ya no ha parado. Antes incluso de subir el comunicado oficial a la web y las redes, se han agolpado pésames y abrazos sabiendo que –de las pocas cosas me siento plenamente orgulloso en este oficio- mi relación con Robe era cercana, natural y divertida. ¡Con lo acojonado que fui el primer día cuando solo concedió entrevistas a cinco medios! (Recupero sin embargo la imagen más reciente con él, porque me comentasteis que nunca habíais visto a Robe tan sonriente en una foto y prefiero evocarle así, feliz). Ya con el café me llegaban distintas propuestas para escribir artículos y obituarios; he declinado todas –solo he hecho alguna radio y un par de declaraciones para reportajes corales-. En primer lugar porque sentía que no iba a poder hacerlo; en segundo porque no debía. Pensé que lo justo era hacerlo aquí, en esta casa que ha sido desde su nacimiento un poco ‘refugio’ de la pasión por Extremoduro primero, por Robe después. Porque aquí he sacado a airear el corazón con sus canciones como transmisor, como protección. Y supisteis entenderlo y entenderme en esa visceralidad emocional, quizá también arrojándome un mérito que no era mío, era de Robe. La pasión común. En cada crítica, crónica y entrevista, he dado una entrega de vida que, alguna vez lo he dicho o escrito, para mí ha sido más vida, más intensa, gracias a sus canciones. En la tormenta y en la calma. Hoy escribo estas líneas atribuladas sin saber muy bien qué decir. Dejo las ventanas sin cerrar y la puerta abierta…

Sé que muchas personas esperáis encontrar consuelo en estas líneas. Spoiler: no lo hay. No lo hay porque no siento consuelo a su adiós terrenal. He buscado paz escuchando algunos discos esta mañana y esta tarde, pero no hay verbo ni verso que no me queme por dentro, que no haya cantado, que no me haya sacudido el árbol de la rabia o el del amor. Robe se ha ido volando y nos deja para siempre, siempre, los resultados de su constante búsqueda de la emoción.

Tampoco encontraréis un repaso a su carrera o sus hitos porque os los sabéis y porque lo he contado ya aquí a lo largo de estos años. Ni tampoco un discurso estructurado. No es el día. Y no me nace hacerlo así, porque todavía los ojos se cuartean y la mente no anda demasiado lúcida.

 ¿Por dónde empiezo entonces? Dejo caer impresiones y emociones que me han venido hoy a la mente.

Rebusco en mi memoria el rincón de los años de instituto, porque creo que entre mis primeros sueños de vocacional estudiante de periodismo siempre estuvo entrevistarle. Como le pasa a mi colega Óscar (Beorlegui) en lo de trabajar en su equipo, jamás podría haber soñado entonces que con el paso de los años iba a entrevistarle en más de media docena de ocasiones –entre web, revista y libro- y que, de alguna manera, iba a entrar en ‘círculo de confianza’ y cordialidad más amable, que no es incompatible con la terquedad de un carácter más abrupto en otros tiempos, suavizado con el paso de los años, pero siempre decidido cuando tenía una idea en mente, un objetivo.

Hoy recuerdo también la infusión de nuestra primera entrevista hace más de diez años y también la última tarde de risas tras la prueba de sonido de su concierto en Almería en verano del año pasado (a la que pertenece la foto). La cara de sorpresa cuando le bromeé sobre el origen de mi apodo y la risotada inmortalizada por Alén cuando me soltó que los autores tendríamos que entrar con una escopeta recortada en las editoriales. También firmándome su novela y yo firmándole mi primer libro. Como es lógico, jamás pensé que fuese la última vez que iba a verle.

Hay otro recuerdo que no deja de asaltarme, quizá más cruel. Su respuesta (a la que dio muchas vueltas) a cuando le pregunté si se veía en el escenario con 70 años en aquel primer encuentro: «No sé como quién, pero me veo cantando siempre. A lo mejor en el escenario no, pero haciendo canciones sí. A lo mejor del escenario puede que algún día me canse, pero de hacer canciones no. –Se lo piensa más, y reafirma- Sí. Sí me veo en el escenario, pero haciendo lo que me dé la gana, no me veo atado a ninguna pauta ni a ningún estilo. Me veo si tengo algo que decir, si no, no».

Y es un recuerdo que duele incandescente porque me ahoga pensar que no haya podido cumplirse porque, lo sabéis, le quedaban muchas cosas que decir. Robe se ha ido en una recaída traicionera, después de casi haber tenido el partido remontado. Se ha ido luchando, sí, como un guerrero y con muchas ideas en mente, como dice Juan Carlos Ramos, con ganas de hacer más cosas. Esa palabra que tanto ha usado a lo largo de su vida: ganas. Ganas de sacarse esa espina acerada clavada en el costado (hoy llevo bajo el jersey la camiseta de la gira de Yo, Minoría Absoluta) que fue la suspensión de los conciertos de fin de gira de Ni Santos Ni Inocentes en Madrid. Me jode también profundamente que se haya ido con esa sombra, como sombra fue el abrupto final de la cabecera de Extremoduro por la que tanto peleó cuando nadie le hacía caso. Como me jode que las cosas con Iñaki no se ‘asearan’ como sí hicieron Boni y El Drogas.

