Kaótiko – Sin Filtro

Si es duro salir indemne del paso de los años para cualquier banda de rock más si cabe lo es para los grupos que se mueven dentro de lo que, en términos generales, podríamos llamar punk, aunque sea con una fuerte y marcada tendencia melódica. No hay ni un solo grupo en el que ‘la cla’ no ejerza su función plañidera de la autenticidad, de la defensa de los orígenes y principios de cada una de las formaciones, despreciando cualquier atisbo de novedad, evolución o sencillamente, que no hagan las mismas canciones que antes. Si le pasa hasta al patriarca Evaristo, imagínense con el resto de los mortales. Kaótiko lleva conviviendo con ello, sin hacerle ningún caso, desde hace casi diez años. Desde el EH Calling!!!, por fijar un referente discográfico. Claro, luego llegan los directos en los festivales y ahí poca gente les puede toser en el escalafón del género. Con este caldo de cultivo, tres años después de su anterior Aprende Violencia y con una pandemia de dos de por medio, los de Agurain – Salvatierra presentan el décimo de su trayectoria, noveno de estudio, con bastante poco que demostrar y sí como un nuevo ejercicio liberador para seguir guitarreando y ofreciendo melodías que no por accesibles pierden contundencia y agresividad, intentando dar otra vuelta de tuerca más a lo que ya saben hacer. Si en el anterior era algo más de oscuridad y efectos vocales, aquí ha sido todo lo contrario. Sin Filtro es una apuesta por la autoproducción menos intervencionista, lo que le ha dado al disco un sonido de directo bastante acusado, salvo los dos escarceos electrónico – bailables por los que ya veo a algún integrista del punk rasgándose (más) las vestiduras. Para esta casa es su mejor disco desde el citado EH.

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Siniestro Total, despediremos a los ‘viejos rockeros viejos’

“Hay que saber irse de una fiesta antes de que se vayan los demás”. Así dice uno de los estribillos de ‘Viejos Rockeros Viejos’, tema que forma parte de Era, el último disco de estudio de León Benavente, donde se ríen de sí mismos y su particular forma de sentirse cuando hacen gala de su condición rockera. No dista en demasía del “Hay que saber retirarse a tiempo” pronunciado hoy por Julián Hernández en la rueda de prensa que, junto a Javier Soto y Miguel Costas, ha dado hoy Siniestro Total sobre su concierto de despedida el próximo 6 de mayo en el Wizink Center de Madrid, bajo el subtítulo de ’40 Años Sin Pisar La Audiencia Nacional’. Que teniendo en cuenta que en el 88 ya cantaban aquello de “…y yo que viejo”, nos han aguantado más de lo que se podía imaginar entonces. Ha costado congelar algunas agendas para las que suelo trabajar, ha costado mover algunos pocos hilos, pero puedo confirmar ya que RockSesión estará ahí para contarlo y es de justicia que así sea. En primer y principal lugar por la propia relevancia de la banda. Siniestro Total ha representado el Rock con mayúscula en todas sus ‘desviaciones’. Desde la querencia acedecídica hasta el folk de raíz propia, de la fase ‘caca-culo-pedo-pis’, como alguna vez la ha llamado Julián en algún directo, hasta las múltiples referencias culturales y sociales elevadas e infrecuentes en el género en nuestro país. Del sentido del humor más corrosivo y la fiesta más bullanguera y etílica al blues más elevado y sofisticado. En segundo lugar, y en lo personal, porque Siniestro Total es uno de los primeros recuerdos rockeros de mi infancia, con los vinilos de mi hermano (Menos Mal Que Nos Queda Portugal o el Surfin CCCP con Os Resentidos, él con 14 años, yo con 4) sonando por casa de mis padres. Mi hermano se bajó del barco cuando Miguel Costas se fue, pero a mí me quedó Siniestro Total para siempre, disfrutando todas y cada una de sus épocas. Alegrándome el día… Había que estar. Y estaremos. (FOTO de la rueda de prensa Miguel Paubel – La Trinchera. Foto de la banda – Ricky Dávila).

