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C Tangana – El Madrileño

Sabéis que en esta casa, con frecuencia, nos tomamos licencias más allá del nombre de la cabecera, porque no entendemos la música como una guerra de clanes y terrenos vallados sino como algo de lo que disfrutar, aprender y conocer sin demasiados prejuicios. (Ya lo dijo El Drogas, “los compartimentos estancos dicen mucho de la capacidad intelectual de quien los maneja”). Nos gustan las guitarras y la distorsión, sí, pero eso no impide que la gama se reduzca a eso. Por eso me gusta traer cosas ajenas, sobre todo cuando encuentro que el objeto en cuestión lo merece y necesito compartir impresiones. Hay decenas de ejemplos y, hoy, C Tangana y su disco El Madrileño entran a formar parte de ese grupo de anotaciones aparte. También reconozco que, como el salmón, me puede el ir contracorriente o, quizá, el sacar la espada de madera ante causas imposibles. Mis muros (rockeros de pro, incorruptibles) se llenan de numerosas críticas sin sustancia, de ese golpeo tendencioso que provoca cualquier artista cuando se le atribuyen todos los méritos a la sobreexposición en los medios de comunicación, al marketing y un largo etcétera y empieza esa rueda contraria de desprecio por el simple hecho de tener éxito. Una mezcla resultante del síndrome de Solomon y de la frustración que sienten por el triunfo de los demás. ¿Pensamos en nuestro rock? Mägo de Oz, Ska-P, Extremoduro, Héroes del Silencio, Pereza-Leiva,… Cualquiera que triunfa de manera ‘masiva’ se merece aquel famoso calificativo de ‘vendido’. Porque se tolera la victoria siempre y cuando no se salga de su ‘círculo de acción’ o ‘público potencial’. Por eso, cuando C Tangana se movía, de forma cronológica, en mundos de rap, trap y reguetón, era un personaje circunscrito a un cubículo determinado que no molestaba demasiado. Los problemas llegan cuando se rompen las fronteras. Y aquí, no nos gustan.

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Los Rodríguez – En Las Ventas, 7 Septiembre 1993

Como casi todo en la vida, el mundo del rock tiene casuísticas de todo tipo que vienen a concluir que nunca hay reglas ni patrones fijos para determinar el éxito, vida y longevidad, continuidad, ascenso o caída de una banda. Tenemos grupos que no han roto su senda durante más de cuarenta años (Medina Azahara, Asfalto…), casi Obús, Barón (aunque sea con los Castro como continuidad), Ñu con Molina… Ejemplos de constancia que las han visto de todos los colores, crisis o menos crisis, años de bonanza, otros más crudos. Luego los hay que duran poco, desanimados porque la cosa ‘no tira’. Y los hay que firman una espectacular discografía en pocos años de trayectoria, con una influencia descomunal en su género. En ese grupo encontramos a Leño (sólo cinco años), Triana (sólo 8) o Los Rodríguez (sólo 6). Con solo tres discos de estudio (Buena Suerte 1991, Sin Documentos 1993 y Palabras Más, Palabras Menos 1995) y un directo con algún tema inédito (Disco Pirata 1992) su leyenda es gigantesca, como el dream team que los conformaba: Ariel Rot y Julián Infante se reunían de nuevo tras el furor de Tequila (también vida acelerada e intensa, con Alejo Stivel al frente), reclutando a un desconocido Andrés Calamaro desde Argentina y con Germán Vilella a la batería. En la coctelera, el descaro rocanrolero mantenido de la juventud pero con poso de madurez  y desencanto noctámbulo, desengaños y afrentas por tapices de crooner, de balada, de sones latinos o de rumba. Elegancia de teclas y riffs, una potente base rítmica y el alma en brindis constantes.

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#Mis10de Andrés Calamaro

 

Incontinencia es una buena palabra para definir a Andrés Calamaro. No hablamos de la que asociamos casi de manera automática con el anuncio publicitario de Concha Velasco, sino que nos referimos a la que tiene que ver con la creatividad y, de un tiempo a esta parte, también con la verbal. Tiempos difíciles para la discordancia, para muchos la libertad de expresión solo es válida siempre y cuando lo que digas coincida plenamente con la opinión del que condena o aprueba. Porca miseria, cómo hemos acabado. Nos desviamos, una vez más, de lo que importa, que es la música y las canciones. Y de eso Andrés Calamaro la tiene y las tiene, mucha y de muchas formas. Del tango clásico al rock, del crooner al experimental, del salvaje al que viste frac. Del latigazo distorsionado a los arreglos de cuerda y tecla. Tenemos la suerte, a los que nos gusta, de que ha recuperado además su mejor forma, continuando de manera estajanovista un ritmo de publicación de lo más alto. Y con giras. Y en buena forma. Tras la tanda de Los Rodríguez de ayer no podía evitar incluir a Andrelo en esta lista de reediciones especiales del mes de julio. Por todo lo que me ha hecho sentir y vibrar esta lista de temas… y otros 50 o 60. Yo soy de los que se escuchaba el quíntuple Salmón de principio a fin. Así hemos acabado. Porca miseria, de nuevo. ¡Salud!

