El Columpio Asesino – Diamantes (2011)

En ese repaso de nombres que suelo hacer de vez en cuando en las ocasiones que ofrezco en el escaparate alguna crítica para un grupo ‘no normativo’ dentro de los cánones más férreos del rock más arquetípico, siempre me suele venir a la cabeza el de El Columpio Asesino. Ayer (por fin) caí en la cuenta de que no lo había traído nunca a la sección de críticas remember de los viernes y (por fin, de nuevo) hoy es la ocasión definitiva. Formados en Pamplona, una tierra que es cantera del rock de trinchera, sea por la vía combativa o por la vía más poética, El Columpio Asesino es de esas bandas a las que es imposible catalogar. O, bueno, podéis hacerlo, pero cualquier etiqueta no definirá o incluirá todas las caras de un ente poliédrico. Y sí, a mí me parece bien que haya grupos que defiendan una forma canónica de interpretar determinado género, lo que no es óbice para valorar todas esas propuestas cruzadas en las que se huye del inmovilismo, ya sea de manera humorística o críptica, de forma juguetona o circunspecta. No voy a repetir de nuevo algunos ejemplos mencionados esta misma semana. Lo que sí que voy a repetir es que hace tiempo que las fronteras dejaron de tener sentido y que ceñirse solo a una fórmula o manera es, para empezar, poco evolutivo, pero también una manera de perderse infinidad de registros que son disfrutables de otra manera, que no adolecen de potencia, sensibilidad y calidad. El Columpio Asesino es de esos, recogiendo en distintos grados a lo largo de su discografía el gusto por el noise, lo alternativo, el post-punk y la electrónica aplicada a la generación de ambientes turbios. Elegimos Diamantes, su cuarto disco, el que les llevó a multiplicar su alcance gracias a, claro está, ‘Toro’. Pero son mucho más.

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Parquesvr – Si No Fuera Por Estos Momentos, Sería Por Otros

Llegué tarde a su escucha como para traeros en 2019 la crítica de Talego Quini, el debut de Parquesvr, a quienes tenía marcados en rojo desde ese momento, gracias a temas como ‘Tom Petty’, ‘Lance Armstrong’, ‘1992’ o ‘Puretrap’. Temas en los que un corrosivo humor, que nos conecta a otros grandes del género como Juan Abarca y sus Mamá Ladilla, sus hijos putativos Gilipojazz, se presentaba con un rock adusto, cortante y bastardo en su promiscuidad con todo tipo de géneros con personalidad propia. Más adelante, pegaban un repaso del bueno en el single ‘Pero’ a todos aquellos del “no soy machista, pero… No soy racista, pero…” a ritmo de salsa vigoréxica. Por eso, tenía claro que, si mantenían el nivel, su segunda entrega iba a acabar entrando por la puerta grande a esta casa. Así, Si No Fuera Por Estos Momentos, Sería Por Otros se presenta reforzando todo el descaro que la banda ha venido anticipando también en forma de singles previos y que nos ofrecen un combo que partiendo del rock deja que la locura y la ironía sardónica de sus letras impregnen y lleven la presentación formal a donde les pida el cuerpo. Hace tiempo que ‘el rockerío clásico’, a veces excesivamente purista, debería entender que la contemporaneidad de las formas y la apertura en los esquemas es una excelente forma de permitir que, precisamente, el rock no muera. Así lo hemos escrito tiempo atrás con los recomendadísimos (cada uno por distintos motivos) León Benavente, Biznaga, Vetusta Morla, Triángulo de Amor Bizarro, Airbag, Nudozurdo, Carolina Durante, Los Punsetes, Ángel Stanich, Inc, Mausoleo, Sandré, Pantocrator, Depresión Sonora, La La Love You, El Columpio Asesino, Kitai, Sexy Zebras, Varry Brava… Nombres que no pasarían ‘el filtro’ del festival tipo Viña Rock, ni el de la supuesta superioridad moral del rock americano, pero que están muy por encima de eso que más de uno, por encima del hombro, encuadra en el indie.