La de Robe, el músico, es una historia de empecinamiento. De caerse y levantarse una y mil veces, parafraseando a un Chinato a quien escribí bien temprano para recordarle que, como decía Robe en el libreto de Deltoya a cuenta de ‘Ama, ama, ama y ensancha el alma’, queremos que siga siendo un poeta vivo. Nos entendemos con poco. Su respuesta ha sido corta pero suficiente. Manolillo… Otro regalo que le debemos a Robe, porque gracias a él giró la rueda que permitió darle a conocer. Puro amor y pasión. Como el corazón compartido por Fito.

También he llorado hoy al leer a Kutxi Romero. «Luna de sangre para el amante de la primavera, hermano del sol, guardián de las amapolas, domador del viento, amo y señor del verso. Luna negra y ya perenne para el mar que hoy cesa en sus mareas, que se duele con un llanto que viene de la noche de los tiempos. Luna oscura, de entraña, para un mundo que se detiene y que nada puede decir porque el trovador le ha robado la lengua, las palabras, el aliento. Luna enlutada por ti, Robe. Ve con ella, ahora que por fin te crecieron las alas, y cuéntale que pronto llegaremos; haz que se vuelva a encender para cegar a la tristeza. Vuela, poeta, vuela, vuela sin miedo, tal y como caminaste. Mientras tanto, aquí seguiremos, habitando tus huellas, en esta noche que no termina».

Podría replicar otros muchos mensajes de bandas y artistas que han compartido hoy su respeto por Robe. Algunas coetáneas o cercanas al mundillo del rock transgresivo o poeta, otras más alejadas pero, en común, elogiando la influencia que tuvo en todas ellas, en provocar la chispa, la motivación creadora. ¿Tan complicado es de entender? Me joden estos tiempos en los que, para algunos, a veces un dolor tiene más legitimidad que otro. Ayer quienes lloraban por Jorge Martínez de Ilegales –su muerte ya me dejó tocado ayer, como expliqué- no se veían enjuiciados por los del abrupto fácil. Triste es la muerte, pero más lo es una vida tan falta de empatía. A esos no les dedico ni una palabra más. Siempre es mejor crear, como ha dicho El Drogas: «Dos maneras irreverentes de entender la vida y saber plasmarlo con música y escritura; en canciones. Jorge y Robe, a vuestra salud (y siempre KAÑA)».

Robe nos enseñó a soñar con cosas imposibles y os voy a compartir que cuando hablaba con él de cómo Rosendo ‘firmó’ la jubilación más absoluta al cumplir los 65 reglamentarios de entonces, yo siempre soñé con tener a Robe con disco y gira a los 64 como buen y justo gesto con Los Robe, y con unas poquitas fechas de Extremoduro en un acto de generosidad final para cerrar las cosas bien cerradas antes de despedirse, de verdad y bien, de los escenarios. Era mi guion perfecto, sí, ¿y qué? Como canta –porque lo canta cuando le doy ahora al ‘play’, como me decía Fito hace poco a cuenta de si Platero sigue o no vivo- «soy yo el guionista de mi única novela / y siempre gano y me caso con la buena». También soñaba con un conversaciones definitivo, por qué no, a sus 70, como ciframos entonces.

Robe ya no está entre nosotros pero ya es todavía más leyenda de lo que era para quien tanto queríamos. Me quedo-y repito- con la actitud vital que ha sido el denominador común a lo largo de toda su trayectoria artística: la de la búsqueda de la canción, del verbo y el verso preciso para la emoción perseguida. Ya sea en lo rudo y desafiante de los primeros años, o en la valentía de ofrecer sin miedo la fragilidad y sensibilidad hacia el amor, la ausencia o el paso del tiempo de La Ley Innata a esta parte…

Las palabras de poeta y provocador necesarias para divertir, para enamorar o para agredir. De filosofar en tiempos de ira. De dar valor a un sauce llorón en tiempos de guerra. De intentar cambiar el mundo cada día, aunque tocara siempre perder. Y volver a intentarlo.

De vivir a cada hora esclavos de la intensidad y vivir de la necesidad.

¿Y cómo cerrar esto cuando solo quieres que haya puntos suspensivos para que la historia no se termine…?

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Publicado el diciembre 10, 2025 en Actualidad y etiquetado en , . Guarda el enlace permanente. 12 comentarios.

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