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Andrés Calamaro – Cargar La Suerte

No hace falta que regrese porque nunca se fue. Andrés Calamaro tiene nuevo disco y eso para quienes hemos recorrido mucha parte de vida con canciones de su autoría es como recibir en casa la visita de un viejo amigo. Una dosis medicinal para el alma, que alcanza un rincón olvidado en el momento que le damos al play por primera vez al nuevo material que osa toser los tótems de Alta Suciedad, Honestidad Brutal o El Salmón. Luego lo que escuchamos nos puede saciar (El Cantante, El Palacio de las Flores, Tinta Roja, Bohemio, Romaphonic Session, sobre todos, La Lengua Popular) o no (On The Rock, Volumen 11) pero siempre es un gusto comprobar que la llama sigue encendida. Aficionado a la tauromaquia y al boxeo, Andrelo (permítaseme la licencia) lidia y brega consigo mismo, con su imponente nivel alcanzado en entregas pretéritas. Lo bueno es que nunca engaña, siempre, cada uno de esos discos, incluidos los directos, han reflejado su momento vital. De los excesos llenos de insomnio al insomnio constructivo. En Cargar La Suerte encontramos a un artista sereno, seguro y en paz. No dispara ráfagas al aire ni se adorna en su porte porteño. Afina los tiros a pocas balas y se siente armado con una reclutada banda de altura. Doce temas entre los que hay poco de faena de aliño y donde refulgen nuevos destellos de maestría.

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La Beriso – Pecado Capital

Canta Andrés Calamaro, compatriota de La Beriso, en ‘Todas Son Iguales’ (primera canción del disco –dedo- dos del mastodóntico y añorado El Salmón) que “también hay y parece broma un repertorio en otro idioma. Canciones que no leemos y solamente tiramos”. A veces, ni siquiera es necesario que estén escritas en otro idioma. El rock argentino es una fuente inagotable de talento, antes, ahora y a buen seguro en el futuro, pero, a no ser que se haga una búsqueda concienzuda y un trabajo de profundización que requiere, sobre todo, tiempo que no siempre se tiene, muy poco nos llega para todo lo que hay. Conocemos el combo Tequila, Los Rodríguez, Calamaro y Ariel Rot porque casi son ‘españoles’ de adopción. No llegó con fuerza, aunque de manera fugaz, gente como Bersuit o Los Fabulosos Cadillacs. También identificamos a Soda Stereo, Ratones Paranoicos, Attaque 77… Pero todavía quedan muchos más: Bulldog (debilidad personal), Babasónicos, La Renga, Todos Tus Muertos, Los Piojos, Las Pelotas, Viejas Locas, Guasones, Gustavo Cerati, Intoxicados. ¿Y Spinetta, Charly García o el gran Pappo Napolitano? La Beriso, otro nombre para sumar a la lista de tareas pendientes.

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Calamaro – Volumen 11

calamaro-volumen-11Gran ritmo de producción al que nos tiene ya de nuevo habituados Andrés Calamaro. Tras un Bohemio sucinto y certero, tres directos poderosos (uno de ellos con el maño Enrique Bunbury) evidenciaron el gran estado de forma escénico del argentino más español. Y si en Romaphonic Sessions en la entrada de la primavera del pasado año se ponía el frac (disco de crooner a-corazonado, grabado en pocas horas al calor del piano de su confidente Germán Wiedemer, un álbum para paladares exquisitos o oídos selectos, para salmones del bienvivir), en este Volumen 11 Andrés se calza los guantes de boxeo y pide pelea. Y lo hace en verbo y música. Descerrajando textos provocadores: el que más, ya saben, ‘Cazador de Ateos’, aunque no es el único; y con una música que en ocasiones se muestra cárnica y visceral, con el punto justo de saturación que, justo, da el Volumen 11. Un croché de blues sangrante, guiños recurrentes a Pappo, rock que en ocasiones deriva hacia ligeras ascendencias metaleras y hasta una brutal improvisación tomada en directo en Perú de más de… 11 minutos de duración.