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Pablo Und Destruktion – Ultramonte

En ese inmenso universo de opciones que representa la música, con el asturiano Pablo Und Destruktion me encontré por primera vez en ese oasis en televisión que sigue representando el programa ‘Los Conciertos De Radio 3’, allá por abril de 2016. En aquel momento andaba presentando y girando con los temas de su último disco de estudio por entonces, Vigorexia Emocional. Desde ese día pasó a formar parte de mi compartimento mental (siempre porosos, eso sí) que podría llegar el nombre de ‘música maldita’ o ‘música de malditos’ o ‘música poético-intensa’, ‘poesía visceral – suicida’, la que prefieran. Es un cajón donde habitan nombres a los que le he tenido devoción y obsesión absoluta en momentos determinados de mi vida, y respeto para siempre como Nacho Vegas, Javier Corcobado y, más duros pero con emociones similares, 713avo Amor o Viaje a 800. Canciones como ‘Bares Vacíos’, ‘Busero Español’, ‘Los Días Nos Tragarán’, ‘A Veces La Vida Es Hermosa’, ‘Ganas de Arder’ o ‘Mis Animales’ se hicieron sitio con rapidez en mis particulares selecciones del género. Rock alternativo, con mucho folk, como una suerte de paranoia psicodélica y unas hechuras muy alejadas a lo que viene siendo ‘la convencionalidad’. Ese soberbio disco de 2015, del que no escribí en su momento porque lo descubrí más de un año después de su salida, tuvo continuidad dos años después en Predación, donde Pablo llegó a todavía más gente con fórmulas que coqueteaban con el rock más al uso y hasta con cierta sonoridad indie. Así, del desvío tomado replicaría en recato y parquedad en Futuros Valores, más sobrio, desnudo y adusto. Un ejercicio voluntario de apartarse de las expectativas, por más que ‘Gijón’ diera tantísimo que hablar. Ahora, tras casi dos años de pandemia, llega Ultramonte. Quizá su disco más rico musicalmente, más decidido y más equilibrado, si es que ese adjetivo todavía puede aplicarse a algo.

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Vega – Mirlo Blanco

Más alto, más lejos, más fuerte. El lema olímpico original bien vale para representar el triunfo personal e individual de una persona que ha visto todo negro a su alrededor, hasta el punto de querer abandonarlo todo, y que, sin embargo, acaba sacando las ganas, el valor y la valentía para superar el trance y encontrar nuevos estímulos con los que seguir, con más brío y reafirmación propia su camino. Más alto, más lejos, más fuerte. Es el caso de Vega, la artista cordobesa que se vio ofreciendo un concierto de despedida (sin ser comunicado con anterioridad) en octubre de 2019 que, sin embargo, acabó siendo el bello comienzo de una nueva etapa, mucho más decidida, mucho más libre si cabe. Se alinearon los astros con el cariño de los compañeros de profesión, con un público que agotó entradas meses antes, con el resultado de la grabación y, especialmente, con las reconstituyentes emociones vividas durante la histórica velada. Uno no puede huir de lo que es, así que Vega entendió entonces que no era el momento, que había que seguir cantando porque la llama seguía encendida por más decepciones, contratiempos, sinrazones, discriminación negativa y cansancio de llevar todo autogestionado llevara encima. Ni siquiera una pandemia que truncó la gira de continuación que vino aparejada al lanzamiento de aquel directo ha podido con la entereza de Vega. Armada con su gente de confianza, grabando a la vieja usanza, partiendo de lo que iba a ser su canción de despedida como base, ofrece en Mirlo Blanco su décimo trabajo discográfico de estudio, el quinto de manera independiente. Un álbum de doce canciones de atmósferas distintas pero con el sentimiento común de la autodeterminación y el poder de la voluntad como medida de éxito.

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Antonio Álvarez. Teatro Apolo. 18 de febrero

Como bien recordaréis, decidí comenzar con el año de crítica el pasado mes de enero, dando salida a una buena colección de discos locales, de bandas de mi ciudad que, como en todas, buscan hacerse valer y notar, que les escuchen, tan solo eso, porque nada desmerece a otros tantos venidos de fuera. A veces, me incluyo, tendemos a valorar más a grupos de fuera, a pensar que lo de tu circuito no está a la altura y lo cierto es que si uno se detiene y se para a escuchar, lo tienen todo para gozar de un buen disco, de un buen concierto: canciones honestas, muchas ganas y un saber hacer curtido con fuerza de voluntad. En ese camino, el pasado 11 de enero escribía de Libre Asociación de Ideas, el quinto disco en solitario de Antonio Álvarez. Un pechinero almeriense de 51 años que ha hecho su camino en Granada, y que tiene las ganas y los sueños de quien empieza. Apenas un mes después de escribir la crítica del disco, me llegaba cubrir el concierto de presentación en el Teatro Apolo, que en este febrero ha abierto sus puertas a estas bandas, previamente con JJ Fuentes y The River Band. Anoche, volví al lugar y seguimos gozando de estos pequeños placeres sin grandilocuencias, de tú a tú. Así que a partir de este momento os dejo la crónica realizada como periodista del Área de Cultura y Educación del Ayuntamiento de Almería. Salud. (FOTOS: José Antonio Holgado para Contraportada / Pisadas En La Luna).