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Kaos Etíliko – Revuelta

Aunque verano siempre suele ser un solar para el tema de lanzamientos de álbumes es cierto que como ya no se venden como antes (de verano a primavera) ni tampoco hay un sello discográfico que invierta en campañas de promoción que precisen de efectividad y vuelta de la inversión se está haciendo algo más habitual en el mundo alternativo que cada cual adapte el momento a sus circunstancias. Sin ir más lejos, en el de este año hemos visto salir, entre otros, el regreso de La Gripe (el grupo de ‘los Platero’ Juantxu Olano y Jesús ‘Mongol’) o Chatarra, el punk lúgubre de Mausoleo, el metaleo de Bones of Minerva, el rock más clásico de Sidecars, Pablo Fugitivo o The River Band, la más de autor de Lena Carrilero. Hasta las más ‘mediáticas’ Tanxugueiras o Mónica Naranjo han optado por lanzarlo en verano, como hemos venido desgranando con sus convenientes críticas estas semanas atrás. En ese periodo, me recordaban al inicio del curso el ruidoso regreso de Kaos Etíliko, que viene ‘resucitado’ por el vocalista fundador Zigor Leza, no exento de un conato de polémica, puesto que poco antes de la salida del disco anunciaba la llegada de un burofax que cuestionaba lo lícito de volver a recuperar el nombre de la banda, después de que salieran tres por dos calles en el año 2000. Lo aclaro para neófitos, los guitarristas Aguayo, Aguayiko y el bajista Fonta fundaron Kaótiko, con nombre y maneras muy similares (de hecho su repertorio sigue incluyendo canciones de la época de Kaos Etíliko) y, por otro, Zigor y Kepa, voz y batería de la banda original, primero como Lacaza, que solo publicaría un álbum, y después con tres discos bajo el nombre de Sioux.

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Sho-Hai – Polvo

Saben ustedes que mi acercamiento al mundo de hip hop y el rap suele limitarse a pequeños nombres contados que caben en los dedos de las dos manos (hace unos años me sobraba una de ellas, incluso, vamos poco a poco). Toteking, SFDK, Solo Los Solo, Frank T… Hoy nos importa que uno de ellos siempre fuese Violadores del Verso a quienes llegué, como todo metalero-rockero, por su conexión especial con Soziedad Alkohólika. Siguiendo con estas interrelaciones, a Sho-Hai le tuve siempre mayor respeto y cariño por otra relación cruzada, en este caso con la familia de Hora Zulú. Si a alguien que le tienes honor y ley (no tengo a muchos artistas en esa categoría elevada) como Aitor Velázquez siente honor y ley por el protagonista que nos ocupa, automáticamente adquiere para mí el mismo derecho. Con esa condición, y aunque en RockSesión tenemos tendencia a salirnos del guion con frecuencia, tenía claro que iba a escuchar con atención el nuevo lanzamiento del artista maño, Polvo, que llega cinco años después de La Última Función. Un álbum que refrenda y reitera todas las radiantes virtudes de rapsoda rutilante. Querencias por el rap hardcore y hip hop clásico con una corrosiva visión del mundo, guiada por el humor negro y por una encomiable actitud de ser menos verborreico y más certero, dándole al conjunto un amplio sentido musical que va más allá de los arquetípico del género. Una combinación que solo puede conseguir quien es maestro de maestros. Brindamos por ello y por eso esta será siempre también su casa.

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Abismo – Esperando Al Ángel Negro

Con una poderosa imagen de turbiedad perniciosa e inquietante reforzada y afinada con respecto a su debut, que ya de por sí llevaba el más que clarificador título de Canciones Satánicas, llega cuatro años después el segundo larga duración de la formación turolense Abismo, liderada por Alberto Arnau, veterano músico de la escena local puesto que también forma parte de la banda Visitantes, que a su vez tiene integrantes de los también recomendables Effe. Como ven, Teruel también existe para el rock, porque tampoco hay que olvidarse ni de Azero ni de Isabel Marco. Pero no se lleven a engaño pensando que nos encontramos ante un grupo abotagado de black metal y letras sanguinolentas, sino que Abismo, que se movía en un rock oscuro de goticismo al uso, con algún destello de punk y con letras introspectivas tormentosas de libre interpretación, abre todavía más sus registros para ofrecer en esta segunda entrega mayor variedad sonora y con algo más de velocidad y también en la actitud de los textos, que pasan a ser narrativos y con referencias claras. Son trece cortes cocinados a fuego lento durante cuatro años. Un disco que, pese a lo indicado, acaba conquistando porque se han sacudido las telarañas y los tempos lentos para variar a unas formas que oscilan entre la accesibilidad melódica, arreglos casi góspel, y también del punk, al hard o algún que otro recitado truculento, con la firma y distintivo de calidad que confiere el haber sido grabado, mezclado y masterizado en El Sótano de Pamplona de Iker Piedrafita, que lo produce junto al propio Arnau. “A los ángeles del rock and roll que protegen nuestras almas de lo vulgar y lo corriente, a las musas de la inconformidad que nos conducen a lo salvaje”.