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Leiva – Monstruos

leiva-monstruosRompe Leiva con la tipografía de la carpeta de portada en su tercera entrega en solitario desde que las andanzas de Pereza decidieran bifurcarse en caminos diferentes. Al menos en la del título del disco, no en la de su nombre que, como un martillo pilón, busca refrendarse como un referente indiscutible del rock masivo, aunque se nos presente más delicado. Sin duda lo es, tal y como se demuestra con las expectativas que rodean cada uno de sus lanzamientos. Tras un desnaturalizado Diciembre y un notabilísimo y atinado Pólvora, el tercer trabajo del madrileño viene a cerrar lo que denomina como una trilogía, si bien las similitudes propiamente dichas son escasas. En esta ocasión se aleja de los mandos para dárselos en su totalidad a Carlos Raya (que coprodujo el anterior), que tira de Joe Blaney para la ingeniería. Dos nombres propios intachables, pero de una personalidad y ‘modus operandi’ tan marcados (sobre todo en la interpretación guitarrera de Raya) que el peso es muy alto en el resultado final. Hay menos sobresaltos sonoros en el álbum que tira de minimalismo seco en guitarras y arreglos. Poquitos, los justos, mucho hammond y naturalidad en la forma de cantar. No es un paso atrás, pero es un paso más corto.

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Andrés Calamaro – Romaphonic Sessions

Andres-Calamaro_Romaphonic-SessionsDel todo imprevisible e impredecible. Desde que rompiera con cualquier tipo de convencionalidad con aquel doble eterno llamado Honestidad Brutal y más aún con su mastodóntico El Salmón, Andrés Calamaro sume a su público en una constante incertidumbre sobre cuál va a ser su siguiente paso. Hay quedan su latente El Cantante, el arrebatado Tinta Roja, el preciosista El Palacio De Las Flores, el vitalista La Lengua Popular, el rugoso On The Rock o el veneno de Bohemio. También en vivo nos legó esa joya con la Bersuit Vergarabat en El Regreso, el Dos Son Multitud con Fito & Fitipaldis, el Hijos del Pueblo con Bunbury o ese doble pasional Jamón Del Medio y Pura Sangre. Ahora, Calamaro vuelve a dar un paso en su justificada megalomanía (esa de la que le acusan los que no están de acuerdos con sus opiniones personales) y retoma aquello de Grabaciones Encontradas, dándonos un nuevo volumen, el tercero, 20 años después de su segunda entrega. Romaphonic Sessions es un disco de crooner a-corazonado, grabado en pocas horas al calor del piano de su confidente Germán Wiedemer. Quizá un álbum para paladares exquisitos o oídos selectos, para salmones del bienvivir.

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Candy Caramelo – El Hombre Orquesta

Candy Caramelo El Hombre OrquestaSegundo trabajo en solitario por parte de uno de los músicos más reputados del rocanrol clásico de nuestro país. Candy Caramelo es una de esas vitales piezas que hacen que el engranaje de una gran banda suene como debe. Que se lo digan si no a Andrés Calamaro, a La Cabra Mecánica o a Fito y Fitipaldis… Su labor al bajo siempre ha sido reconocida y en los últimos tiempos se puede comprobar en la banda que acompaña a Isma Romero y a Diego García ‘el Twanguero’. El Hombre Orquesta es la concreción de ese placer de reclamar la atención en primera persona y de qué manera, pues el propio Candy se ha encargado de grabar todos y cada uno de los instrumentos del álbum: batería, bajo, guitarras, piano, lap steel, voz, coros y percusiones. Un ejercicio de estilo con sabor añejo al rock de los años 50, querencias de rockabilly, de surf, de la fina ironía argentina con la que creció como músico. Todo un gusto personal para el artista y una satisfacción para el oyente.

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Bunbury & Calamaro – Hijos Del Pueblo

207 Bunbury y CalamaroCasi por sorpresa la temporada de otoño vino con el anuncio de una gira conjunta de Enrique Bunbury y Andrés Calamaro. Demasiado circunscrita en el tiempo y en el espacio, para mal de quienes hemos deseado algo así desde hace años. Nueve fechas en 23 días y todas ellas en México. Suertudos ellos, vieron la concreción de un sueño o idea que rondó hace aproximadamente una década las cabezas de estos dos artistas internacionales. Aquel esbozo también incluía a Jaime Urrutia y a Loquillo. Dicen que los egos fueron los que echaron al traste el proyecto… Visto lo visto con el paso del tiempo, podemos hacernos una idea de por dónde fueron los tiros. El caso es que Hijos Del Pueblo, este disco en directo que reúne las canciones que interpretaban los dos sobre el escenario en la gira, viene a disminuir las ganas de quienes no disfrutaron del espectáculo en situ. Corto, diez temas, y sin DVD. Un álbum de audio de la vieja escuela, pero que refleja la grandeza de dos intérpretes en su mejor estado “cantor”, que diría el propio Andrés.

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