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Meteosat – Espunk! (2000)

Vamos a hacer un ejercicio de reduccionismo máximo para entender el concepto de lo que representa la crítica remember que traigo este viernes a la web. A principios de los noventa la música ‘indie’ en España venía a ser gente de corte más bien triste, tocando mirándose los pies, cantando en inglés y con poca intención de buscar el más mínimo aporte de accesibilidad o alegría. Con el paso de los comenzarían a generarse subcorrientes diversas, que derivaron en escarceos diversos en más o menos escalas de separación de este movimiento inicial. Entre ellas, por ejemplo, se colaría Dover y su Devil, por otro entrarían los autores con verdadero talento para escribir y presentar estructuras musicales más líricas y, también, grupos que empezaron a acelerar el asunto a terrenos de garaje, de ahí, guatequero, y ¡ay!, comenzó a entrar la alegría comedido en colorismo de diseño. De ese movimiento ya escribimos aquí en su día de Los Fresones Rebeldes, de Undershakers y a buen seguro de alguno más, que la memoria ahora no me da. El caso es que en esa vorágine nació este grupo que, ironía pura, estaba formado por culturetas (entre ellos Ignacio Escolar de Público y eldiario.es y con quien coincidí en La Voz de Almería) que presentaban un tonti-pop (se llamaba así, aunque no comparto su definición) que tenía su clara influencia en sonidos más añejos, sobre todo Los Pegamoides. Sin ser a día de hoy referentes ni símbolo de nada, Meteosat sí que representa muchos tópicos de aquellos años y de la industria. Es un grupo que salta desde la independencia más genuina, que atrae ojos del negocio por su reconocimiento por Rockdelux, después por el periodista Jesús Ordovás, pasan de una a otra multinacional con una facilidad pasmosa, intentan cambiarles el público, lo venden como un producto de algo con lo que tampoco se ven y como nada funciona como nadie quiere al final muere con una velocidad igual de intensa. El caso es que ayer, escribiendo de Pantocrator, me acordé de ellos porque los escuché bastante en los años de la Complutense et voilà, aquí están.

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Pantocrator – Sálvame

Como vengo escribiendo desde hace muchos años, catalogar a los grupos en sacos genéricos nunca ha tenido un sentido más allá ‘de resumen’ instantáneo pero nunca debe ser tomado como algo excluyente. En los últimos tiempos lo vengo diciendo con eso que se ha venido a llamar ‘indie’, que tira para atrás a las personas rockeras ‘de pro’ que creen que si les gusta un grupo de ese corte van a perder puntos en el rockómetro o algo así. Casos hay a decenas y uno más que viene a sumarse a ellos es la banda que hoy nos ocupa, Pantocrator. Los barceloneses acumulan en su corta vida tres epés de cuatro temas cada uno de ellos y este ‘larga duración’ que nos ocupa, que viene con ocho nuevos cortes. En total, hablamos de una colección de veinte canciones a lo largo de su carrera que vienen a dar un resultado de metraje que apenas alcanza los cuarenta minutos. ¡Ni Lendakaris Muertos, oiga! ¿Y cómo es posible? Porque Pantocrator (por cierto, excelente nombre para un grupo y que aparece cantado en el fantástico e hilarante tema ‘Triceratops’ de Mamá Ladilla), en un ambiente pintado de colorismo y revestido de purpurina, descerraja metralla a toda velocidad de una incuestionable herencia punk (rebautizado para no ahuyentar modernos como power pop) y de tintes garajeros, con unas letras repletas de fina ironía y escarnio, en el caso de las anteriores entregas, y de una gran mala hostia como demuestran en este nuevo artefacto. Un lanzamiento que en sus trece minutos se ha acompañado del lanzamiento de un ‘videoclip’ global que simula la inmundicia de los programas del corazón y el narcisismo y/o insatisfacción que impera en una sociedad desafectada. Menudo trallazo.