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Los Rebeldes – Rebeldes Con Causa (1986)

Con una veintena de discos publicados (entre directos y ediciones especiales), Carlos Segarra y sus Rebeldes son historia viva del rocanrol en España. Y es muy fácil decirlo, pero también lo es olvidarlo. Forma parte de esa corte de grupos que surgieron cuando había muy poco donde mirarse que no fuese extranjero. Y tienen el valor de no haber sucumbido nunca ni a modas ni al tiempo. Hay algo en su paso asociado a rutina y, en la música, a veces se asocia a la fina capa de olvido que dejan algunos. Por eso, desde aquí no nos cansaremos de reconocer los méritos a grupos como ellos. Cuatro décadas de rock tamizado de blues, de swing, de rockabilly, de estilo clásico. De grandes baladas y sensaciones de juventud primeriza. Ese sueño del que se ve con una banda de rocanrol. Segarra tiene la suya y tenemos la suerte de que la lleva compartiendo con los demás toda una vida. Es una banda a que Carlos fundaría en 1979 tras hacer sus pinitos iniciales junto a Loquillo en Teddy, Loquillo y Sus Amigos y tras pasar fugazmente por Correo Viejo. Antes de su debut, en 1981 y como Los Intocables, acompañarían a Loquillo en el single de ‘Esto No Es Hawai’. El primer álbum que grabaron, Cervezas, Chicas y… Rockabilly! tenía todavía ese carácter iniciático de versiones, con temas muy cercanos al mundo de Eddie Cochran y similares. Tras el single Carolina/Demasiado Whisky y el epé Esto Es Rocanrol en 1982 y 1984 llegaría en 1986 el segundo larga duración y, ahora sí, cambios de alineación mediante, la apuesta definitiva que consolidaría a Los Rebeldes en la escena, para la llegada posterior de sus ‘Mediterráneo’ y compañía. Este Rebeldes Con Causa equilibra la bisoñez de los comienzos con ese paso hacia un gran público que les recibió con los brazos abiertos. Nunca estuvo tan de moda ser rocanrolero. Se merecen, al fin, ser crítica remember.

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Fito Garmendia – Ahora

Escudero de lujo en términos caballerescos, jugador de equipo para los deportes colectivos, gregario sacrificado en el caso de aquellos ciclistas que ayudaban a forjar la grandeza de los grandes mitos… Hay muchos calificativos para aplicar a esas figuras de apoyo que han ayudado alejados del foco principal a elevar la leyenda de estrellas de nuestro rock. Fito Garmendia es uno de esos (grandes) tipos y músicos. Tras tener experiencias previas, él vivió la época dorada de La Fuga y se marchó días después de que Rulo anunciara su salida para formar parte de La Contrabanda que le acompaña desde entonces en su camino ‘en solitario’. Cerca de 25 años siendo el báculo de confianza, la mirada a un lado para sentir que todo va bien. Un papel de discreción elegido de manera voluntaria que ahora, animado por el propio Rulo y por amigos y músicos de confianza, pasa a protagonista. Motivado sobre todo por ese parón pandémico y la necesidad de buscar nuevos retos dentro del oficio. Una decisión más que valiente y loable, sobre todo cuando es más una necesidad expresiva ahora que se aproximan los cuarenta y diez, parafraseando a Sabina, que por interés comercial. Embarcado en carretera con Rulo en esas ‘Noches De Fuga y Contrabando’, el lanzamiento del disco tendrá también su pequeña gira de presentación que ya tiene en Bilbao, Palencia, Madrid, Zamora (10, 19, 24 y 25 de noviembre, respectivamente) y Santander (3 de diciembre) sus primeras fechas confirmadas. Más allá del resultado final, cuando un disco está hecho sin delirios megalómanos ni ambiciones desbocadas, en esta casa aplaudimos esta concepción romántica de la necesidad de contar retazos de vida, sean las fotos a contraluz o no. Bravo.

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Huracán Rose – Ascendente Vertical

Más madera. Al rugido tempestuoso que presentaba ayer trayendo al escaparate el debut del curtido trío que da vida a Pionera y su Bolsa De Piedras sumo hoy otro disco furioso de guitarras (¿quién había dicho que ya no existían?) y rítmica con los bilbaínos Huracán Rose. Ascendente Vertical es su segundo larga duración y cuarto trabajo, después de debutar en 2016 con una suerte de epé maquetero de cinco temas denominado Canciones Bélicas Para Días De Paz (curioso, hoy habría que titularlo al contrario), doblar la apuesta en 2019 con su elepé Rara Avis, y hacer un ‘aterrizaje – puesta en marcha – post pandémica’ con el siete pulgadas 5.04 (la duración de los dos cortes) en 2020. Ahora, y desde el pasado 22 de septiembre, la formación de power rock descerraja un segundo largo (diez temas en poco más de media hora) bajo el nombre de Ascendente Vertical. La propuesta es muy clara: rock poderoso, acelerado y cortante a veces hasta acercarse a terrenos más punkis… con ese particular sello y maneras que ofreció el salvador rock escandinavo (The Hellacopters, Gluecifer, Turbonegro y un largo etcétera) desde principios de la pasada década. Solo dejarse llevar y perderse por la contundencia de las cuerdas de acero (que diría Barón) sería más que suficiente, pero es que además el quinteto viene más certero que nunca, dando un salto de calidad de lo más notable y que debería hacer que sus directos, crochés, ganchos, uppercut y hook lleguen más contundentes que nunca al mentón del discurso acomodaticio de aquello de que “el rock está muerto”. Que caigan a la lona.

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Pionera – Bolsa De Piedras

En un espectáculo de monólogos que tuve que cubrir el pasado viernes decía uno de los cuatro cómicos que “septiembre es el lunes de los meses”. Y, pensado bien, sí que le viene mejor la definición a septiembre que a enero, como podría ser lo convencional. Entre el inicio de curso escolar, la vuelta a las rutinas para aquellos que tienen el grueso de sus vacaciones a final de agosto (en mi caso, hasta bien entradito septiembre), la llegado de los primeros fríos tempraneros que acaban pillándote a contrapié en algún momento y llevándote tu primer gran resfriado de la temporada, los buenos propósitos que no puedes cumplir porque ni tienes el ritmo ni las fuerzas y un largo etcétera… al final sobran argumentos para que se lleve ese honor. En esta activación de la maquinaria, venimos también cumpliendo con las novedades que se vienen ‘desperezando’, puesto que verano es un territorio de pocos lanzamientos y septiembre se aletarga también. Por eso estoy optando por discos pendientes del verano (La Gripe, Tanxugueiras…) con otros recién  salidos del horno, como fueron los de Mausoleo, Bones Of Minerva, Pablo Fugitivo o Sidecars, apenas unos días después de su salida. En el caso que nos ocupa, me llegó la posibilidad de escuchar una semana antes de la publicación del álbum, el pasado viernes, día 23, que viene de la mano de este curtido trío de músicos que, tras acumular años de experiencia con otras formaciones como Ugatz, Familea Miranda, Standstill, Futuro Terror, Ainara LeGardon o Tokyo Sex Destruction, hacen debutar ahora el nombre de cabecera Pionera. Son Héctor (batería, voces), Katafu (guitarra, voz principal que aporta su acento chileno) y Rubén (bajo) y vienen, según definen, «con 33% rock alternativo, 33% grunge, 33% post-hardcore y 1% locura”. Una Bolsa De (diez) Piedras.

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Sidecars – Trece

Como si de un metrónomo se tratara, Sidecars ha acostumbrado a su público a contar con disco nuevo cada dos años y, como tal, no han faltado a la cita para este 2020 tras Ruido De Fondo en 2020, Cuestión De Gravedad en 2018, Contra Las Cuerdas en 2016 o Fuego Cruzado en 2014. Nada mal para unos años en los que la música no solo ha ido contemplando cómo las ventas de copias se han reducido a una expresión casi testimonial de locos y románticos, sino que también ha pasado el trance de, como otros muchos sectores, vivir un parón en seco con la pandemia (que afectó a la gira y promoción de su Ruido de Fondo), que terminó de comprometer a toda ‘la clase media trabajadora’ –término tan manido en nuestro días- del sector. Sin embargo, Sidecars fue de las bandas que apostó por seguir mientras el Titanic parecía hundirse, publicando un disco en plena incertidumbre y saliendo a tocar con aquellos conciertos con restricciones que tanto alegraron entonces, como lluvia en la sequía, pero que ojalá no vuelvan nunca más. Pasado el trance (y con unas sensaciones parecidas a las que nos evocó el último de estudio de León Benavente), cuando podríamos pensar que lo peor había pasado y que vendría un álbum de hedonismo, de ruido y furia, como Faulkner, resulta que Sidecars vuelve a sorprender dentro de sus coordenadas perfectamente reconocibles, con un álbum de marcado carácter circunspecto, desencantado, analítico, aunque en muchas desesperado, y personal, lo que también ha virado las canciones en más largas y con otras atmósferas…

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