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Porco Bravo – Somos

Decidí hace tiempo que de todos los días posibles para escribir la crítica del cuarto disco de Porco Bravo, este Somos que hoy nos ocupa, el 16 de febrero era el mejor de los días para ello. Fue el día, de 2017, que Pulpo, guitarrista de la banda, pasaba al otro lado del escenario, dejando unas ganas de rendirle honores para toda la vida por parte de sus compañeros. Así lo hicieron en el Porcofest en su memoria, que comparten cada año y, cómo no, se deja sentir en el primer disco de estudio sin él. Tras un curso complicado, Porco Bravo decidió hacer un parón indefinido tras aquel evento, a lo que se sumaron más pérdidas (la N y la P de la portada son por Nines -pareja de su guitarrista y compositor- y el propio Pulpo) y también paternidades. Cuando por fin tenían la maquinaría en marcha, llegó el contratiempo sanitario. La banda iba a entrar al estudio para grabar el presente disco el 16 de marzo de 2020, pero tres días antes se decretaba el Estado de Alarma y el férreo confinamiento. Ante esta situación y ante la imposibilidad de poder realizar una gira ‘lo más normal posible’ (lo que es acostumbrarse a usar aberraciones de este tipo…) el grupo optó por ir retrasando el lanzamiento que diera continuidad a La Piara de 2016. Pero, claro, sin disco y, sobre todo, sin girar, los ahorros se fueron yendo poco a poco entre local y ‘porconeta’ y se apostó por un crowdfunding que también ha tenido sus propios contratiempos. El caso es que uno de los mejores grupos de power rock en castellano, por la vía Turbonegro y Mötorhead, tiene nuevo disco y la piara soltando guarridos de felicidad y, por qué no, también sorprendida por algunas novedades estilísticas que obedecen a tanto dolor asumido en este tiempo y como por los dos nuevos integrantes del grupo. Hoy era el día de la crítica de Porco Bravo y allá vamos.

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Bourbon Kings – XXX

En el fragor de la noche, a la luz de la luna es cuando los ‘moonrakers’ (contrabandistas) de los Apalaches producían y distribuían whisky clandestinamente durante la ley seca de hace aproximadamente unos 100 años. Whisky destilado, a menudo de 95º. Las ‘X’ indicaban cuántas veces había pasado el lote ilegal de alcohol por el alambique. Tres ‘X’ significaban que lo había hecho tres veces y que el brillo era puro. Tres. Llega el tercero”. Así presenta la propia banda navarra Bourbon Kings su tercer álbum discográfico de estudio desde el interior de portada, tras su estreno en 2015 con 40º y su continuación en 2017 con Performance. Pude verles con aquella gira en el marco de la fiesta de bienvenida de The Juergas Rock Festival de Adra y lo cierto es que cumplieron con solvencia porque desde entonces tenía claro que se merecían unas líneas para su siguiente lanzamiento. Para esta ocasión, el grupo ha contado con producción propia y de Iker Piedrafita de Dikers, que también se hizo cargo de las labores de las mezclas y la masterización. Con este ‘triple equis’ la formación presenta una evolución de todo lo apuntado en sus hermanos mayores, un sonido que se basa clara y ampliamente en los cánones básicos de rap metal de armazón nu metal propio de los años noventa pero aquí evolucionado con toques más contemporáneos, sobre todo en algunos coros y en arreglos menos anquilosados, lo que de alguna manera les ha ayudado a crear estribillos mucho más naturales, pegadizos y efectivos. La etiqueta negra de su cosecha, sin duda. El golpe en la mesa definitivo.

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El Bombo – El Disco

Estoy convencido de que no he escrito con tanta continuidad sobre bandas locales en los alrededor de veinte años de periodismo y crítica musical como lo que vengo realizando de manera constante y regular desde el pasado mes de enero hasta este mitad de febrero (de hecho el viernes se avecina otro concierto más). Desde el 30 de diciembre hasta hoy, han pasado por aquí Brasi, JJ Fuentes (por partida doble), Antonio Álvarez, Lepanto, Los Ruina, El Lunático, Juan Trece, The River Band… Y hoy es el turno para otro más, El Bombo. Es el nombre artístico bajo el que encontramos a Diego Teruel Soler, de quien ya hemos escrito al ser una de las dos voces principales de No Potable. Un grupo que, antes de la pandemia, había llegado a traspasar hacía tiempo los límites provinciales para colarse en festivales como el Weekend Beach de Málaga. Un formato que les viene como anillo al dedo como bien sabe el público de The Juergas Rock Festival (han estado en casi todas las ediciones), el del Solazo Fest (dos de dos). El caso es que el parón pandémico hizo que Diego retomara algunas canciones propias y les diera una forma mucho más rica en matices y menos veloz o encorsetado que el ska de tintes épicos, entre Ska-P y La Raíz, de No Potable. Presenta en El Disco diez temas de lo más sorprendentes, adictivos y melódicos, que se mueven con soltura en territorios accesibles de rumba rock, actitud casi ‘garrapatera’ y pinceladas varias que van del rap metal al funky e incluso el pop a secas. Honestamente, muchísimo más de lo que esperaba. Es de esos álbumes que uno sabe que hace unos años hubiese vendido copias como churros.

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